¿Cómo ganan dinero los músicos?

Amazon lanza su propia plataforma en «streaming» constatando que las reglas del juego han cambiado: el negocio se traslada al formato digital y el físico queda relegado a mero fetiche


Redacción / La Voz

Hace un par de años, se coló en algunos titulares el rumor de que Iron Maiden se dedicaba a elaborar ránkings, según las analíticas de Musicmetric, de los lugares del mundo en los que más se descargaban sus canciones. Las ciudades señaladas en el mapa se convertían automáticamente en destinos inmediatos para la banda británica. Huelga decir que, de ser cierta la historia, nunca confirmada ni tampoco desmentida, habrían agotado localidades en todas y cada una de las paradas de su gira. Porque ya entonces las cosas habían comenzado a cambiar. La cara menos amable de Internet puso contra las cuerdas a un sector musical que se vio obligado a reformularse: las ventas de discos, muy lastimadas por la piratería, pasaron a un segundo plano; la música en vivo se convirtió en fuente de todos los ingresos y las plataformas de streaming, en altavoz y en escaparate. En termómetro y en trampolín.

El pastel se reparte ahora, con las ventas en formato físico ya superadas por las del formato digital, entre un puñado de herramientas que ponen a disposición del usuario ingentes cantidades de música a cambio de una módica cuota mensual o, en su defecto, de su consentimiento para ser bombardeados por anuncios entre canción y canción. Spotify acumula más de cien millones de usuarios, 40 de ellos de pago, y Apple Music supera los 13. Ambas se embolsan 9,99 euros al mes por cada cuenta premium y 15 por las familiares, que permiten el acceso hasta a seis personas diferentes. Pandora, que todavía no ha llegado a España, roza los 80 millones de registros (aunque la mayoría son, de momento, gratuitos) y Universal ya trama con Sony ventilarse al mensajero y despachar directamente el repertorio de sus propios artistas a través de NOW Music. Amazon, consciente de dónde se libra la batalla, acaba de sumarse al club. Y lo ha hecho tirando los precios: 9 euros al mes, 8 para sus socios premium y 3 para los que ya cuenten con el altavoz inteligente Echo. De esta forma, el gigante del comercio electrónico se evita partir de cero: tiene prácticamente asegurados a millones de usuarios (los dueños de su asistente de hogar) y a todos sus fieles aventajados a punto de caramelo. Y, llegados a este punto, con estas anémicas cifras, ¿dónde está el negocio? ¿Son suficientes estas tasas para dar de comer no solo a la plataforma, sino también a los intermediarios y a los artistas?

Las compañías son reservadas a la hora de dar datos, pero de una forma u otra el modelo ha acabado satisfaciendo a cada una de sus tres patas. Las discográficas son las mejor paradas económicamente. En el caso de Spotify, se llevan el 70 % de los ingresos en calidad de dueñas de los derechos y son ellas las que, posteriormente, establecen, en función de contratos particulares, qué porcentaje recibe el músico. Los suecos, que se quedan con el 30 % y con los beneficios que obtienen por la publicidad que intercalan en las cuentas que no pagan, reparten los billetes por clics en la canción. «No existe una tasa fija por escucha, sino que fijamos los pagos en relación a la popularidad del artista -explican-. Si un artista supone el 1 % del total de escuchas de Spotify, nosotros pagaremos aproximadamente el 1 % del pago total». La cifra por escucha es minúscula (ronda los 0,006 euros) y hacerse rico por esta vía depende de la popularidad, pero, dado que la plataforma abona los derechos en función de sus ingresos totales y que estos se incrementan con cada nuevo suscriptor, las perspectivas son optimistas: Spotify echó a andar en el 2008; de sus 40 millones de usuarios de pago actuales, la mitad se han afiliado al servicio en el último año.

A pesar de que hay quienes, indignados, consideran la dinámica un sistema injusto -ANOHNI ha sido la última en sumarse a la cruzada, arremetiendo con dureza esta misma semana contra el streaming: «Ya no se gasta dinero en música, la gente da todo su dinero a las empresas que fabrican las máquinas que los consumidores utilizan para robar esas grabaciones»-, la percepción en el sector es otra. «El cambio de modelo no viene de la industria musical, sino de la revolución tecnológica -valoran desde la agencia de representación Esmerarte, responsables de las carreras artísticas de Vetusta Morla, Iván Ferreiro o Xoel López-. La industria sigue trabajando en un antiformato como el CD, que se ha convertido en un objeto fetiche, de regalo; se enfoca desde una perspectiva artística para tener un mayor valor». Consideran importante profesionalizarse y especializarse en «los avances que provoca la tecnología» y, aunque creen que deben mejorar las regalías para ciertas partes de la industria, entienden que «los cambios no tienen por qué ser malos». Su opinión es rotunda: «Es preferible cobrar poco a que te pirateen y no cobrar nada».

«No creo que hayamos dejado de vender discos por estar en las plataformas digitales. La gente que los compra lo hace porque prefiere escucharlo con más calidad, para regalárselo a alguien, por apoyar al grupo», respalda Eladio Santos, vocalista de Eladio y Los Seres Queridos. Su opinión, en contra de lo que el ruido de la rebelión emprendida por artistas de la talla de Taylor Swift o Coldplay pueda hacer creer, no es aislada. Coinciden la mayoría de los músicos en que una carrera con pretensiones comerciales pasa por estar. «Hay gente que venía de vender millones de discos y se llevó un batacazo, a mi me benefició», reconoce Andrés Suárez, que solo le ve ventajas al asunto. «Yo empecé cantando en el metro y ese era mi Spotify, ahora cualquiera puede entrar en Internet y subir mis canciones -argumenta-. La difusión de la cultura es siempre un acierto, aunque sea gratuita, aunque los beneficios sean mínimos, siempre es más que nada». Otras dos razones convencen al cantautor ferrolano: la inmediatez -«Acabo de grabar un tema y ahora mismo ya lo están escuchando en Uruguay»- y la capacidad de que su música llegue a lugares, como Latinoamérica, que, de otra forma, nunca habría llegado.

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