«Fidel Castro tiene una parte de tirano y otra de santo que no consigo delimitar»

El escritor cabraniego José Antonio Mases repasa su larga e intensa vida y desgrana los pormenores de su última novela, 'La Cordillera', publicada en Trea

José Antonio Mases
José Antonio Mases

«La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero». Con esta frase de Hermann Hesse da comienzo La Cordillera, la última novela del prolífico escritor cabraniego José Antonio Mases (Mases, Cabranes, 1929). Ambientada en el siglo XVIII, y caracterizada por una cuidadísima prosa, se trata de una novela de caminantes que, tal como reza la sinopsis del libro, «no guardan relación alguna con el homo viator medieval, pues aquel seguía el camino en busca de la perfección y con la esperanza de alcanzar la meta celeste, y los protagonistas de La Cordillera son meros seres humanos cuyo azar es el de transitarlo con el fin de alcanzar la felicidad temporal que nunca lograrán, porque al término del camino que están condenados a seguir les aguarda, simplemente, eso: el final». En esta entrevista, Mases desvela sus entresijos antes de hacer un repaso a su apasionante biografía, en la cual destacan los seis años que pasó en Cuba y durante los cuales vio caerse el régimen de Fulgencio Batista y efervescer una de las grandes revoluciones del siglo XX.

-El de La Cordillera ha sido un parto largo.

-Se exagera un poco: ¡se habla de diez años! Qué va. Fueron cuatro años, que aun así es mucho tiempo, pero es que hubo una tregua obligada porque falleció mi hermana. Vivía con ella, y aquello cambió mi vida totalmente y me provocó un bajón tremendo que me hizo relegar la novela. Como dicen en Cuba, la engaveté: la metí en la gaveta. Y al reanudarla me pasó lo que ocurre siempre: me di cuenta de que lo escrito no me gustaba. Rehice, taché, volví a rehacer y volví a tachar hasta que depuré lo que había escrito y después seguí escribiendo. Por eso he tardado tanto.

-Como es habitual en sus novelas, el estilo de ésta está trabajadísimo: cada frase es una pequeña joya literaria. Eso, imagino, también habrá ralentizado el proceso de escritura.

-Yo tiendo a obsesionarme, obsesión es la palabra, con la precisión en el lenguaje, con la palabra justa. Además, me gustan las palabras con tintes añejos, aunque procuro no caer en arcaísmos. La novela, por otra parte, está ambientada en las postrimerías del siglo XVIII, y eso me permite jugar con el léxico de la época, que es muy rico.

-Es una tarea preciosa, ésa de rescatar palabras del olvido.

-Palabras añejas, sí, sobre todo las del ámbito rural. Yo huyo mucho del culteranismo.

-En realidad es lo contrario del culteranismo: de lo que se trata es de rescatar las viejas palabras del pueblo, de los labriegos.

-Claro, claro. Son palabras que están ahí y que son hermosas.

-¿Por qué escogió ambientar La Cordillera en el siglo XVIII?

-En parte, precisamente por eso: por la riqueza léxica. El XVIII es un siglo culto y de bien hablar. Pero hay otra cosa que influyó más: la novela transcurre en un coto señorial, y los cotos, tanto los nobiliarios como los eclesiásticos, pervivieron hasta finales del siglo XVIII.

-La novela se enmarca en toda una tradición literaria de novelas de camino. Se va a un sitio al que nunca se llega, que para los personajes de su libro es esa misteriosa e inalcanzable cordillera, y lo importante es lo que se va descubriendo al caminar hacia él.

-Sí, sí, sí. Ese tema, el del camino de la vida, es casi tan antiguo como la literatura. Los personajes de mi novela caminan impelidos por algo, por una fuerza misteriosa que los lleva a recorrer ese camino. Y el camino es al mismo tiempo una esperanza y una condena.

-La esperanza de que siempre se podrá huir de los problemas echando a andar y la condena de que siempre habrá problemas que lo obliguen a uno a echar a andar.

-Algo así. Yo trato de reflejar la infelicidad humana. En la novela van sucediéndose generaciones que siempre caminan hacia la cordillera, pero que nunca llegan a ella, sino que van claudicando, muriendo, haciéndose mayores, etcétera. Cada generación va estableciéndose en algún punto del camino; en varios sitios a los que los personajes siempre bautizan Sitio. La novela comienza con un matrimonio que se asienta en un coto y cuya mujer pare un hijo; el hijo crece, se ennovia con una moza y vuelve a salir al camino y a establecerse más allá; pasan las generaciones y la cordillera está cada vez más cerca, pero nunca llega. Y entretanto lo que se van encontrando los personajes es la vida: pasiones, esperanzas, desesperanzas, desgracias, pequeños retazos de felicidad…

-Esa carrera de relevos generacional recuerda a un famoso poema de Ángel González: «Para que yo me llame Ángel González, para que mi ser pese sobre el suelo, fue necesario un ancho espacio, y un largo tiempo; hombres de todo mar y toda tierra, fértiles vientres de mujer y cuerpos y más cuerpos fundiéndose incesantes en otro cuerpo nuevo. Solsticios y equinoccios alumbraron con su cambiante luz, su vario cielo, el viaje milenario de mi carne trepando por los siglos y los huesos…».

-Es verdad. Y mencionas el nombre de un gran amigo mío. Ángel González era un tipo entrañable; fieramente humano, como decía el otro. En una ocasión coincidí con él en una librería de Gijón y compré, para que me la dedicara, una obra suya que había tenido problemas de censura: Áspero mundo. Se la di y me dijo: «Te la voy a dedicar, pero antes voy a corregir una cosa que se perdió en la censura», y escribió de su puño y letra un verso completo que los censores de Franco habían hecho desaparecer. La guardo como un tesoro.

