Murakami, el escritor de historias raras

Murakami publicará en Japón el próximo viernes su nueva novela, «Matar al comendador». Entre tanto no llega al español, Tusquets editará en abril «De qué hablo cuando hablo de escribir», libro que contribuirá a disipar un poco el misterio que envuelve al autor.


Es un escritor popular, con una fama de alcance planetario y un estatus muy similar al que hoy puede manejar una estrella de rock del tipo Bono, Mick Jagger, Nick Cave o Adele, es decir, que concita la admiración masiva de sus fans y un más que razonable respeto de buena parte de la crítica. Entre lo popular y lo culto, Haruki Murakami (Kioto, 1949) genera adhesión ciega -ahí está su reiterada candidatura al premio Nobel- pero también el sentimiento contrario de quienes piensan que es un bluf, un escritor de segunda línea que sabe aderezar su obra con los condimentos adecuados para mantener ocultas sus taras y que la seducción triunfe de forma generalizada. Esta legión, que ni de lejos alcanza en fuerza a la otra, es la que sugiere que se trata de un autor cool, con gran habilidad para entreverar su discurso más oscuro, más onírico, delirante, con disquisiciones sobre jazz, literatura, tradición, espiritualidad y otros asuntos tenidos por serios y pinceladas de carácter pop como sus habituales referencias a conocidas marcas comerciales y a canciones que están en la mente de todos (véase su reiterado recurso a The Beatles, por ejemplo). Él acostumbra a decir que la soledad del hombre contemporáneo es su gran tema y para redondear esta preocupación suele trabajar sus escenas mantra, en las que no pueden faltar el adolescente huidizo, precoz y frágil, las habitaciones de hotel, el ambiente nocturno tokiota, los pasadizos secretos o no, los gatos enigmáticos, las estaciones de tren, el sexo escasamente convencional (en ocasiones, bizarro), las calles vacías, el villano sin rostro, el teléfono que suena de manera imprevista y las presencias paranormales. Lo ha calado bien el ilustrador y viñetista de Kansas Grant Snider, que dibujó una especie de póster en que reúne los elementos más recurrentes en el universo del escritor, como los ya citados o las mujeres misteriosas, los pozos secos, los elefantes que desaparecen, los mundos paralelos y ciertos momentos de carácter culinario.

A falta de una semana para que se publique en Japón su nueva novela Kishidancho Goroshi (probablemente traducida al castellano como Matar al comendador), sobre la que apenas ha trascendido nada y que habrá que esperar al menos un año para que aparezca su versión en español, el debate sobre la verdadera dimensión del escritor se reaviva. Él lo soslaya con su medida inteligencia, imponiendo el secreto absoluto -con la colaboración del sello Shinchosha Publishing Co., que acrecienta así el suspense y las expectativas- sobre la trama de un libro que se prevé que aparezca en dos tomos, según la prensa de su país: Arawareru idea (Ideas reveladas) y Utsurou metafaa (Metáforas en movimiento). Únicamente confirmó, en un reciente acto público en Dinamarca, y no sin cierto humor solapado, que será «una historia rara».

Esta simplificación es una vía de escape habitual en sus argumentaciones sobre el estilo o la poética, que suelen ceñirse a la raridad como toda explicación, más allá de que combina realidad y fantasía. Sin embargo, siempre se ha apurado a matizar que es persona que rehúye todo lo new age (horóscopo, tarot, sueños, esoterismo...) y que simplemente hace una vida sana apoyada en el ejercicio físico, una alimentación cuidada y su pasión por la música, que escucha siempre que puede. Quizá en una veleidad kafkiana, admite que a medida que su existencia cotidiana es más seria, las historias que escribe son más extrañas. Circunstancia, dice, que lo vincula al narrador argentino Manuel Puig, uno de sus favoritos.

Matar al comendador será la primera novela larga que publica Murakami después de Los años de peregrinación del chico sin color, que apareció en Japón en abril del 2013. Pero mientras no llega, el sello Tusquets -gran valedor en España de su obra- prepara el lanzamiento de uno de sus últimos títulos: De qué hablo cuando hablo de escribir (2015), donde, precisamente, y por primera vez, se explaya en un libro sobre su escritura. También sobre su visión de la literatura y el mundo, de tal modo que revela algunas claves que están en el origen del escritor Murakami. Estructurado en once capítulos, el texto repasa su trayectoria en un relato trufado de peripecias autobiográficas. Según adelanta la editorial, aborda cuestiones como ¿qué piensa sobre premios como el Nobel, que cada año provocan tanto alboroto a su alrededor?, ¿de qué manera empezó a recorrer el mundo después de salir de Japón?, ¿por qué eligió dedicarse a la escritura? Y también anota algunas ideas y recomendaciones para quienes ansían ser escritores, sobre qué escribir o cómo armar una trama, apuntando algunos de sus costumbres, trucos y ritos. Él, que, por cierto, tomó la decisión de abandonar la propiedad -y también los agobios- de un club de jazz tokiota, Peter Cat, con el firme propósito de convertirse en un escritor profesional.

No parece poca cosa para quien se deja envolver en el misterio y deja caer, cuando le preguntan, que escribir, para él, es un acto tan solitario como comer ostras fritas -uno de sus platos predilectos- o calzarse las zapatillas y correr -su gran afición-.

«Mi propio estilo»

En una entrevista concedida a John Wray para la serie The Art Of Fiction de la revista literaria The Paris Review, y publicada en el año 2004, habla, entre otros aspectos, sobre ese -bastante justificado- sambenito que se le ha colgado y que lo señala como el más occidental de los escritores japoneses. «Yo no quiero escribir sobre extranjeros en países extranjeros. Quiero escribir sobre nosotros, los japoneses, sobre Japón. Sé que mi trabajo es accesible para los occidentales, pero mis historias no están occidentalizadas. Referencias que son vistas como muy occidentales, The Beatles, por ejemplo, son ya parte integral del paisaje cultural japonés. Cuando escribo sobre un personaje que come en McDonald’s, la gente se pregunta por qué no come tofu, pero comer hamburguesas es algo muy natural para los japoneses, de todos los días. En mis novelas la forma en que habla la gente, o cómo reacciona y cómo piensa, es muy japonesa. Casi ningún lector japonés se queja de que mis historias no se parecen a la vida diaria. Y es que yo quiero escribir sobre lo que somos, adónde vamos, por qué estamos aquí». Pero también admite que no leía literatura japonesa de niño, ni de adolescente. Quería huir de una cultura que creía muy aburrida. «Derivé hacia la cultura occidental: el jazz y Dostoievski y Kafka y Chandler. Ese era mi propio mundo, mi tierra de fantasía». Acabó tomando prestado el estilo, la estructura, todo, de los libros que había leído. «El resultado fue mi propio estilo», confiesa.

 

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