Gracias, pero no lo quiero

La Academia Sueca ha desistido: Dylan no da señales de vida. ¿Y si el músico no quiere el Nobel? La lista de todos los que, antes que él, rechazaron el prestigioso galardón


Por increíble que parezca, hay quienes consideran que recibir un premio es un auténtico incordio. No les interesa en absoluto el reconocimiento público, ya sea por parte del alcalde de su pueblo o de la Academia Sueca, y, fieles a sus principios, declinan el halago en forma de título y cheque. Otros son obligados a devolver la distinción y luego están los que fingen, los que aparentan indiferencia ante el aplauso, incluso rechazo, y hacen un poco de ruido para dar que hablar unos días. Todos ellos pertenecen al club de los rebeldes -ya sea con causa o por pose- que se permiten rechazar galardones, un colectivo que, visto lo visto, podría sumar próximamente nuevo socio en sus filas. Nada saben los suecos a estas alturas de Bob Dylan, a quien la semana pasada agasajaron con su Nobel de las letras rompiéndole los esquemas al mundo literario. Si el músico sigue sin dar señales de vida pueden pasar tres cosas: que aparezca tarde, mal y arrastro en la ceremonia de entrega, que ni siquiera acuda a recoger el premio o que, directamente, renuncie a la distinción.

Mientras Roth y Murakami cruzan los dedos, medio planeta se pregunta dónde está el de Minnesota, por qué no coge el teléfono, qué pensará de que el premio literario más prestigioso del mundo haya recaído en sus estrofas. De considerar que no lo merece o, directamente, que nada pinta en la lista de ganadores de tal categoría, Dylan se convertiría en el séptimo Nobel en repudiar el título, el tercero en el apartado de Literatura. Antes que él Boris Pasternak, Jean Paul Sartre, Le Duc Tho -Nobel de la Paz-, Richard Kuhn y Adolph Butenandt -ambos Química- y Gerhard Domagk -Medicina- discreparon de la opinión de la Academia.

Boris Pasternak, autor de Doctor Zhivago, fue condecorado con la medalla de oro de los suecos en 1958 «por su importante obra, tanto en poesía lírica contemporánea como en el campo de la gran tradición épica rusa». Agradeció el detalle con un escueto telegrama -«Agradecido, conmovido, orgulloso, asombrado»-, pero nunca la recogió. El régimen soviético le obligó a rechazarla, llegando a retener a su mujer hasta que el escritor accedió a renunciar «voluntariamente» al galardón. Argumentó ante la Academia el significado que a tal premio se le había atribuido en la sociedad a la que pertenecía y, un año más tarde, se desahogó en uno de de sus poemas: «Qué clase de sucio crimen he cometido, ¿soy un asesino, un villano? Yo, que hice que todo el mundo llorase ante la belleza de mi patria».

Las razones de Sartre para ir a contracorriente tuvieron más que ver con sus convicciones personales. Sospechaba que los chicos escandinavos se inclinarían a su favor a la hora de buscarle dueño al premio de 1964, así que, antes de que su veredicto se hiciese oficial, les envió una carta y les pidió que, por favor, no se lo dieran a él. «Por razones que me son personales y por otras que son más objetivas, no quiero figurar en la lista de posibles laureados y ni puedo ni quiero, ni en 1964 ni después, aceptar esta distinción honorífica», manifestó. A la Academia le dio igual. Un par de días más tarde, anunciaba públicamente su nombre como ganador. «Por su trabajo, rico en ideas y lleno del espíritu de libertad y de la búsqueda de la verdad», argumentó.

El autor de La náusea, lejos de recular, insistió en su negativa y, para que a nadie se le escapasen sus razones, publicó en Le Figaro, previo pago, una carta en la que señalaba que siempre había rechazado condecoraciones oficiales, como la Legión de Honor, y que, en su opinión, todos los honores que pudiese recibir un escritor exponían a sus lectores «a una presión» que no consideraba «deseable». Manifestó que se desentendía del premio porque era político, que se negaba a ser institucionalizado y que la distinción -ser, a partir de entonces, Jean-Paul Sartre, premio Nobel- implicaba una responsabilidad de la que nada quería saber. A este movimiento le siguieron todo tipo de reacciones: la opinión pública tachó de altivo al francés; hubo quién deslizó que no había aceptado el reconocimiento para que su mujer, Simone de Beauvoir, no sintiese celos; y quien buscó motivos económicos en su postura. La polémica siempre se traduce en visibilidad; la visibilidad en fama y la fama, en ventas. 

Tampoco Le Duc Tho encajó bien el fallo del comité noruego, que en 1973 eligió al vietnamita y a Henry Kissinger merecedores de su Nobel de la Paz. ¿La razón? Haber puesto fin a la guerra de Vietnam. Mientras que en EE.UU. recibían con júbilo la distinción del veterano estadista norteamericano, Tho discrepaba. En la zona todavía no reinaba la paz completa. No merecía tal cariño. 

El caso de los tres científicos alemanes fue distinto, más cercano, en todo caso, al de Pasternak. En 1937, Hitler prohibió aceptar los premios suecos después de que en 1936 resultase ganador en la categoría de la Paz el pacifista Carl Von Ossietzky, contrario al dictador y a su régimen. Así, ni Kuhn ni Butenandt, ni tampoco Domagk pudieron colgarse sus medallas. El primero fue distinguido en 1938 por sus investigaciones sobre las vitaminas; el segundo, por su trabajo con las hormonas sexuales en 1939; y el tercero, Nobel de Medicina el mismo año, por el descubrimiento del prontosil, el primer fármaco de síntesis con acción bacteriana amplia. Domagk y Butenandt acabaron aceptándolo diez años más tarde. Pero nunca llegaron a recibir la suma que venía con el honor original. 

Hoy Dylan podría desdeñar los 900.000 dólares que acompañan a la distinción literaria más importante del mundo, optar por desentenderse del asunto, seguir esquivando los mensajes de la Academia y continuar con su vida como si nada relevante hubiese pasado este octubre. Pero siempre figurará como ganador del Premio Nobel 2016. Le guste más o le guste menos. Su nombre no desaparecerá de la lista de laureados, el fallo del jurado será firme y de ninguna manera el honor saltará al siguiente.  Ni Don DeLillo, ni Adonis ni Javier Marías, ni cualquier otro, se convertirán en segundo plato.

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Gracias, pero no lo quiero