-La Cordillera, a diferencia de la meta de otras novelas de camino, no interesa a los caminantes por sí misma: con lo que fantasean es con descubrir qué hay detrás.

 -Sí. Los personajes de la novela, todo lo creen solucionable recorriendo ese camino y cruzando la Cordillera. La Cordillera es la frontera entre la realidad representada por el coto y un más allá mágico que en realidad es la muerte.

-¿Es La Cordillera también una alegoría de la historia de la humanidad?

-Bueno, decir eso sería demasiado petulantón, demasiado arrogante. Hay quien dice por ahí, tras leerla, que es una novela metafísica. Y no, tampoco hay que pasarse.

-En la novela no se hace explícito en ningún momento, pero el escenario es Asturias.

-Sí, no lo digo en ningún momento, pero hay algunos nombres que remiten a Asturias: un trajinero llamado Lope de la Pola, otro personaje que se llama Catalino de Amandi… De todas formas, mi intención era que el escenario de la novela pudiera ser cualquier lugar del mundo.

-La referencia a esa cordillera soñada pero siempre visible remite, por otra parte, a la cantábrica.

-Puede ser. Lo he contado alguna vez: yo nací en Cabranes, y desde el corredor de la galería de mi casa se veía Peñamayor, que son unas estribaciones de los Picos de Europa y de la enorme mole de la Cordillera Cantábrica. A mí aquella cordillera me inquietaba muchísimo cuando era crío; no dejaba de pensar en qué habría detrás. Y no es que en esta novela haya tratado de reproducir aquella sensación, pero algo sí que flotaba en mi memoria. Mientras escribía, yo no dejaba de visionar aquella cordillera de mi niñez.

-Repasemos su trayectoria. Ha tenido una vida apasionante y aventurera que sin embargo comenzó de la manera más anodina: trabajando en un banco.

-Sí (risas). Fueron siete años allá. Lo pasé fatal: el banco se me caía encima. Fue estando allí donde empecé a escribir novelas cortas, con una de las cuales quedé finalista de un premio que se convocaba en Oviedo: el Tertulia Naranco. Camuflaba las cuartillas en el libro de cuentas corrientes, que era un mamotreto infame en el que se registraban los movimientos bancarios de cada cual inscribiéndolos con papel de calco para pasarle una copia al cliente: un trabajo ímprobo. De aquella no había ni calculadoras: lo que había era un artilugio con varias manivelas. Para multiplicar tal cosa por cinco, cinco manivelazos, y así. Una cosa como del Pleistoceno: las hay en el rastro. Un día, un amigo de mi madre me dijo: «Oye, ¿cómo no te vienes conmigo a Santo Domingo?».

-Y a Santo Domingo se fue.

-Y a Santo Domingo me fui. No pude evitar la tentación. No era por la cosa crematística; por ganar más dinero. Eso me daba igual. Lo que me interesaba era la aventura; salir del banco y conocer el mundo. No pedí ni excedencia voluntaria, cosa que podía haber hecho por si regresaba.

-¿De qué trabajó en Santo Domingo?

-Trabajé llevando la contabilidad de un almacén. Mi jefe resultó ser un negrero asqueroso. Reñí con él: era un explotador infame, hasta tal punto que teníamos que ir a misa con él todos los domingos pero, después de salir de misa, meternos en el almacén a ordenar cosas a puerta cerrada por si venían los inspectores. Y no nos pagaba mensualmente, sino anualmente, que era la modalidad característica de este tipo de explotadores. Yo discutí con él por eso, pero lo que colmó el vaso fue otra cosa. Había un chiquito negro llamado Bienvenido y a quien llamábamos Bienvo que andaba siempre por ahí con una carretilla y solía venir de vez en cuando por el almacén a preguntar si había algún recado que llevar o traer. Un día vino y me dijo: «Españolito, por favor, dame un vaso de agua». Entré al almacén, donde había aquellos botellones con espitas tan típicamente americanos llenos de agua fría, llené un vaso y se lo di, pero me vio el jefe, que montó en cólera. «¡¿Le das a ese negrito del agua que bebemos nosotros?!», me dijo, y yo le respondí: «¿De cuál le voy a dar?». Él me dijo entonces: «¡Dale del grifo!». Ahí fue cuando exploté. Le llamé de todo: «Es usted un ruin, un mezquino, un asqueroso». Nos enzarzamos de mala manera: fue la primera vez en mi vida que me peleé. Le di un empujón, él me agarró a mí y en la pelea se me rasgó el pantalón. Después de eso, yo no podía quedarme por más tiempo en Santo Domingo, porque él podría hacerme la vida imposible, pero yo conocía secretillos suyos y en parte me tenía miedo, así que le pedí que me pagara el pasaje para irme. Él quería mandarme de vuelta a España, pero le dije que no me mandara a España, que me mandara a Cuba, adonde yo ya llevaba tiempo pensando en irme. Tenía curiosidad por ver en primera persona lo que estaba pasando allí. Cogí el primer avión y llegué al aeropuerto de Puerto Príncipe, en Haití, con el pantalón rasgado. Al bajar del avión, en el aeropuerto, vi a una negra descalza, una pobre mujer como muchas otras que había allí, y le pregunté si por casualidad no tendría por ahí una aguja para coserme el pantalón. Me lo cosió y le di cinco dólares: toda una fortuna para aquella pobre gente.

-Y después, Cuba.

-Yo tenía veinticuatro años, imagínate. Era el año 1953 y estuve allí hasta 1960.

-Los años clave.

