A falta de política, bienvenida la cultura

La ceremonia ha obviado el discurso político y se ha centrado en la faceta más humanista. Doña Rosita y Hugh Herr han pisado fuerte las tablas del Campoamor

.Hugh Herr recibe el premio
Hugh Herr recibe el premio

Redacción

En un año cuajado de política, la política no ha hecho acto de presencia. Como sustituto del opiáceo, la reivindicación del papel de la mujer, el de un desarrollo sostenible que impida el suicidio de la humanidad y el de la cultura como instrumento disuasorio contra la ignorancia. Mensajes de optimismo, con palabras en catalán, con el añadido del silencio sepulcral en la actuación de Espert y la honda impresión de la figura de Hugh Herr, que es en sí mismo una oda a la esperanza y el sueño de un mundo en progreso.

Doña Rosita ha deambulado por el escenario, con 1.300 personas guardando el aliento. También ha resucitado el Rey Lear. Lorca y Shakespeare, que son dos caras de la misma moneda. Ha sido el momento de la emoción, el de la vieja actriz wilderiana que pisa tablas con siglos de oficio. A unos metros, el traje con pantalón corto de Hugh Herr, un alegato estético y ético que representa la innovación, capaz de superar escalones. Herr, la estrella posiblemente de estos premios, quiere acabar en este siglo con la discapacidad: un reto grandioso que rompe los parámetros humanos, que nos saca de la nuestra propia proporción. Herr ha pisado con elegancia por los viejos muros del Campoamor, como Espert, como Ford, como Nachtwey o la zancada incansable de Gómez Noya.

¿Por qué Richard Ford ama la literatura? Porque es un acto gozoso, porque la imaginación le lleva a crear un mundo nuevo, con su poética y su política. Un acto transformador. Frank Bascombe no lo habría dicho mejor. ¿Por qué Mary Beard admira y repugna Roma? Porque necesitaría un billete de vuelta para sobrevivir a una cultura admirable y brutalmente repugnante. ¿Por qué Nachtwey propugna ese momento congelado en el tiempo que es la fotografía? Porque es la única manera que tiene de narrar. De nuevo la cultura.

A pocos centímetros del Rey, Javier Fernández ha escuchado escorado en su silla. En el año en el que los políticos no optaron por la política, Fernández se presenta como el gozne de la maquinaria. En el Campoamor ha aplicado su faceta diletante, la de un hombre que ama la cultura. Una tregua de cara al domingo, comité federal y mediopensionista. Felipe VI ha evitado palabra alguna que se pudiera malinterpretar o interpretar correctamente, dando un respiro o zanjando una situación embarazosa. El monarca ha preferido hablar de cultura y ha apelado al papel de los premios Princesa en estas tres décadas, quizá en alusión a las críticas de los republicanos de la Escandalera, las dos caras de diferentes monedas.

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