«Ciudad del hombre», setenta años de poética espera para Fonollosa

Setenta años después de que el escritor barcelonés hubiese publicado sus primeros versos, Edhasa edita el texto completo y como lo concibió el autor


Redacción / La Voz

Es uno de los libros más singulares de la poesía española del siglo XX. Y uno de los hitos editoriales del 2016. Ciudad del hombre, un libro oculto de un escritor oculto. Tanto es así que solo 70 años después de que se publicaron sus primeros poemas llega en su integridad al lector. Por fin. Es el libro completo de José María Fonollosa Margelí (Barcelona, 1922-1991), tal y como él lo había concebido -había ido creciendo desde el 48 y en el 86 lo dio por cerrado-. El autor solo pudo ver en vida, de la mano de Pere Gimferrer y Jaume Vallcorba, una primera antología publicada en 1990, Ciudad del hombre: New York (en Sirmio, origen del proyecto que después será Acantilado).

Esta única aparición en público fue quizá -como apunta José Ángel Cilleruelo en el prólogo de la edición definitiva que él mismo preparó para Edhasa- la más premeditada de la historia de la literatura si se valora aquel poema que la anunciaba cuando aún quedaban cinco décadas de escritura, corrección y espera: «Tengo ya preparadas las respuestas/para las entrevistas periodísticas/[…] Puedo empezar, pues, a escribir mi libro». Pese a que su único acto literario fue en un modesto local de Las Ramblas, la cafetería Moka, que frecuentaba George Orwell en su época de miliciano, la aparición del libro se convirtió en un acontecimiento que hizo aflorar un tipo de poesía extraña a la lengua castellana, una forma de mirar la realidad existencial muy directa, muy urbana, y con una iluminación cruda, sórdida que evocaba la lírica estadounidense de Carver o Bukowski, sin sentimentalismos, con una distancia y una economía del lenguaje que alcanzaba una gran potencia expresiva.

El mito creció exponencialmente con su petición de que se prescindiese de la típica sesión fotográfica, y que argumentó con que era mal momento para las imágenes personales debido a su deterioro físico. Murió al año siguiente con 69 años siendo ya un autor de culto de un cierto eco que se disparó con el álbum que grabó Albert Pla -un espíritu libre como el poeta- en 1995 y en el que recreaba los textos de Fonollosa. El disco abría con el recitado de los versos mencionados por el humorista Eugenio y cerraba con la declamación de aquel No a la transmigración en otra especie que encontraron escrito a lápiz sobre sus manuscritos apilados en su piso de soltero aquel lunes de octubre de 1991 en que hallaron su cuerpo sin vida entre su amada colección de discos de jazz y su querida biblioteca.

Fonollosa admitió en aquella presentación que, si bien no perseguía el halago y el culto, sí quería que su obra perdurase, aunque ya había entonces asumido que el reconocimiento le habría de llegar póstumamente. Dedicó su vida a su obra, en soledad, y renunció por ello a la familia. Su aspiración era, como Sherwood Anderson o John Steinbeck, narrar «una ciudad mediante emociones, sin descripciones». La idea del título la tomó de San Agustín y La ciudad de Dios, salvo que él investigaba la ciudad del hombre. El primer pliego de poemas (28 piezas) que publicó en el camino iniciado hacia Ciudad del hombre lo tituló Los pies sobre la tierra. Recibió autorización de la censura en noviembre de 1948. Allí comenzó todo, con esos versos abandonaba entonces sus primeros y titubeantes pasos, los de Umbral de silencio (1947), aún velado por una cierta religiosidad.

«La soledad del individuo en la aglomeración humana» era su tema, su obsesión

Una de las experiencias clave de Fonollosa es la emigración. Su estancia en Cuba a partir de 1951 (acompañado de sus dos hermanas y movido por su acuciante situación económica) da un impulso decisivo a su personalidad poética, íntima y literaria. Solo la revolución cubana interrumpe el idilio y lo hace retornar sin nada en 1961. Su anticomunismo estará sólidamente fundamentado.

«Yo retoco mucho los trabajos, quitándole todo lo que suena a sentimental o ramplón, para lograr la máxima objetividad posible, de acuerdo con la crisis emocional de mis antihéroes», escribe en 1959 desde La Habana a María Isern, amiga de juventud, anticipando lo que responderá unos años después a José Luis Cano, quien argüía que no podía incluir Soledad del hombre en la colección Adonais por lo que juzgaba como una «falta de poesía». En una carta enviada en agosto de 1962 le relata lo mucho que le había costado precisamente llegar «a este ascetismo del lenguaje, a este buscar el alma de la poesía, despojándola de adornos, aun de los más efectivos».

En esa misma misiva le explica que cuando empezó Los pies sobre la tierra supo que iba a ser su gran obra, que supondría el descubrimiento de su voz personal, alejada de las metáforas y sin hacer concesiones, «buscando producir el impacto emocional con el mínimo posible de elementos tradicionales en el poema. Será una obra pura auténticamente libre». El tema, como el poemario, lo obsesionará toda su vida: «La soledad del individuo en la aglomeración humana».

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