-Sí. Viví las postrimerías de [Fulgencio] Batista. Batista era una bestia parda; un dictador asqueroso y enfermizo en alianza con Estados Unidos. Cuba era una putrefacción total con Batista. La revolución estaba totalmente justificada. En Cuba todo era propiedad de Estados Unidos: la Cuban Telephone Company, la United Fruit Company, la Cuba Electric Company, los supermercados Ten Cents, los bancos… Cuba era una colonia, hasta el punto de que eran los americanos quienes ponían el precio a la zafra del azúcar. Mandaban ellos y Batista era su cordero obediente. Y eso alimentó un anhelo de independencia, de apartar a los americanos, que se sustanció en Fidel. Fidel tuvo un aura casi mítica hasta su famosa entrevista con Herbert Matthews en Sierra Maestra para la revista Life, que fue un aldabonazo porque de alguna manera lo humanizó, lo hizo tangible. La censura de Batista era férrea y mucha gente ni siquiera creía que Fidel existiera, pero aquella entrevista les hizo creer definitivamente que lo de Fidel era verdad.

-Hoy, sin embargo, se da un cierto blanqueamiento de la figura de Fulgencio Batista en los círculos anticastristas. Describen aquella época como un paraíso de prosperidad que Fidel y sus barbudos aniquilaron.

-Sí, los ultras de Miami y demás. Ahí están ahora bailoteando rumbas para celebrar la muerte de Fidel, algo que me parece indigno. Se puede discrepar de Fidel, y yo discrepo muchísimo de Fidel, pero Cuba era un estercolero con Batista. En las cunetas aparecían estudiantes asesinados por los matones del SIM, el Servicio de Inteligencia Militar de Batista, cada dos por tres. Yo estaba ya en Cuba cuando desembarcó el Granma y aquellos ochenta y siete hombres se encaramaron en Sierra Maestra y pude comprobar que el descontento en Cuba era vastísimo. Fidel consiguió el apoyo no sólo de las clases baja y media, sino también de los empresarios, de la nobleza azucarera… Incluso yo, que era un extranjero, estaba embelesado con Fidel. Ver cómo se manejaba en la sombra, cómo sorteaba la enconadísima persecución de la policía batistiana, era muy estimulante. Yo llegué a ver cómo se enviaban a Sierra Maestras mensajes cifrados minúsculos inyectados en la piel de una naranja. De cuando en cuando, estabas en el trabajo y sentías un bombazo: sabotajes que hacían los revolucionarios procurando no matar gente. Una vez hicieron explotar un tren en Santa Clara, lo cual causó mucho revuelo. Pero la gente celebraba aquello. Todas estas cosas las cuento en un libro que publiqué cuando volví a España: Los padrenuestros y el fusil.

-Ése es seguramente su libro más famoso.

-Sí, se hicieron tres ediciones. Me lo publicó Plaza y Janés en Barcelona. En él retrato la Cuba prerrevolucionaria, la caída del régimen de Batista y la incubación de la revolución de Sierra Maestra. El título se debe a que los guerrilleros de Sierra Maestra siempre o casi siempre llevaban un rosario debajo del uniforme verde oliva. Los hacían con piedrecillas que recogían en la selva.

-¿Estaba en La Habana cuando los barbudos entraron por fin en la capital?

-Sí, claro que estaba. Los vi llegar desde la azotea de mi casa en la esquina del Malecón, la gran avenida donde los habaneros hacen la vida social. Si no se respira el aire del Malecón, no se está en Cuba. La entrada fue por ahí. Fidel mandó primero a Cienfuegos y a no sé quién más y él llegó el 8 de enero de 1959. Yo, desde casa, le hice una foto al carro de combate en el que venía enarbolando su fusil. Años más tarde me la publicó la revista Clarín. Aquello fue una apoteosis total: La Habana entera estaba en la calle. Al lado de mi casa había un hotel, el Hotel Deauville, que tenía un casino; y la gente entraba en él, sacaba las máquinas tragaperras y las incendiaba en plena calle. El caso fue que a los pocos días, Fidel se presentó en televisión y prometió una cosa que luego no cumplió: «Dentro de seis meses», dijo, «tienen ustedes elecciones». Él hacía mucho hincapié, entonces, en que su revolución no era comunista, sino humanista, pero han pasado cincuenta y seis años de eso y las elecciones nunca se convocaron. De todas formas, hay que decir que hubo cierto empecinamiento por parte de Fidel, sí, pero también una falta absoluta de tacto por parte de los americanos.

-El famoso bloqueo.

-Un error garrafal. Convirtieron a Fidel en víctima, y él se aprovechó muchísimo de eso, aunque también es verdad que a través de Argentina y México sí que llegaban mercancías americanas de estraperlo a La Habana. Los paladares, que son los restaurantes de cierto nivel, se nutren de eso.

-¿Llegó a conocer en persona a Fidel?

-Llegué a verlo muy de cerca en el Auditórium de La Habana un día que fui a ver una actuación del Teatro Bolshói de Moscú. Fue en los primeros meses del 60, en plena primavera de la revolución. Fidel estaba en un palco contiguo al mío con Camilo Cienfuegos, el Che y Haydée Santamaría, que hizo la revolución en Sierra Maestra y fue directora de la Casa de las Américas. Fidel vestía su guerrillera y recuerdo que llevaba un bolígrafo en el bolsillo, como cualquier tendero de aquí. Pero ésa fue la única vez que le vi: nunca llegué a hablar con él. De las grandes figuras de Cuba traté a [Alejo] Carpentier, a [José] Lezama Lima, a Lisandro Otero y a Jaime Sarusky. Lisandro Otero (que también luchó en Sierra Maestra) y Jaime Sarusky estuvieron una vez en mi casa de Cabranes. No vinieron expresamente: los trajo un pintor asturcubano muy amigo mío llamado José Luis Posada. Mi hermana los invitó a un pote asturiano que les encantó. Sarusky dirigía la revista Revolución y Cultura, puramente castrista, y en un momento dado me dijo: «Voy a hacerte una entrevista», y sacó una grabadora y nos pusimos a charlar, pero estaba en pleno letargo de la digestión del pote, y en esto veo que tuerce la cabeza y que se le cae la cabeza y el aparato. Se había quedado adormilado (risas).

