El filme «El editor de libros» aborda la vida de Max Perkins, editor de libros y descubridor de talentos como Tom Wolfe, que supusieron un revulsivo en la literatura norteamericana de los años 20 y 30
15 dic 2016 . Actualizado a las 08:12 h.La vida de Max Perkins, editor de libros y descubridor de talentos que supusieron un revulsivo absoluto en la literatura norteamericana de los años 20 y 30, se adivina lo suficientemente fascinante (fue descubridor y editor de nombres tales como F. Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway o Thomas Wolfe) como para dar una película cuando menos interesante.
Michael Grandage, director y productor teatral de empaque, da el salto a la dirección cinematográfica con la adaptación del libro homónimo de A. Scott Berg, que se centra en el relato de la relación entre Max Perkins y Wolfe. Figuras de por si antagónicas; maestro y genio, el hombre en la sombra y el volcán de creatividad, la templanza y mesura frente al vivir al límite, la relación de amistad paterno-filial que entre ellos se establece es cuasi un romance entre dos amigos que marcó la carrera y vida personal de ambos de modo irreversible.
Sin embargo, toda la fascinación que se adivina en este héroe anónimo que respaldó a grandes figuras literarias, tiene escaso reflejo en la adaptación cinematográfica de su vida. El editor de libros es un biopic excesivamente académico, con todo muy bien colocado en su sitio, pero totalmente convencional y falto de brío, donde destaca, cómo no, la interpretación de Colin Firth como ese hombre tranquilo de perenne sombrero, frente a un histriónico y sobreactuado Jude Law en su papel de genio atormentado. Al margen quedan meros apuntes de Fitzgerald y Hemingway, que, se intuye, habrían merecido una mayor atención.
Es una pena para que lo que podría haber sido una reflexión sobre el proceso creativo, la labor del editor, el propio concepto de autoría, y los vericuetos que llevan a la creación de una obra maestra. Un enorme universo creativo que por desgracia tan solo se deja entrever.