Bayona narcotiza por aplastamiento con «Un monstruo viene a verme»

«A Monster Calls» es tan puntillosa y académica como dramáticamente plana. Y huera. Va destinada al público del melodrama plañidero afectado por inocencias infantiles truncadas por la fatalidad


San Sebastián / E. La Voz

Es el año de los gigantes demediados. Primero fue el de Spielberg, que se la pegó en taquilla. Y ayer se nos vino encima el arbolazo parlante de J.A. Bayona, quien de mayor querría ser el Spielberg más rancio y conservador. Con Un monstruo viene a verme [A Monster Calls], el director español nos anula por aplastamiento. Su historia de niño que afronta la enfermedad fatal de su madre, ayudado por las apariciones espectrales de un algarrobo de varios metros: este le suelta plúmbeas batallitas, lecciones como de monstruo de autoayuda, sobre cómo asumir la muerte de los seres queridos. Y es de una pesadez desarmante. Cada vez que entra en acción el árbol con voz cavernosa de Liam Neeson puedes echarte una siesta. En realidad, cuando no está, también. Las reflexiones boconas arbóreas, soportadas sobre preciosistas insertos de cine de animación, te invitan a pensar en tus cosas. Este árbol de la vida convertiría a Malick, por pura justicia equitativa, en la alegría de la huerta.

A Monster Calls es tan puntillosa y académica como dramáticamente plana. Y huera. Va destinada, más que al público de la sci-fi o el terror, al del melodrama plañidero afectado por inocencias infantiles truncadas por la fatalidad. A mí, y a media sala, no me provoca otro lagrimeo que el derivado del bostezo. La película suma otro delito. Le da a Sigourney Weaver su primer rol de abuela. Bayona hace que la teniente Ripley de nuestra adolescencia nos recuerde la herida del tiempo. En realidad, con Weaver, que recibía ayer el premio Donosti, el cronómetro de Hollywood fue cruel. Desde el siglo pasado, con La tormenta perfecta, gran filme de Ang Lee, no le da ocasión de lucimiento. Ser abuela en una cinta de Bayona es una fea prejubilación. 

Violencia en Chile

En competición pasó Jesús, película chilena de Fernando Guzzoni, quien se dio a conocer en este festival hace cuatro años con Carne de perro, que exhibía los costurones de la desmemoria chilena. Con Jesús, se adentra en la radical marginalidad de una juventud trasteada en el callejón sin salida de una sociedad tan dual como la de su país. Sus pandilleros, hijos de la nada, transitan por las veredas oscuras de la violencia extrema. Hay un apaleamiento en que quiebran a un crío. Y en el Kursaal hubo desbandada de los sensibles, algo que sucedió, y de forma más numerosa, en la polaca Playground, lejanamente basada en el asesinato de un niño por dos preadolescentes en Liverpool. La diferencia es que Playground es cine amoral, que busca epatar a sangre fría. Y en Jesús la crueldad se compadece con la honestidad que preside siempre esta obra notable de las de cáscara amarga.

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