«No quería pintar el típico beso, y me pareció original el contraste entre su fugacidad y la eternidad de Roma»

El artista Federico Granell, cangués del Narcea, relata la intrahistoria de la litografía «Beso en la Piazza del Popolo», que publica la editorial Trea

Federico Granell
Federico Granell

Un travelling en torno a un beso entre dos amantes en medio de la Piazza del Popolo, en la eterna Roma: así es la litografía que, firmada por Federico Granell (Cangas del Narcea, 1974) y acompañada de un poema de César Iglesias, pondrá a la venta próximamente la editorial gijonesa Trea. El artista explica la intrahistoria del proyecto en esta breve entrevista.

-La historia de este beso se remonta a 2001.

-Sí. En 2001 yo estaba en Roma con una beca que me había dado el Ministerio de Asuntos Exteriores y que había enfocado a conectar de algún modo la pintura y el cine, algo que siempre me ha interesado mucho. Manejé varios proyectos, pero finalmente me decidí por el que me parecía más potente, que era la serie de óleos en la que se basa la litografía que ahora publica Trea: seis secuencias de un mismo beso entre dos amigos míos en la Piazza del Popolo de Roma siguiendo un arco de trescientos sesenta grados; un travelling circular.

-En aquellos cuadros, y ahora en esta litografía, hay un contraste hermoso entre la fugacidad del beso y la eternidad de la Ciudad Eterna por excelencia, representada en los edificios que circundan la plaza.

-Sí, sí. A mí el tema del beso en sí me parecía un poco trillado y no quería abusar de él. Quería hacer mi beso igual que otros artistas -Rodin, algún fotógrafo...- tienen el suyo, pero no quería que fuera el típico beso, y ese contraste que comentas me pareció una manera original de abordarlo. Además, el cuadro se cierra; vuelve sobre sí mismo, y eso también transmite una idea de eternidad.

-El mito del eterno retorno.

-Sí, algo así. Algo que nunca fuera a detenerse.

-¿Cómo surgió el proyecto de convertir aquel cuadro en una litografía?

-Surgió a raíz de una exposición que hice en la galería de Gema Llamazares, en Gijón, donde coincidí con el poeta César Iglesias. Él es quien ha escrito el poema que acompaña a la litografía: una auténtica delicia. Hablando con él surgió la idea y después se la comentamos a Álvaro Díaz Huici, que vino a mi estudio a ver el cuadro. La propuesta le gustó y entonces empezamos a plantearnos la técnica. Pensamos que podía ser una litografía, que a mí es una técnica que me gusta mucho, y entonces contactamos con Valle Baranda, que es una máquina del tema. Valle tiene un taller en Cabranes que era perfecto para trabajar ese tipo de técnicas, y allí me fui cinco o seis veces a trabajar en la idea. Traspasar los seis cuadros a una única litografía tenía sus dificultades. Cada uno de los lienzos mide 120 por 60, por lo que conjuntamente forman una panorámica de siete metros y pico: había que reducirlo y simplificar la imagen sin que perdiera su estética y la gracia del travelling. Al final hicimos un desplegable de dos metros, que es un tamaño bastante curioso también, y poco habitual en una litografía, pero más asequible. Lo hicimos con una técnica con alcohol y tóner que da una calidad muy chula, como de aguada rompiéndose, y luego trabajamos con lápiz litográfico. Jugamos a dos tintas, una negra y otra azul plateada, pero la imagen quedaba un poco fría. Añadir otra tinta y otra plancha disparaba demasiado el presupuesto, y entonces se me ocurrió darle unos toques de acuarela a las caras y las manos de la pareja para darle algo más de calidez. Después, Álvaro [Díaz Huici] pasó a ocuparse de hacer el estuche y la parte más logística. La verdad es que hubo muy buena sintonía entre César, Álvaro, Valle y yo, y estoy muy satisfecho del resultado. Me ha hecho mucha ilusión recuperar aquellos momentos tan felices que pasé en Roma.

-La litografía es toda una suma de artes: el cine, la pintura, la literatura a través del poema de César Iglesias, la edición a través de Álvaro Díaz Huici e incluso la arquitectura a través de los edificios de la Piazza del Popolo.

-Un amiga mía me decía ayer que sólo le falta la música (risas).

-¿Qué música pondría si pudiera?

-Alguna canción italiana. Una de mis favoritas, que además casaría muy bien con esta escena, es Il mondo, de Jimmy Fontana: «Gira il mondo, gira nello spazio senza fine...». Podría ser ésa perfectamente.

-¿Por qué escogió ambientar el beso en la Piazza del Popolo?

-Por varias razones... La Academia di Belle Arte estaba en Via di Ripetta, que es una de las calles que sale de esa plaza, y yo iba todos los días desde mi casa en metro hasta Flaminio, que es una parada que está justo detrás. Así que yo pasaba por ahí todos los días, y me encantaba hacerlo. Es una plaza con muchísima historia y que está llena de rincones inspiradores, empezando por el obelisco que hay en medio. Además es una plaza grande y alargada, con forma de circo, y en consecuencia tenía la amplitud que yo necesitaba para el cuadro. En una plaza más pequeñita, la escena me hubiera quedado más constreñida. También quería huir de lo típicamente turístico. Antes de hacer este cuadro hice otros en los que se veía el Coliseo, el Panteón, la Columna Trajana..., pero no me satisfacían del todo por esa razón. Pero bueno, dicho esto, la cosa fue bastante espontánea. Un día pasaba por allí con mis amigos Javi y Mariam, que estaban empezando a salir, y se me ocurrió decirles: «Oye, ¿os apetece que os haga unas fotos en la Piazza del Popolo y haga algo con ellas?». Aceptaron y así surgió todo. El cuadro podría haber sido otra pareja en otra plaza, pero surgió así. Yo creo mucho en las casualidades.

-¿En qué está trabajando ahora? ¿Qué proyectos tiene entre manos?

-En enero voy a participar en una exposición en Madrid con Natalia Alonso Argüengo de comisaria, y en febrero voy a estar con Gema Llamazares en JustMad, una feria de Madrid paralela a ARCO, con una instalación bastante potente y que yo creo que va a quedar muy bien. El año empieza con buenas expectativas, la verdad. Estoy muy contento.

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«No quería pintar el típico beso, y me pareció original el contraste entre su fugacidad y la eternidad de Roma»