-¿De qué trabajó usted durante aquéllos sus años cubanos?

-Trabajaba, bajo supervisión de un contable judío, llevando la contabilidad de una empresa que se llamaba Cornell Seed Company, que importaba a Cuba semillas de Alexandria (Luisiana). Y compaginaba eso con colaboraciones literarias en la revista Carteles, del Diario de la Marina, que entonces era el mejor rotativo de América Latina. En su momento había amparado a toda la Generación del 98: Azorín, Baroja, Unamuno… Todos colaboraron con la revista, que era prohispana total. Cuando yo empecé a colaborar con ella la llevaba un gijonés exiliado del franquismo: Antonio Ortega. Ortega era un narrador excelentísimo y había sido consejero de Propaganda del Consejo Soberano de Asturias y León. Era un pedazo de pan. Dirigía también otra revista algo más sensacionalista, Bohemia. En un momento dado me ofreció enviarle de cuando en cuando algún cuento y pagármelos a veinticinco dólares, a lo que por supuesto accedí: veinticinco dólares eran muchísimo dinero entonces. El redactor jefe de Carteles era Guillermo Cabrera Infante, a quien traté muy de cerca. El caso fue que al llegar Fidel y nacionalizarse todo, desde la United Fruit hasta la bodega de la esquina, todo, la Cornell Seed desapareció y yo me quedé sin trabajo.

-Vivió el primer año de la revolución triunfante. ¿Cómo lo recuerda?

-Como tiempos inseguros, de búsqueda, de no saber qué iba a pasar. La revolución todavía no se había solidificado. Yo tenía el auxilio de la revista Carteles, pero un día pasó algo. El director, Antonio Ortega, publicó un editorial en el que discrepaba de la fórmula que estaba empleando Fidel para hacer la reforma agraria. Estaba de acuerdo con la reforma agraria, que era absolutamente imperioso hacer, porque los latifundios eran una cosa asquerosa, pero no con la manera concreta de abordarla que se estaba siguiendo. Aquello costó a Ortega una reprimenda del oficialismo. Le dijeron que o se abstenía de publicar cosas hirientes hacia la revolución o sus editoriales tendrían que llevar una coletilla diciendo que el responsable de aquello era exclusivamente el director; que el editorial era su visión particular. Aquello ofendió mucho a Ortega. «Yo, que fui exiliado de Franco, que tuve que huir de España, ¿vengo aquí y me censuráis?», bramó, y dejó la revista. Pero cometió el error de anunciarlo, y eso provocó una persecución. Tuvo que refugiarse en la embajada de Ecuador y abandonar en La Habana una biblioteca valiosísima. Se fue a Estados Unidos, concretamente a Nueva York, pero él tampoco casaba con los Estados Unidos, y al final acabó en Venezuela. Allí intentó relanzar no la revista Carteles, sino la revista Bohemia, que como decía antes era más sensacionalista y económicamente podía rendir más. Pero fracasó, y el hombre acabó haciendo gacetillas publicitarias y muriendo en la miseria. La vida trató muy mal a Ortega. Era un escritor extraordinario. Tiene un libro de relatos breves hermosísimos: Yemas de coco. Lo tengo por casa dedicado por él. Yo, siendo director de la editorial Ayalga, quise reunir toda su obra. Guillermo Cabrera Infante llegó a escribir un prólogo para ella titulado «Antonio Ortega vuelve a Asturias», algo muy emotivo y hermoso, pero aquello coincidió con una época en que tuve discrepancias con la gente de las finanzas de Ayalga que me acabaron haciendo dimitir y al final no lo pude publicar.

-Y, ¿quedó inédito?

-No: Juan Cueto sabía de él y me lo pidió para reproducirlo en Cuadernos del Norte. Y años después Cabrera publicó una obra titulada Mea Cuba en la que también lo reprodujo. Al final no quedó en el olvido. Recuerdo que Cabrera se llevó una gran alegría cuando le propuse escribir aquel prólogo: quería muchísimo a Ortega. Él estuvo unos meses más que nosotros en Cuba, porque lo hicieron director de un suplemento literario buenísimo de la revista Revolución que se titulaba Lunes de Revolución. Pero acabó chocando también con los jefes y exiliándose. Primero fue a España, pero a él no le gustaba España, porque era un antifranquista furibundo, y al final acabó en Londres.

-¿Qué balance global hace de la trayectoria de Fidel Castro y de la Revolución cubana ahora que ha muerto el Comandante?

