Los artistas asturianos no consiguen ver rentabilizada su producción, que se mueve en circuitos muy restringidos, a años luz del mercado suntuario que estos días copa los titulares
25 feb 2017 . Actualizado a las 08:57 h.«No quiero vivir del arte. Pero puede ser que no quiera porque tampoco podría». La respuesta «en gallego» de quien, en efecto, lo es de nacimiento aunque afincado y trabajador del arte en Asturias, encierra toda la irónica resignación con la que no pocos artistas se protegen de una limitación sin duda muy amarga: la imposibilidad de rentabilizar una producción que el mercado no ve más que como un artículo suntuario, o no ve en absoluto. Nada en medio. Quizá, como mucho, «vivir del arte, pero a medias, por temporadas».
«Así va esto, por temporadas. Ahora mismo tengo una beca y eso me permite vivir este año. El que viene quién sabe. Aunque ahora tengo varias exposiciones, son institucionales y ahí no se vende. Yo no me puedo quejar en términos de visibilidad pero la realidad es que yo no vendo casi nada. Sinceramente no creo que se pueda vivir de esto». Quien lo dice es, hoy por hoy, una de las artistas jóvenes con mayor prestigio, proyección y mejor representación en galerías nacionales e internacionales de su generación en Asturias. Pero nada de eso no se traduce en un mínimo de estabilidad
«Nunca me vendieron una pieza»
En el otro extremo, otro participante en la encuesta, cuyo trabajo se caracteriza por grandes dosis de rigor teórico y poesía, no tiene más remedio que declarar que, a pesar de que ha trabajado con galerías, «nunca me vendieron una pieza». Habla de una operación reciente, pero se resiste a llamarla «venta». «Fueron 600 euros y a un amigo empeñado en comprarme y pagarme. Aunque no trabajaba con una galería le cobré mi 50% y no el 100% del precio de la obra en galería», cuenta, en un caso de honestidad casi conmovedor.
Uno de los pintores más intensos de la generación gijonesa que ahora empieza a entrar en su plena madurez artística es capaz de decir que sí que vive de su pintura. Pero solo si se lleva la vida a términos casi ascéticos. «Vivo de mi trabajo porque renuncio a todo lo demás por la pintura y por el arte, aunque en 15 años de trabajo exclusivo nunca he llegado ni por asomo al salario mínimo ni he cotizado un duro. No soy independiente y apunto de cumplir 37 años vivo con mis padres». Al final no le queda más remedio que desdecirse: «No vivo de mi trabajo».
Las relaciones, a veces de muy largo recorrido, con las galerías tampoco garantizan nada. El arco de afectividad entre creadores y galeristas siempre es tenso y oscila desde la complicidad al enfrentamiento, según los casos. A veces, con críticas muy acerbas. «Me permito reírme de los artistas que se creen artistas de tal o cual galería asturiana porque ¿hay alguna galería en Asturias que remunere a algún artista, que le facilite su trabajo y que le permita a cambio una dedicación absoluta? Rotundamente, no, así que nadie es artista de la galería», espeta uno de los encuestados más críticos con el panorama asturiano, del que es buen conocedor y activista, ya veterano, en muchos frentes. Su retrospectiva sobre el complicado juego de los porcentajes es igualmente ácida.
«Salvo en los años setenta y ochenta en los que el porcentaje de la galería era el 20%, cuando he trabajado con galerías casi siempre he recibido el 30%. Sé que hay quien se queda con mayor porcentaje pero ya se sabe que cada artista es un mundo. Y también sé de quien no ha recibido ni un solo céntimo de sus ventas porque el galerista se ha disipado como el humo. Y como uno no cae del guindo también he conocido, por supuesto que en otros momentos, porcentajes del 80 u 85 % -no en Asturias, solo faltaba- sino en Barcelona y Madrid que les cobrarban eso a, aquí sí que se permite el uso del término, a los artistas de su galería». Y concluye: «Por mi parte siempre me ha parecido muy bien porque el 20% de mucho es bastante y el 100% de nada es, sencillamente, nada».
Un sueldo medio-bajo
Hay quien consigue armar algo bastante parecido a un sueldo medio-tirando-a-bajo en el entorno de su actividad artística, de manera que puede admitir, para variar: «Vivo de mi trabajo como artista». Claro que eso incluye «algunas actividades que no tienen necesariamente que ser la producción de obra pero si directamente con el modo en que la produzco». Quien lo cuenta es un joven artista que trabaja en el ámbito de las nuevas tecnologías audiovisuales.
En ese contexto, quizá no sea extraño que precise que en su caso «no suele haber venta de obra», sino que «el dinero viene de subvenciones, actuaciones, premios o pagos por exhibición y producción de obra». A nuevos formatos, nuevas fórmulas mercantiles. Un factor que, según sugiere este mismo creador, residente fuera de Asturias, puede cobrar su importancia es el lugar «desde dónde se trabaje». Considera, seguramente con razón, que sería instructivo ver de qué manera «cada sitio refleja más oportunidades». «Vivir en Barcelona es una mierda gorda respecto a Asturias y gracias a internet hay muchas cosas para las que ya me da igual donde esté; pero tiene sus ventajas, y según para que cosas, en Madrid seguro que son otras».
En su caso, ha constatado que «tener un avión fácil a cualquier sitio es también bastante fundamental para que te contraten en tareas derivadas de artista: charlas, workshops, actuaciones, etc» Una conclusión parece descolgarse de esa enumeración, que poco tiene que ver con la oferta y demanda centrada en la obra de arte clásica: «Los que estamos relacionados con tecnología pienso que accedemos a más por una transversalidad que no tiene la pintura, por ejemplo».
Esas otras fórmulas clásicas de producción y venta, con el objeto artístico material y único en el centro, son las que priman en foros y ferias como las que estos días bullen en Madrid y en los medios nacionales e internacionales. Pero estar en ellas, o en otras similares, tampoco tiene por qué ser garantía de nada. Una de las artistas encuestadas ilustra el caso con su experiencia: «He estado varias veces en la feria madrileña Estampa: una vez llegué a cubrir los gastos, costes de derechos de participación, tarjetas, etc. Pero otras veces hubo pérdida económica».
El efecto final es que muchos artistas trabajan concentrándose en el tramo que va de su cabeza y sus manos a su obra, sin esperar nada del otro: el que va de la obra al mundo, ni en lo expositivo ni en lo económico. «En este momento tengo poco interés en exponer, pues es trabajo y poco rendimiento. Si a eso unes que no soy por la edad artista emergente y ni te llevan a ferias, ni se ocupan fuera de las fechas de la exposición en enseñar y vender obra, no tengo prisa en exponer. Trabajo en una nueva serie y luego ya pensaré que puedo hacer», confiesa.
Seguro que en este momento hay mucho de eso: una actividad que exige tanta entrega o más que cualquier otro trabajo, pero que ya ni siquiera piensa, o solo lo hace casi como en una quimera, en las necesidades económicas de quienes la practican. Mientras, ya casi en retaguardia, otro de los artistas entrevistados ya tiene medio resuelto el problema de cómo vivir del arte: resignado a trabajar «esperando la no contributiva».