Infinito Leonard Cohen, a mil besos de profundidad


Descubrí a Leonard Cohen en los 80. En un libro de los que había que leer a lo largo de la mitificada educación secundaria de aquella época. Una historia detectivesca protagonizada por un investigador devoto de las canciones y letras del canadiense. También me topé con él en la tele (aún no había pasado de la música), cuando irrumpió en 1988 en las listas de los más vendidos con su disco I'm your man, su resurrección para el gran público. Entonces no lo sabíamos, pero estábamos a las puertas del fin de la guerra fría. Y aquel First, We Take Manhattan fue un bombazo. También otras canciones como Tower of Song, Ain't No Cure for Love o Everybody Knows.

No teníamos Internet. Y con el nivel de inglés (reconozcámoslo: la EGB y el BUP no son tan memorables) que teníamos equipado de serie solo pude asomarme a la punta del iceberg. Fue años después, en los 90, cuando me di cuenta de que la obra de aquel músico era también la de un gran poeta. Y de que sus canciones aspiraban a la inmortalidad.

El miércoles, cuando el mundo aún digería la victoria de Donald Trump, me senté a escribir un artículo sobre el magnate. No sé por qué, pero puse a Cohen. Sonaron Famous Blue Raincoat (mi favorita), So Long MarianneHallellujah, Dance Me to the End of Love, la lorquiana Take this Waltz y ese poema/canción llamado A Thousand Kisses Deep. Y hoy recuerdo estos versos: 

And sometimes when the night is slow, 

The wretched and the meek,

We gather up our hearts and go,

A Thousand Kisses Deep.

(Y a veces cuando la noche es lenta,

el infeliz y el humilde,

Recogemos nuestros corazones y vamos,

a un millar de besos de profundidad.)

Infinito Leonard Cohen, a mil besos de profundidad