-La revolución era necesaria; se imponía, y a mí Fidel me gustaba. Era un hombre con un carisma superlativo; encandilaba. Sus discursos emborrachaban. Duraban seis horas, pero no te cansaban. Iba de tema en tema, saltando de aquí a allá, siempre sin papeles, improvisando. Recuerdo que una vez, a principios de los sesenta, en una mesa redonda en televisión, en tiempos de Batista había seis canales; hoy tienen uno solo, y dirigido, un periodista le preguntó: «Comandante, ¿qué opina sobre la reforma tal?», y Fidel le respondió: «No, no, no, ¿qué opina tu mujer? A mí lo que me interesa», decía con aquel dedo índice que alargaba siempre, «es lo que opina tu mujer». Eso calaba. En otra ocasión, esto es totalmente verídico, para acabar con la fiesta de los Reyes Magos llevó a televisión a un negrito debidamente preparado y le dijo: «Vamos a ver, chiquito, arrodíllate y pide a los Reyes Magos lo que quieras». El negrito se arrodilló, cerró los ojos y dijo: «Quiero esto, quiero aquello y quiero aquello otro». Dice Fidel entonces: «Vamos a ver, levántate y mira, ¿qué te trajeron los Reyes?». «Nada, mi comandante». «¿Nada? Bueno, pues ahora pídele eso mismo a Fidel, pero de pie, no de rodillas». Y allí llegó toda una sarta de cosas. «¿Quién da más, los Reyes o Fidel?». «¡Fidel, mi comandante!». Ésas cosas gustaban. A los guajiros, los campesinos pobres, gente muy primaria, esas cosas les enamoraban. Y ya te digo que a mí mismo me encandilaba Fidel, pero me acabó decepcionando. Hizo cosas muy feas. No me gustó lo que hizo con Tony de la Guardia, ni lo que hizo con Arnaldo Ochoa. Ochoa era un general que había luchado con él en Sierra Maestra, del que era íntimo amigo y al que fusiló más tarde porque estaba presuntamente implicado en asuntos de narcotráfico. Fidel disparó sobre mucha gente, ¿eh? Cuando se ponía, era durísimo, férreo. El balance que yo hago es manido: un claroscuro, un juego de luces y sombras, una simbiosis diabólica de tirano y de santo que no acabo de delimitar bien. Lo que es incuestionable, eso sí, es que es una figura portentosamente histórica. Y un tipo único. Ahora se dice que tenía novecientos millones de dólares, once mansiones y una isla, pero yo no lo creo. Fidel era un hombre austero. Muy amigo de faldas, eso sí. Tuvo cuatro o cinco mujeres y hubo una alemana a la que la CIA envió a Cuba para envenenarlo pero que acabó en la cama con él, se enamoró y renunció a matarlo.

-Fidel era un personaje de novela, de eso no cabe duda.

-Hay una biografía de Ignacio Ramonet que es un portento y en la que se cuentan éstas e infinitas otras anécdotas. Te cuento otra. Cuando Fidel llegó a La Habana, una de las primeras cosas que hizo, yo creo que al día siguiente, fue montar en la guagua de la ruta 28, que era la más barata. El autobús costaba ocho centavos, pero la ruta 28 costaba seis, porque era la más destartalada. Iba al barrio de Las Yaguas: el más desheredado y pobre. Cuando Fidel subió al autobús, el conductor se sobresaltó y se cuadró al instante: «¡Mi comandante!». Fidel le dijo: «A ver, chico, cóbrame ahí». «No, mi comandante, usted no paga». «¿Cómo que no me cobra? ¡Me cobra aquí los seis kilos (kilos es el argot cubano para llamar a los centavos)! Yo aquí soy un pasajero, chico, y pago lo que paguen los otros pasajeros». Así se ganaba a todo el mundo. En otra ocasión, en otra de aquellas mesas redondas en televisión, asomó el tema de la guerra civil española y Fidel tildó de dictador a Franco. El embajador de España, que era el marqués de Vellisca, Juan Pablo de Lojendio, estaba en un cabaré de La Habana, porque era un putero de tres pares de narices, y lo oyó. Salió disparado hacia la estación de televisión hablando casi en jerga quijotesca: «¡Abridme paso, abridme paso!». Le abrieron paso y logró colarse en el estudio en directo y sin previo aviso, interrumpiendo a Fidel. Fidel se cruza de brazos, mira a Lojendio y le dice: «Señor embajador, tiene usted exactamente veinticuatro horas para salir de Cuba».

-Y así fue, claro.

-Sí. Al día siguiente se organizó una comitiva de acompañamiento al marqués hacia el aeropuerto que entonces se llamaba de Rancho Boyeros y hoy José Martí. La gente marchó a su lado riéndose de él y llamándole marqués de la Alpargata. Lo de la alpargata era muy cubano: una broma que provenía de aquellos inmigrantes aldeanos que salían hacia Cuba en alpargatas.

-¿Volvió a Cuba alguna vez después de marcharse en 1960?

-Sí, sí, volví hace quince años. Fue un choque tremendo, porque encontré mucho despojo, mucha basura, mucha miseria. Me alojé en casa de unos parientes lejanos: él rabiosamente fidelista y ella antifidelista, figúrate. Un día salí a la calle a dar una vuelta y él quería acompañarme para llevarme por los sitios que le convenía; para que no viera las partes más míseras de la ciudad. Yo me negué: «Conozco La Habana, Manolo, déjame ir solo». El caso es que salí a la calle y por mi fisonomía rápidamente la gente notó que yo era español. En esto aparece un hombre encorbatado, cincuentón, elegante, y me dice: «¿Tiene usted un minuto? Usted es español, ¿no?». «Sí, sí». Y empieza: «Cultivo una rosa blanca en junio como en enero…». Y yo le digo al instante: «…para el amigo sincero que me da su mano franca». «¡Mi hermano, usted conoce el poema de Martí!», me dice, y le digo: «¿Pero cómo no lo voy a conocer?». ¿Qué era todo aquello? Recitándome el poema de Martí, aquel hombre me estaba pidiendo una limosna. No me lo dijo así: simplemente levantó la suela de un zapato y me enseñó un agujero enorme. Aquello era patéticamente hermoso. Le di varios dólares. Yo había llevado bastante dinero a Cuba y lo gastaba en esas cosas: en dar propinas y limosnas. El hombre me dijo: «Me solventó usted quince días de vida». Terrible. La Habana estaba triste; había unas carencias enormes. Sin embargo había alegría. La gente bailaba y reía. El café era malo, eso sí. El café cubano es el café por excelencia. Cuando yo vivía allí, todo el mundo bebía el buchito, medio pocín de café que yo recuerdo que era dinamita. Había también muchos tenderetes por la calle vendiendo café. Recuerdo también que en las guaguas había unas chavalinas con un delantal blanco en el que llevaban una especie de bolsa con vasitos de papel y un termo para servir café «resién colaíto», como decían ellos. Bueno, pues cuando volví hace quince años me encontré con que mezclaban el café con harina de chícharos: una auténtica profanación del café cubano. ¡Escaseaba hasta el azúcar! Estamos hablando de un país que producía diez millones de toneladas de azúcar al año. Había mucho sabotaje, por lo que me dijeron: Fidel igual mandaba a los homosexuales que a los presos políticos a cortar caña, pero éstos la cortaban mal a propósito y echaban a perder las cosechas. Era un descalabro tal… Estaban ahogados también por el bloqueo americano, eso sí. Y nadie hablaba mal de Fidel. Pero no solamente la gente dirigida: notabas que era una expresión sincera, que salía del pueblo. ¿Por qué ese fenómeno? ¿Cómo podrían querer a Fidel de todas maneras? Yo nunca me lo he podido explicar. También te digo una cosa: tengo claro que mucha de la gente que ahora aplaude y vitorea a Fidel y lagrimea por él, a la menor insinuación de un cambio se pasarán rápidamente a vitorear al nuevo poder. Es así, la historia. Aquí en España lo vimos con la muerte de Franco. Toda aquella gente que lloraba, se santiguaba y saludaba militarmente a los despojos de nuestro tirano en el Palacio de Oriente, ¿dónde está ahora?

