Homenaje a Leonard Cohen o la argamasa del «crooner» Héctor Tuya

Crónica de un tributo improvisado en un rincón de una pequeña ciudad

Héctor Tuya toca en el homenaje a Leonard Cohen, en el Ca Beleño.Héctor Tuya toca en el homenaje a Leonard Cohen, en el Ca Beleño
Héctor Tuya toca en el homenaje a Leonard Cohen, en el Ca Beleño

Oviedo

Poco antes de las seis de la mañana, la señal del móvil para avisarme de que tenía un mensaje en mi Facebook. No me asusté, no me importó. No me asusté: como hacemos lo que dicen las canciones, sé que alguien puede escribirme a las cuatro de la mañana para preguntarme si estoy mejor. No me importó: entre semana madrugo mucho, para desayunar en el Ca Beleño, una cervecería de mi ciudad.

Un amigo, «vaya dos noticias en dos días», la otra noticia también nos vino de la madre América, de la imprescindible América, donde hubo un tiempo en que no se levantaban muros para impedir la entrada del de fuera, sino que al de fuera se le traía en barcos para doblegarle la espalda en campos de algodón, y de esa espalda humillada surgieron las dos noticias en dos días.

De esa espalda humillada. Y de cantar en las tabernas. De reunirse para cantar en las tabernas con un vaso en la mano. De esa espalda humillada y de cantar en las tabernas surgieron las canciones que hicieron que sonara mi móvil antes de las seis de la mañana en forma de una notica pésima, que tardé unos pocos segundos en confirmar, que Leonard Cohen, como ya nos había advertido, se había muerto, el autor de canciones insertadas en la genealogía escrita en los campos de algodón y en las mesas de las tabernas.

Llorar, lo primero, maldiciendo; escuchar sus canciones sabiendo que ya, definitivamente, son las últimas, aunque se hayan escrito hace cincuenta años, las últimas. Desayuno en el Ca Beleño, antes de ir al colegio, al instituto, a casa, a los trabajos, desayuno en común. Siempre con música, esa mañana solo con Leonard Cohen, still making love in my secret life.

Hay que hacer lo que hay que hacer. Y lo que hay que hacer, como obligación moral, es agradecer, agradecer el magisterio, agradecer la compañía, agradecer la ayuda. Honrar el talento y la belleza. Venerar a los dioses, la mañana en que descubrí que los dioses son mortales.

Cuando me fui del desayuno al trabajo, llorosa, desconcertada, I never said that I was brave, hay que hacer lo que hay que hacer, hay que tener sentido del deber, decidí que había que homenajear a Cohen esa noche, esa misma noche. Los homenajes sofisticados y organizadísimos vendrán. Estaré en todos los que se me permita. Pero esa noche había que salir, había que juntarse, nos teníamos que ver, hay que hacer lo que hay que hacer y lo que hay que hacer es agradecer y reconocer. Es salir de casa, juntarse, es no quedarnos en nuestros niditos subiendo canciones a la red y escuchándolas en soledad. Hay que juntarse, se lo debemos a quienes doblegaron la espalda para darnos el blues, que acabó dándonos las canciones de Leonard Cohen.

Un bar, necesitaba un bar, una taberna con jarras que chocan para celebrar. Músicos, músicas, una guitarra.

Un llamamiento en la red, la complicidad del llanto compartido por el maestro elegante, ordenado, espiritual, sexual, seductor por encima de todo.

Esa complicidad, esa complicidad, que es la argamasa que hace que haya cosas que no necesitan ser explicadas, esa complicidad en Cohen que hizo que, de un encuentro casual con el músico Héctor Tuya que podía haber quedado en un par de palabras en una barra, surgiera la amistad que hizo que, tres horas después de conocer la noticia de la muerte (no hablo de «fallecimiento», ese eufemismo para decir «muerte», el eufemismo es la degradación de la metáfora y de la analogía), le pidiera ayuda, a Héctor, conmocionado, aturdido al principio con mis palabras, que precedieron a un sinfín de mensajes y de llamadas de teléfono, que se vieron entreveradas por un mensaje a Frankie, también de ayuda, porque ese día necesitaba ayuda, y la pedí.

