La alfombra roja se llena de glamur con Michael Fassbender, Alicia Vikander, Amy Adams y Jeremy Renner, pero dejan a su paso un cine bastante indigesto
02 sep 2016 . Actualizado a las 07:34 h.El Lido fue una jornada de alegría? para paparazi y cazadores de selfies con estrella. Para la pantalla, un luto. Aterrizaron en la alfombra roja Michael Fassbender, Alicia Vikander, pareja cool del momento, culpables en parte de la tortura de cine folletinesco y viejo de The Light Between Oceans. Y Amy Adams y Jeremy Renner, cuyo delito es crucificarnos la mañana con el ampuloso bodrio fanta-científico Arrival. O sea, que el desembarco del star-system se tradujo en un abordaje de cine nefasto.
Fassbender y Vikander son en la cinta del nada luminoso Derek Cianfrance un farero amargado por el trauma de la Gran Guerra y su no menos atribulada esposa, atormentada por dos partos fallidos. El mar les trae una barca con un bebé a lo Moisés del que se apropian. Y al culebrón (esto no es melodrama) acartonado no le falta de nada. Fotografía empastelada, lánguidas puestas de sol, disputas con la madre natural, una Rachel Weisz tan desganada como sus colegas. Soporto planos y más planos de bambinos como de anuncio. Es celuloide trasnochado, muerto, retardatorio, impropio de una competición serie A. Ni B. La omnipresente banda sonora de Alexandre Desplat hasta los créditos finales impidió que se oyesen los abucheos.
No es menor el delito del Arrival de Denis Villeneuve. Venía el director canadiense de la estimulante y vigorosa Sicario. Pero vuelve a su fuero natural petulante con lo que me cuentan es adaptación de un relato de culto en la literatura sci-fi, de un tal Ted Chiang. El argumento, una invasión alienígena urbi et orbi, con calamares gigantes asomando desde su nave, parece augurar sesión de confortable cine de género. Nada más lejos de la realidad. La pretensión de Villeneuve es narrar la inextricable experiencia interior de una dama extrasensorial (asumida por Amy Adams), una reflexión de existencialismo new age sobre pasado y porvenir. Podríamos estar ante un anticipo del Malick que se avecina, como un saldo malickiano imposible de reconducir a argumento cinematográfico. Es seudofilosofía disfrazada de Independence Day o de lagarterana. Los tentáculos del sopor me noquean y los calamares marcianos apenas salen de su tinta.
Así las cosas, la propuesta que salvó el día vino con el nuevo Wim Wenders, Los hermosos días de Aranjuez, en la que abunda en su interés por el 3D y lo aplica a algo tan a priori chocante como la adaptación de una pieza teatral de su veterano compañero de aventuras Peter Handke. Un hombre y una mujer sentados en una terraza, en un tour de force de conversación de verano sobre el sexo, la escatología, las esencias y disparidades de sus géneros. Me atrapa el denso texto del gran Handke y el interesante uso tridimensional de Wenders aplicado a una situación de diálogo de teatro. Nick Cave toca el piano en un cameo. Y el film destila también la inteligencia marca de la casa de su productor, Paulo Branco. Es el mundo al revés. Un prolijo texto de Peter Handke filmado en 3-D. Y los alienígenas patilargos de Arrival dándoselas de filósofos de la nada en una pantalla plana.