-¿Ha seguido los fastos por la muerte de Fidel?

-Veo mucho Cubavisión, sí, y sigo leyendo el Granma. Nunca he dejado de hacerlo: yo a Cuba la llevo en el corazón, porque engancha; algo tiene. En Cubavisión, ahora, los locutores tienen un dilema, porque uno de ellos se presentó el otro día diciendo buenos días, y no se podía decir que eran buenos cuando había muerto el Comandante. A mí esos funerales aparatosos, con un recorrido de días enteros y una urna de cedro con los cuatro polvinos de Fidel atravesando Cuba, me parecen una cosa exagerada y mastodóntica; no me agrada. Pero también estoy en contra de esos fanáticos de Miami que ahora bailan rumbas diciendo que Fidel está bien muerto. Es para darles una zurra. No se puede celebrar una muerte.

-La cordillera inalcanzable de La Cordillera, ¿también es o puede ser las utopías políticas? Aquello que decía Galeano: «La utopía está en el horizonte. Caminos dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve, para caminar».

-Sí, sí. Yo retrato a desamparados viviendo en un medio precario, todos los cuales son felices a ratos pero buscan la felicidad suprema que creen que está al otro lado, y nunca llegan. Yo, al principio del libro, pongo una frase de Kerouac: «Uno siempre espera encontrar alguna especie de magia al final del camino».

-También una de Hermann Hesse: «La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero».

-Sí.

-¿Qué hizo, a qué se dedicó, a su vuelta a España en 1960?

-Pues a una cosa curiosa. Bueno, primero estuve en Gijón empleado en las oficinas de una filial de la Fábrica de Moreda y dando también clases de inglés en mi casa, pero después me fui a Madrid, y allí estuve trabajando con Augusto Algueró y Carmen Sevilla.

-Cáspita, ¿y eso?

-Era una empresa que se llamaba Canciones del Mundo y que se dedicaba a traducir y adaptar al castellano las canciones en inglés más populares del momento. Fue una experiencia muy curiosa. Mi trabajo consistía en sentarme al lado de Algueró con una traducción provisional de la canción y, mientras Algueró tocaba al piano, ir adaptándola y acomodándola a las exigencias técnicas de la melodía. El verso inglés no coincidía en sílabas con el verso en español, como es lógico, y lo que yo hacía mientras Algueró tocaba era ir achicando o extendiendo las palabras para que casaran: meter una palabra más aquí, quitar una sílaba allá, etcétera. Fue una experiencia guapa que además me permitió conocer a todo el artisteo de entonces: por allí pasaron Marisol, Manuel Alejandro, Raphael, Los Tres Sudamericanos, Mike Ríos, que todavía no hacía twist y rock sino una cosa más melódica, cantando aquello de «Vuelvo a Granada»… Y Carmen Sevilla, claro, que era un poco tontorrona, pero un sol de mujer, un ángel.

-Fue también por aquellos años que emprendió un proyecto emblemático: la Gran Enciclopedia Asturiana. Háblenos de ello.

-Ah, ésa fue otra aventura, sí. Evaristo Casariego me decía: «¡Es una tarea ciclópea la que estáis haciendo!». Casariego, por cierto, era un personaje singular: el gran hidalgo de La Barcellina. La Barcellina era la finca de Luarca en la que vivía y a la que prohibía la entrada a los curas y a las mujeres con minifalda, tal como anunciaba en un letrero en la escalera. Bueno, el caso es que un día, tomando algo con Silverio Cañada, le dije: «Oye, Silverio, ¿por qué no hacemos una cosa?». Silverio tenía una librería, La Universal, pero no había editado nada todavía. Yo me había topado hacía poco con un libro que se titulaba Dos mil nombres gallegos y que recogía alfabéticamente todo lo relativo a Galicia: desde «aturuxo» hasta «pote gallego» pasando por «Castro, Rosalía de». Una especie de enciclopedia mínima. Yo le propuse a Silverio hacer algo similar pero en varios tomos; una enciclopedia asturiana. Él me contestó: «¿Enciclopedia? ¡Gran enciclopedia asturiana!». Como buen comerciante que era, lo vio claro al instante. También me dijo que hablara con Luciano Castañón, que por entonces trabajaba en la Seguridad Social. Y nos pusimos manos a la obra.

