El honesto cutis de Gibson

CULTURA

Su John Link para «Blood Father» es un perdedor y un tipo tóxico con billete directo al infierno. Un fulano al que basta con mirarle su cutis arrugado y de montaraz barba cana para darlo por un cascado que jamás estará en paz consigo mismo

13 sep 2016 . Actualizado a las 07:42 h.

Vaya por delante que los pareceres, creencias y exabruptos de Mel Gibson me los dejo en el hall de la sala cuando paso a ver sus películas. El actor estadounidense (Nueva York, 1956) se las da de bocazas y desprejuiciado, pero es una opción personal que en absoluto afecta a su magnetismo como actor (que lo tiene y muy superior a los mantecas que ahora pasan por cracs de la acción) y a sus acreditadas dotes como director. Su cuelgue etílico y religioso admitirá reparos, pero negarse a pasar por el quirófano para un lifting facial le redime en lo artístico y le aporta un plus que lo acredita en la pantalla. Su John Link para Blood Father es un perdedor y un tipo tóxico con billete directo al infierno. Un fulano al que basta con mirarle su cutis arrugado y de montaraz barba cana para darlo por un cascado que jamás estará en paz consigo mismo. Y te lo crees por cómo mira y cómo se mueve. Qué más dan sus diálogos comunes en situaciones tópicas.

Gibson es Link y basta. Cuando reaparece su hija (a la que no veía desde hacía años) y le pide ayuda, se reencontrará con la oportunidad de levantar cabeza. Reluce lo mejor de sus sentimientos, pero también lo peor de sus mañas. El francés Richet, autor en su país del notable thriller Mesrine (2009), pero también firmante en Hollywood de la tópica Asalto al distrito 13 (2005), remake del clásico setentero de John Carpenter, se conforma con adscribirse al cine de género de esos mismos años con actitud voluntariosa, que no convincente, por no evitar los tópicos y no haber exigido al novelista Peter Craig (coguionista junto a Andrea Berloff) mejor concreción de la trama y mayor profundidad en los personajes. Intuimos desde el minuto cero que Link no podrá fracasar en su empeño, como también sabemos que lo hará a cualquier precio y sin reparos. Asumido eso, la película renuncia a cualquier pretensión que no sea entretener, por eso va fetén de ritmo, no abusa de la acción (se aleja del pim-pam-pum ensordecedor) y está bien rodada. Gibson todavía tiene gasolina.