Y Frankie, dueño del Ca Beleño desde hace casi treinta años, el bar que nos deja para desayunar cada mañana antes de ir a colegios, institutos, trabajos o moradas, me dijo que el bar podía volver a ser templo, esta vez, de la liturgia del agradecimiento y de la despedida (me dijo un «sí» directo, sin artificios, rápido), y así se hizo la convocatoria, compartida en la red, venid, os necesito, músicos, músicas, amantes de Leonard Cohen, amantes, quienes queráis reuniros una noche de viernes, para agradecer al padre de las canciones que son educación sentimental, y de metáforas y analogías, al hijo de los campos de algodón y de la música en las tabernas. Venid, quienes queráis abrigo, os necesito.

Y la tarde, llamadas, mensajes, Héctor, amplificamos o no, Belén, prepárame letras, te mando el repertorio, llevo libros, lleva libros, viene Sil Fernández, Puri Penín me escribe, quisiera, pero toco, esta es la mejor razón para no estar, que los workers in song que habitan el hotel Chelsea no puedan venir porque tocan. Pablo Moro también toca.

Tarde de nervios, de prisas, de letras mal editadas e impresas a última hora, de vistazo a la librería, de ya noche, delante del espejo del cuarto de baño, como otras noches, ojerosa, pintarme los labios de rojo, y decir, delante del espejo, sintiendo la opresión de las formas que adquiere la belleza, con los labios recién pintados, well, never mind, we are ugly, but we have the music.

Y el Beleño, lleno. Las canciones de Cohen grabadas empezaron a sonar, closing time, lo que se hace en la vida secreta.

Llega Héctor Tuya, como solo Héctor Tuya sabe ser: alto, guapo, actitud, americana, libros, letras, guitarras. Hay que estar aquí. Murió Cohen, cojones, nos decimos. Hay que estar aquí. Nos conjuramos. Hay que hacerlo. Nos apretamos las manos. Las cosas que no necesitan ser explicadas, que no necesitamos decirnos, la argamasa de las canciones de Cohen.

Y Héctor se sentó en un taburete, cogió la guitarra, la enchufó lo preciso, se pegó al micrófono y se convirtió en el mejor crooner de este lado de acá. El mejor crooner con la americana cruzada. Y empezó a desgranar canciones de Leonard Cohen, una después de otra, y habló de Janis, de Jane, de Suzanne, de Marianne... Habló de Marianne.

Y Mary Kay Maas cantó Hallelujah. Y todo el bar gritó «aleluya».

Y en un rincón de una ciudad pequeña de provincias, en una taberna donde las jarras chocan para brindar, un montón de personas nos reunimos en silencio para agradecer al gran hacedor de canciones que nuestra vida sea más llevadera, para reconocernos en los campos de algodón, en las espaldas humilladas, para juntarnos en el funeral, en una celebración de reconocimiento y de despedida espontánea, sencilla, y nos hablamos cuando nunca lo habíamos hecho.

Héctor Tuya, exquisito, excesivo, hay que hacer lo que hay que hacer, en la mejor tradición del crooner de las tabernas, herido, amigo en Cohen, hay que hacer lo que hay que hacer. Pegado al micrófono, los dedos, en las cuerdas. Hay que hacer lo que hay que hacer.

Termino de escribir esta crónica. Estoy en la sala de mi casa, con el portátil. En el plato crepita Songs of Leonard Cohen. Un poco más allá, miro la foto que me regaló su autor, Iván Martínez, del maestro en Gijón. El sombrero, en la mano derecha; la mano izquierda, en el pecho; los ojos, cerrados. Agradecido, agradeciendo. Miro la foto y le digo que el viernes le agradecimos lo mejor que supimos, que nos unimos en sus canciones, que salió bien, que éramos en este diminuto rincón del mundo un puñado de gente en silencio, que Héctor Tuya estuvo elegante y seductor, siguiendo sus enseñanzas. Que se sobrepuso. Que estuvo.

Que hicimos lo que había que hacer.

Que nunca le dije que fuera valiente, que lloré, temblé y sufrí. Que quiero ser rubia por su culpa.

Que se lo debemos a las espaldas humilladas.

Él me dice, en forma de blues: The bed is kind of narrow, but my arms are open wide.

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