-Siempre me lo he preguntado. ¿Cómo diantres se hace una enciclopedia? Parece, ciertamente, un tarea ciclópea. ¿Cómo se decide qué entradas va a incluir una enciclopedia?

-Agotando materias. Cogíamos una materia, por ejemplo folclore, y la agotábamos: «xana», «nuberu», «trasgu», etcétera. Luego pasábamos, por ejemplo, a literatura y acudíamos a Escritores y artistas asturianos, de Constantino Suárez Españolito: eran diecisiete volúmenes, y en ellos estaba todo. Pero como la obra era un poco vieja, de 1934, aunque había un apéndice de Martínez Cachero actualizándola, aquello quedaba algo cojo, así que había que recopilar algunas reseñas más que en muchas ocasiones se escribían pidiéndoselas directamente a los interesados, caso de Ángel González. «Oye, mándame una reseña sobre ti mismo», y tal. El gasto de teléfono era brutal: docenas de llamadas diarias. De la bibliografía se encargaba sobre todo Luciano Castañón, que era un gran bibliófilo. Con todo lo que recopilábamos por esas vías, hacíamos unas fichas tamaño cuartilla: «ixuxú», «Pérez de Ayala, Ramón», «tonada», etcétera.

-Y así hasta dieciocho volúmenes.

-Sí. Teníamos un equipo de unos trescientos colaboradores: gente joven y estudiada pero desocupada, todos de tendencia izquierdista, como Jesús Sanjurjo, Félix Guisasola, Andrés de la Fuente… Yo les iba dando las fichas, cuatro o cinco al día, y tenían que rellenarlas documentándose pero, por supuesto, no plagiando, y proponiendo todo lo nuevo que pudieran. Para entradas de más envergadura recurríamos a colaboradores expertos; gente de la Universidad como Nacho Ruiz de la Peña, Juan Uría Ríu, Javier Fernández Conde, David Ruiz… Trabajábamos contrarreloj, porque Cañada, ante el temor de que alguien se adelantara y nos copiara el proyecto, anunció la publicación y sacó los primeros tres fascículos muy rápidamente. Los tuvimos que ir a tirar, recuerdo, a Heraclio Fournier, en Vitoria, que era donde nos salía más barato.

-La enciclopedia fue un éxito rotundo. En aquellos años no había casa que no tuviera una.

-La primera tirada fue de cincuenta mil ejemplares, y se agotaron. Castañón y yo nos llevábamos veinticinco céntimos por fascículo. Fue la mayor tajada económica que conseguí en mi vida. Me compré un piso gracias a aquello. Además nos atiborraron a piropos: aquello fue tremendo. Recuerdo que todo el mundo quería salir; no dábamos abasto. Todos los días venía alguno con un escudo debajo del brazo diciendo: «Oye, que mi padre tenía este escudo en casa»; o diciéndonos que en su pueblo había aparecido una estela de no sé qué siglo. También había, como siempre pasa, personajillos de poca monta que querían aparecer. «Oiga, es que yo he escrito un poema». «Bueno, ¿y qué?». Así todos los días.

-El momento era muy propicio: todo aquel magma de recuperación de las identidades regionales y reivindicación autonómica.

-El momento fue clave, sí, como también lo fue para mi siguiente proyecto.

-La editorial Ayalga.

-La editorial Ayalga de Salinas, sí. La idea fue sugerencia de Agustín Santarúa, un periodista trotamundos y un poco vaina, como dicen los cubanos, pero muy buena persona. Yo, antes de la Gran Enciclopedia Asturiana, había estado en Ediciones Naranco con Graciano García, y allí había conocido a Santarúa, que un día me dijo: «¡José Antonio! ¿Por qué no montamos una editorial? Yo conozco a gente de dinero que podría ayudarnos». De allí salió Ayalga, que significa «tesoro» en asturiano. Elías Santamarina nos hizo un anagrama muy bonito y la pasta la puso Francisco Sitges, el de Asturiana de Zinc, que quería la editorial para lucirse; como tarjeta de presentación. Para él un libro era como una plancha de cinc. Cuando salía uno nuevo decía: «Ah, qué guapo». Le bastaba con ver la portada, y cuanto más brillante mejor. La editorial pegó mucho, porque efectivamente era el momento justo. En materia de cultura asturiana no había nada.

-De Ayalga fue famosa su colección de libros de bolsillo sobre Asturias.

-Sí, una colección popular con libros sobre las materias más variadas: desde uno sobre el románico hasta otro sobre regionalismo asturiano escrito por Pedro de Silva. Eran libros muy baratos y en consecuencia un poco chabacanamente encuadernados: al abrir, despegan. El contenido era muy bueno, pero el continente no. Pero la colección tuvo éxito. Las portadas eran muy llamativas, diagramadas por Elías Santamarina. Llegamos a hacer sesenta y siete libros, aunque mi intención era llegar a los cien. Fue allí donde intenté meter aquel libro de Antonio Ortega. Después me metí con una historia de Asturias en nueve volúmenes, y ahí fue donde tuve mi primer choque con el hombre de las finanzas: se me ocurrió encargarle el tomo sobre la edad contemporánea a David Ruiz.

-Notorio comunista.

