Las ventanas secretas de la Fundación Princesa de Asturias

Un recorrido por la colección de pintura asturiana contemporánea que cuelga en la sede de la entidad, y que por primera vez se mostrará al público el próximo 8 de octubre en la Noche Blanca de Oviedo

Una visita a la colección de arte de la Fundación Princesa de Asturias La entidad abrirá las puertas de su sede en Oviedo para exhibir sus fondos de arte asturiano contemporáneo en su primera participación en la Noche Blanca

Oviedo

Hace semanas que en la sede de la Fundación Princesa de Asturias se vive bajo el intenso régimen de la cuenta atrás. Octubre es el mes, el momento del año en el que todo tiene que suceder, y suceder a la perfección, conforme a la excelencia organizativa marca de la casa. La gran semana de los premios está ahí mismo, a menos de un mes. El ojo del equipo está cada vez más fijo en el calendario; pero, si quiere tomarse un respiro en mitad del zafarrancho, también tiene donde buscarlo. Los funcionales y luminosos espacios en las dos plantas que las oficinas ocupan a un salto del hotel de la Reconquista tienen ventanas que no dan exactamente a la calle General Yagüe: casi una treintena de ventanas pintadas por las que se cuela una parte de la mejor pintura contemporánea asturiana. Un panorama cuyas vistas quiere compartir la Fundación, al menos por unas horas, con sus vecinos.

Sucederá el próximo día 8, cuando la Noche Blanca de Oviedo se cuele, por primera vez, en la sede de la Fundación Princesa. Durante seis horas, entre las 19:00 del viernes y algo más allá de la medianoche del sábado, sus dependencias se convertirán por primera vez en una peculiar sala de exposiciones. Tres guías -Arancha Menéndez, Ramón Carbajosa y Alicia Menéndez- se encargarán de mostrar y comentar a los visitantes las piezas que acompañan el día a día del trabajo en la sede de la Fundación, en recorridos que, para aprovechar mejor el tiempo, se iniciarán simultáneamente en sentido inverso en la primera y la segunda planta. Aun así, el número de visitantes tendrá que ser limitado, por lo que se ha abierto una inscripción en la web de la entidad que permanecerá abierta hasta la antevíspera del acontecimiento, el 6 de octubre. El formulario permitirá seleccionar uno de los cinco turnos de visita disponibles, de unos cuarenta y cinco minutos cada uno.

Sello asturiano

Lo que verán los inscritos es, en esencia, una más que estimable colección de arte contemporáneo con sello casi totalmente asturiano -tanto de artistas nacidos como de residentes en el Principado- con dos excepciones. Las dos son esculturas y las dos traen aires levantinos. Y una de ellas es, además, la pieza más antigua y más emblemática de toda la colección. Es precisamente la que recibe a los visitantes a la entrada misma de las oficinas y la que es recibida, también, en forma de reproducción, por cada uno de los premiados con el Princesa año tras año: una reproducción del bronce de ocho kilos, con su sol y su luna, concebido por Joan Miró para el galardón en 1981. La otra, más discretamente ubicada, es una elegante y sobria escultura de acero y piedra diabasa, obra del valenciano Enrique Asensi, en uno de los rincones de la segunda planta.

El resto de la colección salió de talleres asturianos, es verdad que en alguna ocasión de manos de leoneses -como Elías García Benavides-, madrileños -Mariano Matarranz, con una obra rica en sus juegos de texturas y oxidaciones- o logroñesas -Maite Centol, con una pieza de rigurosa fuerza geométrica-, pero artistas en todo caso plenamente arraigados en Asturias e integrados en su historia artística reciente. El leonés es también el más veterano de los representados, mientras que al moscón Hugo Fontela le corresponde el papel de benjamín. Elías abre vistas a sus atmosféricos y delicados paisajes venecianos, mientras que Fontela ocupa uno de los lugares más vistosos de la sede, con un gran panorama de los piers neoyorquinos suspendido sobre la escalera interior entre las dos plantas.

Es posible que el visitante circunstancial de las oficinas no acceda a ellas; pero es muy probable que haya unas cuantas que sí vea. Son las que cuelgan de los espacios de recepción, como la salita de espera o en el despacho de la directora de la Fundación, María Teresa Sanjurjo. En la primera, es el mismísimo rey de España el que uno se encuentra, frente por frente, en un pequeño retrato de Agustín Bayón titulado Mi Señor, dibujado a lápiz con la sutileza habitual en su autor. Una vez sentado, mientras espera, el visitante tendrá casi forzosamente que sumergirse en Las trasnformaciones, un excelente óleo de gran formato del gijonés Melquíades Álvarez, todo atmósfera y color. No es, por cierto, la única pieza de Álvarez en el recinto. En la segunda planta destaca el misterioso interior La piedra, inspirado en la catedral de Oviedo. Otra pieza del gijonés lleva la mirada a un Cielo que no existe.

No es el único autor con más de una obra en la Fundación. Si uno pudiese atravesar Las transformaciones aparecería en el despacho de María Teresa Sanjurjo a través de otro gran óleo monocromático y sin título del malogrado José Andrés Gutiérrez, pura poesía espacial a través de la materia, las texturas y los accidentes e intervenciones en la gruesa piel de la pintura. El pintor luanquín aporta otro gran paisaje -la marina Rocas- en las dependencias internas de la sede y un sutil Desnudo al borde de la abstracción.

Otra gran artista malograda, la ovetense Kely, tiene igualmente presencia reiterada en los fondos a través de tres obras, y dos de ellas especialmente espectaculares: la mágica y sugerente Charca que ocupa una de las paredes de la primera planta, llena de vida flotante y quietud; y una floral y delicadísima pieza de su época más colorista en la segunda planta. Su presencia se completa con un cuadro más pequeño y juguetón, Modestia aparte, en una de las salas de reuniones.

Completan el recorrido piezas de formato más discreto que dan vida a cada uno de los rincones donde se ubican. Un ensamblaje de lienzos donde la pureza geométrica emerge apenas de la blancura del cuadro, marca de la casa del mierense Lisardo. Uno de los relieves de María Jesús Rodríguez en los que consigue transformar el cartón vulgar en un portento de ritmo y presencia. Una escultura en madera de roble de Pablo Maojo -Entrecanales- con la característica fuerza y viveza de colorido del escultor de San Pedro de Ambás. 

Cuando se realiza la visita completa, queda algo así como una sensación de fondo: todas las obras, provengan del momento o el estilo que provengan, presentan un rasgo común de sosegado lirismo, serenidad y belleza sin estridencias. Seguramente sea un influjo que se agradece especialmente en estas fechas, cuando octubre entra con todos sus rigores para la Fundación Princesa de Asturias: refugiarse un instante en el interior del no-mundo de Lisardo o los climas de Melquíades Ávarez, refrescar los ojos en el Old Pier de Fontela, darse una vuelta aérea por el cielo de Burano, tomar aire y luego volver al tajo.

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