Autores y editores sostienen que solo la lectura genera sociedades maduras

Casi cuatro de cada diez españoles reconocen no abrir «jamás» un libro


Redacción / La Voz

El 39,4% de los españoles no abrió un solo libro en todo el año en el 2015, según los datos el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) que expone la Federación de Gremios de Editores (FGEE) en su informe sobre la lectura en España, que se presentó ayer y que arroja otras conclusiones que son positivas: el 36% de la población compra libros, el número de personas que leen ha crecido en los últimos 15 años y el porcentaje de los lectores frecuentes -que lo hacen al menos una vez por semana- también está en su cima (47%). «La desigualdad lectora está aumentando en España», razonó el presidente de la FGEE, Daniel Fernández, para quien la irrupción de las nuevas tecnologías ha dejado dos niveles diferenciados, una lectura débil y otra fuerte. El lector tipo habitual es una mujer urbana, de entre 30 y 55 años y con formación universitaria. Las personas de mayor edad y habitantes de zonas rurales, por el contrario, son las que menos leen.

La escritora coruñesa Érica Esmorís, premio Merlín 2015, cree que la situación mejora en el tramo de edades infantil-juvenil, «donde o libro galego goza de boa saúde, pero si que falla máis cando se trata de adultos». Y apunta que la perspectiva se agrava a medida que el niño crece, y que incluso los padres parecen más dispuestos a comprar libros de lectura para sus hijos cuando estos son pequeños que cuando ya llegan a la adolescencia. «Para cando chegan á universidade -anota Esmorís- os estudantes xa non pensan no libro como fonte de ficción, ocio e entretemento, senón que botan man das películas e das series de televisión».

Un diagnóstico similar -«aunque no científico», advierte- refiere el escritor vigués Domingo Villar. «El nuevo enemigo de la lectura hoy son las series televisivas, ya que ofrecen tramas complejas, narraciones construidas con talento y el conocimiento en profundidad de los personajes, lo que en buena medida el lector hallaba antes en la novela», arguye Villar, que relata: la gente potencialmente lectora llega a casa cansada y prescinde del hábito del libro en la cama, coge la tableta y se pone una serie.

El editor y traductor barcelonés Enrique Murillo cree que el mal está más enraizado en una cultura española que participa de «una civilización de origen católico integrista» que mira aún al Concilio de Trento, con una Iglesia y unas jerarquías que rechazaban que los ciudadanos pensaran por su cuenta. Otra cosa sucedió en los países en los que entró el pensamiento de Martín Lutero, que «sostenía que todo cristiano que se preciara debía leer la Biblia y buscar allí su salvación». Ahí está la diferencia: unos impusieron a sus santos y sus imágenes y otros crearon sociedades que amaban el conocimiento y la lectura. «En España no se ama la cultura, se finge», deplora tajante Murillo.

El presidente de la FGEE, Daniel Fernández, tras lamentar el abandono de la lectura en el colegio, insistió en esa misma idea recurrente: «Es verdad que aquí se habla de la higiene o del deporte como una cosa de orgullo nacional, cuando la lectura no forma parte del sistema educativo».

El editor lucense Henrique Alvarellos sostiene que «a lectura é algo máis que literatura, a lectura é o motor do coñecemento. A súa importancia excede o terreo da ficción e abrangue todo tipo de contidos, matemáticas, ciencia, idiomas, filosofía... Un pobo ou un individuo que non len quedan espidísimos a nivel intelectual e social. E unha sociedade que se quere chamar preparada -incide Alvarellos- pasa obrigadamente pola lectura». Hay que promover, dice, una sociedad lectora que «entenda os contidos que ten diante, sexan os que sexan, e iso faise a través da lectura, que dá un coñecemento profundo que non dan as imaxes, máis superficiais e banais, que provocan dispersión, confusión». 

Adaptación a los niños

Nadie tiene fórmulas mágicas. Murillo dice que hay que seleccionar con cuidado las lecturas programadas en el colegio: «Es exagerado que con 7 u 8 años pretendan que el niño lea a Valle o La Celestina, si acaso deberán intentarlo con veinte. Hay que darles a los niños la oportunidad de que elijan lo que quieren leer». Coincide Esmorís en que las recomendaciones deben ir siempre adaptadas a cada persona, según su formación, edad e intensidad lectora. Por eso juzga muy importante «rodearse de xente que le» y señala factores clave en este camino como la familia, algunos blogueros o las nuevas librerías con espacios lúdicos y libreros con formación y vocación. Villar no encuentra recetas más allá de desear que la televisión apueste por espacios donde la cultura sea tratada desde la calidad, la seriedad y la amenidad, «programas decentes en horarios decentes que destierren de una vez la zafiedad y personajes vulgares que presumen de su incultura». También valoraría un esfuerzo en que se hagan «buenos libros que pongan en marcha el círculo virtuoso de la recomendación». Alvarellos aporta una práctica para desarrollar modestamente en casa: «Ler vinte minutos diarios en familia, cos cativos, como acto lúdico, non hai porque pensar sempre nun libro de 500 páxinas, e recuperar esas pequenas bibliotecas familiares construídas pouco a pouco cunha selección dos libros dos fillos». Y, concluye, un niño con hábito de lectura resolverá antes sus tareas escolares.

Equilibrar los tiempos de deporte y lectura

En el transcurso de la presentación del informe, el secretario de Estado de Cultura, Fernando Benzo, si no milagros, ofreció algunas pinceladas de lo que será el nuevo Plan de Fomento de la Lectura que impulsará el ministerio. «Ponemos empeño en que los chicos hagan deporte, pero hemos perdido la idea de dedicar la misma ocupación a la lectura. Hay que emplear -advirtió- el mismo tiempo para la formación intelectual que para la actividad física», recoge Europa Press. El Gobierno, dijo, pretende que sea «integral» y que cuente, por tanto, con el sector educativo, el editorial y las comunidades, entre otros actores. «No sé si podremos poner en marcha todas las medidas en un año o en la legislatura, pero hay que buscar la cooperación de todos. Ni unos ni otros podemos sentarnos y esperar a que los demás arreglen las cosas y, solo desde la suma cómplice y no el enfrentamiento, conseguiremos aumentar el número de lectores», recalcó. Otro de sus propósitos es que la lectura vuelva a ser percibida como una actividad lúdica y que se haga por métodos legales. «Tenemos que defender los derechos de autor y luchar contra la piratería», agregó.

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