-Efectivamente. David y yo éramos muy amigos, y yo le dije: «David, mira para quién estoy trabajando: ¡no me hagas una trampa! Contente, frénate, no te me dispares, porque la obra tiene que salir. Di lo que quieras decir pero de forma que no se me entere Sitges». Se lo dije así de claro y firmamos el contrato, cosa que yo tenía la atribución de hacer en tanto consejero delegado director: Sitges me había dado carta blanca en ese sentido. Pero un buen día alguien le sopló al oído a Sitges que David era comunista. Un día, Sitges me llama a la oficina y me dice: «Pero tú, ¡¿a quién has fichado aquí?! ¿No había otra persona?». Yo le dije que no, que el encargado de contemporánea tenía que ser él; que David era efectivamente comunista pero que no iba a hacer un panfleto, sino un trabajo serio. «¡No quiero escuchar nada!», me dijo. «¡Deshazte de él!». Tuve que llamar a David y decirle: «David, me pasa esto». Él me dijo que ya se lo imaginaba y los dos acordamos que fuera a juicio demandando a Ayalga, cosa que tenía todo el derecho a hacer. Ganó, se le pagó y entonces Sitges me impuso a Juan Velarde Fuertes.

-Notorio franquista.

-Sí, la antítesis de David. Ahí se me desmoronó Ayalga. Yo no soy comunista, pero quería hacer una obra digna y seria, no lo que dijera aquella gentuza prehistórica. La censura me dio muchos problemas en aquellos años. En otra ocasión convocamos un premio de novela Silverio Cañada, Luciano Castañón y yo, y para ese premio yo aproveché para traer de jurado a José Agustín Goytisolo, un buen amigo mío al que había conocido en Barcelona cuando trabajé allí como corrector de estilo de la editorial Argos. A través de él conseguimos contactar con Raimon, el cantante, a quien queríamos traer para que cantara en el acto del fallo del premio en la sala Acapulco; pero el alcalde de Gijón de entonces, Ignacio Bertrand, que era de lo más facha, no nos dejaba. Nos exigía ver lo que Raimon iba a cantar. Yo llamé a Raimon, que estaba en Roma, y se lo comenté; y Raimon me dijo: «Mira, te voy a mandar por correo las letras que voy a cantar, y aquéllas en las que ponga un puntito serán las que tenga en reserva para, según vea yo el ambiente, cantarlas o no». Entre ellas estaba Al vent. Total, que un día me llama Bertrand y me dice: «No viene Raimon, ¿eh? No hay dinero para tanto». Alguien le había aconsejado que no viniera.

-¿Dejó Ayalga de resultas de aquel choque con Francisco Sitges?

-No. Lo dejé más tarde y por un nuevo choque. Entre medias seguí haciendo cosas: publiqué un romancero asturiano que me hizo Álvaro Galmés, una geografía de Asturias, unos facsímiles del padre Carvallo (el libro más antiguo de Asturias, de 1695), varios fascículos que se vendieron muy bien… Un buen día, me enteré de que hay una obra de Albert Camus, inédita en castellano, que se titula Revolución en Asturias. Me dije: «Madre mía, esto hay que publicarlo». ¡Albert Camus, nada menos que un Premio Nobel, dedicando una obra a Asturias! Los derechos los tenía Gallimard, de Francia, y Gallimard tenía contacto con Juan Goytisolo a través de José Agustín. Yo a Juan no lo conocía, pero a José Agustín sí, y Juan estaba casado con una hija de Gallimard.

-¿No era homosexual?

-Sí, pero bueno, de aquella todavía no lo había hecho público. El caso es que al final no necesité a Juan. Escribí directamente a Gallimard soltando la lágrima y diciéndole: «Represento a una editorial regional asturiana, hacemos tiradas mínimas, esta obra encaja perfectamente en nuestro repertorio…». Casi le suplicaba los derechos. Al final nos cobraron el equivalente de cincuenta mil pesetas de la época: una ganga, una limosna. Conseguidos los derechos, necesitaba a alguien que me hiciera la traducción de la obra y la introducción. ¿Qué hice entonces? Volví a picar a la puerta de David Ruiz. Esta vez sí que fue una provocación. David Ruiz procuró contenerse, pero, pese a que la obra fue un éxito rotundo de ventas, la edición esta agotadísima y, por cierto, es muy buscada, aquello molestó mucho a Sitges. A partir de entonces Sitges ya me miraba mal; había un clima desagradable y yo me cansé. Le dije que me iba y me largué de Ayalga. Dimití.

-Desde entonces no ha dejado de escribir y de publicar obras sobre Asturias además de novelas y libros de cuentos.

-Sí. De Asturias vista por viajeros románticos extranjeros y otros visitantes y cronistas famosos me siento particularmente orgulloso. Fue una obra muy importante que me dio mucha tarea y que creo que quedó bien y que merecería una actualización. Se publicó en tres volúmenes presentados en un estuche. También hice algo similar con Gijón.

-Tiene otro libro delicioso en Trea: Asturias: historias insólitas, prohibidas o escandalosas.

-Sí. Eduardo San José, un filólogo de la Universidad de Oviedo, estaba interesadísimo en que yo fuera a una lectura de esos cuentos con los estudiantes de la Universidad, pero me negué: no me gusta nada la comparecencia. Las presentaciones las hago por obligación: no me gustan nada. En breves tengo la de La Cordillera. Yo siempre he llamado a las presentaciones puestas de largo, como las de las quinceañeras latinoamericanas. En Cuba se organizaban unos saraos y unos guateques tremendos, con las niñas revestidas y emperifolladas. Y a mí las presentaciones me recuerdan a eso: a una cosa hiperbólica y a una repetición de cosas y de tópicos.

-Otra de sus novelas más alabadas es El palenque.

-Con El palenque me pasó una cosa curiosísima. En la novela sale una venta en la que paran los arrieros y las gentes del pueblo, e inicialmente la bauticé La Rosa de Oro, un nombre con reminiscencias tropicales. De pronto un día, releyendo a Valle-Inclán, me encuentro con que La Rosa de Oro es una venta que sale en Tirano Banderas. El nombre se había quedado archivado en mi memoria sin que yo me diera cuenta. En la segunda edición lo cambié por La Flor de Cuba.

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