Solvente relato de un bochorno

«El hombre de las mil caras» ha granjeado a su protagonista, Eduard Fernández, un premio en San Sebastián


Más allá de la nula gracia de meter mano a la caja común, bien mirado lo del ex mandamás de la Benemérita, Luis Pelopincho Roldán, y el ex del Cesid, Francisco Paco Paesa, no deja de ser un bochorno colectivo que aflora por debajo de su piel la muy enraizada tradición sisadora y picaresca de este país nuestro. Detrás de tantos casos de corrupción pretéritos y presentes, es inevitable no rastrear al gremio de Luis Candelas, junto a unos cuantos golfos reales emparentados con el cinematográfico Torrente, hasta dar con el Buscón o Guzmán de Alfarache, aunque estos últimos ennoblecidos por su origen literario. Surge esta digresión porque El hombre de las mil caras navega por esos procelosos mares en clave de thriller solvente del bien acreditado Alberto Rodríguez, fogueado en el género con Grupo 7 (2012), pero sobre todo con La isla mínima (2014).

Aquel bienio 1994-1995 marcó la existencia de Roldán, desde su fuga a París hasta su detención en Laos (país grabado a fuego mediático con aquellos papeles de Laos...), siempre con Paesa por medio, fulano poliédrico que haría las delicias de un Scorsese.

Pues bien, más allá de los sucesos históricos que el filme acaba de rememorar con la reaparición pública de ambos (el primero en su piso proletario en Zaragoza y el segundo en una lujosa vivienda de París), y que en el fondo lucen protagonismo en una gran chapuza, lo que hace Alberto Rodríguez es abstraerlos hacia el territorio de género, como un sólido ejercicio de estilo que tiene en Eduard (Paesa) Fernández a un registro memorable (premiado en San Sebastián), bien secundado por Carlos (Roldán) Santos, así como en Coronado, usado por el guion para hilvanar una trama potente de tono y de ritmo, aunque echemos de menos algunos palos que, o no se tocan o simplemente se rozan. El tono no es un apunte gratuito pues remite sin dificultad al canónico cine de espías con su luz tamizada y sus claroscuros, con un ritmo pausado pero ágil, con tiempo para digerir la trama y desarrollar a sus personajes. Finalmente, deja vías a la imaginación del espectador, algo de agradecer.

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