No le exijamos coherencia ni rigor histórico a «Assassin's Creed», pero ni con esas se salva de la quema, por su ritmo irregular o por su desequilibrio en saltos temporales
03 ene 2017 . Actualizado a las 08:05 h.Reconozco que me descoyunté con el Tomás de Torquemada vestido por Javier Gutiérrez. Allí, en la España del siglo XV, azuzando la Inquisición con ese toque tan marciano que Hollywood da a los personajes históricos con muchas aristas y además ajenos. El hombre anda en pos del fruto del Edén, esa manzana que buscan los Templarios para (¡qué delirio!) hacerse con el mundo. Ya, es un videojuego... Un sector que se retroalimenta de cuanto anda por ahí bajo la coartada de la libertad creativa y en nombre de la industria del entretenimiento, y que además deja una pasta gansa. Pero, a uno, que por formación y pasión tiene a bien todo lo que sepa a historia con mayúsculas, le preocupa, y mucho, que quienes ocupan las butacas del cine (en su mayoría, adolescentes con apenas pajolera idea del pasado de la Humanidad y sus circunstancias) dejen la sala con un empacho de fritanga histórica, convencidos de que Fassbender, en su condición dupla (en el XV y en el XXI) de miembro de la organización secreta Asesinos, mantendrá a raya a esos caballeros del Temple, tan retorcidos ellos.
Vale, regresemos al principio. Assassin’s Creed es un filme fantástico que adapta un videojuego. No nos pongamos trascendentes. No le exijamos coherencia ni rigor histórico y dejemos para otra ocasión una película sobre Torquemada, la Inquisición y los Templarios. Aceptado, pues. Pero ni con esas se salva de la quema, por su ritmo irregular, su desequilibrio en saltos temporales, por la nula convicción que pone la señora Cotillard en su personaje, la cara de cobrar duro que se gasta Fassbender y no digamos Jeremy Irons como gran mestre de pacotilla en una secuencia final vista una y cien veces en el cine de los últimos cuarenta años. Añádase a eso el exceso de posproducción digital, que si bien contribuye a alejar la cinta del realismo para apuntalarlo en el cine de género, resulta grotesco. El autor de la curiosa Macbeth (2015) debería hacerse mirar. Este guion no era para filmar y la Fox, con sus asociadas, no habrían despilfarrado 125 millones de dólares.