Rodolfo Pico: el brusco final de un maravilloso juego de la oca

J. C. Gea GIJÓN

CULTURA

La muerte del pintor pone fin a un colorista retablo pictórico que buscó «dar a lo ordinario un aspecto misterioso, a lo conocido la dignidad de lo desconocido y a lo finito una significación infinita»

01 mar 2017 . Actualizado a las 18:02 h.

Una de las primeras obras notables de un aún muy joven Rodolfo Pico lleva por título La patria niña. La pintó en 1976, con 23 años. Es un autorretrato en el que, sobre un fondo neutro, como de pura pintura, un niño que sostiene un martillo aparece arrodillado ante un camión de juguete y un triciclo. El rostro del niño aparece recuadrado, como si tuviese a su vez un retrato en vez de un rostro, y la mitad de sus rasgos queda oculta por una mancha oscura. Siempre hay mucho de exageración cuando se dicen cosas como la que sigue, pero no es del todo impostado ver en esa obra de aprendizaje una prefiguración de mucho de lo que ha sido, en los cuarenta años que siguieron a ese cuadro, la pintura del artista cuya inesperada muerte ha sacudido hoy al arte asturiano. Un fallecimiento que se ha producido en su estudio, donde su asistenta ha encontrado esta mañana el cuerpo sin vida del pintor, que según confirman sus allegados padecía ataques de epilepsia, a la espera de lo que dictamine la autopsia que se le está practicando en estos momentos en Oviedo.

En aquella Patria niña están ya la idea de la infancia como nación y permanente referencia; los iconos de un viaje inmóvil inscritos en una estampa también estática y neutra, como sacada de curso del tiempo y congelada en el no-tiempo de la imagen; las referencias a objetos y situaciones cotidianas convertidas en un relato a la vez misterioso y cercano; el afán de construir (o quién sabe: de destruir), de motrarse y ocultarse juntando seres diversos sobre el plano del cuadro, la poesía y el juego. El gran juego de la vida dentro de la pintura y de la pintura también dentro de la pintura. Claves que el artista de Trevías -afincado hace tantos años en su pequeña calle secundaria del barrio de Laviada, en el corazón más discreto de Gijón- ha ido desplegando con distintas imaginerías, estilos, técnicas, pero siempre con el mismo sentido de lo poético como una forma de conectar objetos, seres y situaciones mediante la imaginacion: la pura fabulación mediante imágenes que beben de su memoria real o soñada, y del gran tesoro de la tradición remota y reciente, desde Giotto hasta las vanguardias, Morandi, Chirico, Torres-García, Bores, Cossío...

Experiencias y visiones

Su pintura ha sido el contenedor donde se han ido transformando las experiencias y las visiones de toda una vida. Arrancaba un 19 de diciembre de 1953 en Trevías, concejo de Valdés, aunque la memoria profunda de Pico siempre ha cargado también con una vida que empezaba incluso antes: la memoria legada de su padre, emigrante a Cuba y nacionalizado cubano, que puso siempre un horizonte caribeño a los viajes mentales y sentimentales del pintor. Cuba ha sido en Pico esa especie de territorio del deseo al que, de un modo u otro, han apuntado todos sus viajes poéticos mientras pintaba en una costa norteña. De ah la gran melancolía que circula en una pintura que, en primera instancia, ha sido también muchas veces colorista, alegre, jovial y amable como pocas de las de su generación en Asturias.

Hasta 1991, año en que se decide a dedicarse por completo a la pintura, el joven Pico se formó como delineante y trabajó en la publicidad. El rigor en la arquitectura de sus cuadros y el permanente acarreo de imágenes de la inconografía pop dejan testimonio de esos años en su obra, que también se compagina bien con otras actividades del joven artista: fue cantautor, poeta experimental, dibujó cómic underground, colaboró en revistas como Ajoblanco y la asturiana Entamu Galácticu... Consiguió su primera exposición individual, como otros pintores debutantes de su generación, en el Ateneo Jovellanos, en 1974.

Un año antes había fundado el Grupo Segrel, donde conoció a otros pintores decisivos de esa promoción, como Melquíades Álvarez o quien habría de ser mucho más que amigo, un cómplice, hasta el final: Pelayo Ortega. También formó parte, algo más tarde, del Grupo de Difusión Popular junto a pintores como Kíker, Fresno, Redruello o Ángel de la Calle. En esta última formación y sus objetivos quedaban claros el interés por la imagen directa, el afán por llegar al máximo número de espectadores hundiendo a la vez las raíces en la gran historia de la pintura y en la estampa popular de cualquier género.

Distancia, ternura, ironía

Atravesando distintas etapas, tanteando fugazmente con la abstracción, exprimiendo el pop, el realismo mágico, los caminos de cierta metafísica sin solemnidades, el lirismo autobiográfico -pero siempre lleno de distancia, ternura e ironía- y la seducción mediante una paleta amable y vibrante, Pico formó parte visible de su generación, decisiva para el afianzamiento de la contemporaneidad pictórica en Asturias. Estuvo en Arco en los años en los que esta se consolidó fuera del Principado -en torno a mediados de los 90- y realizó numerosas individuales desplegando un repertorio inconfundible de lo que describía como «escenarios inmóviles con figuras estáticas». Gatos, transatlánticos, esferas terráqueas, faros, relojes, globos, perros salchicha, niños, torres solitarias, árboles, figuras de papiroflexia, paraguas y siluetas de Mr. Hulot, aquel personaje de Jacques Tati, dueño de un humor inadaptado, encantador y solitario como el del propio pintor. Todo ello sujeto a rigurosas estructuras geométricas, cuidados patrones de color. horizontes o pentagramas, como los armazones de un enorme retablo.

O de un gran tablero de juego. Vista en su conjunto y desde esta última e inesperada casilla, su obra se muestra como un gigantesco Juego de la Oca, ampliando de cabo a rabo a toda su producción el título de la individual que expuso en la sala Cajastur del Teatro Campoamor en 2009: un recorrido en el que la vida se transforma en un juego lleno de simbolismos, claves que se interrelacionan y que invitan a saltar de un cuadro a otro, a retroceder y avanzar; desde aquel La patria niña hasta la obra de plena madurez que expuso hace solo unas fechas en su última individual en el museo Evaristo Valle. Con el maestro Valle precisamente y con otros artistas asturianos en su secuela y su legado, Pico compartió un humor cordial, la melancolía, cierta propensión lateral e incluso solitaria y un apego fecundo al lugar donde vivió y trabajó la mayor parte de su vida. 

Geografía en Laviada

No es insensato imaginarle emprendiendo la mayor parte de sus viajes en su geografía cotidiana de apenas unas calles con epicentro en su estudio, en un bajo del barrio de Laviada, donde se le podía ver a diario, con su eterna gorra, caminando de buena mañana o rematando la jornada en el mesón Rocinante junto al amigo y vecino Pelayo Ortega, fabulador de otros mundos paralelos desde la rive gauche de la avenida de la Constitución, donde el mierense arraigó como arraigó el luarqués un par de calles más allá. 

Ortega lamentaba ayer no solo la intempestiva pérdida del amigo sino también la brusca interrupción de una pintura que «estaba en su mejor momento», adquiriendo la decantación y la profundidad que dan los años y la soberanía sobre los propios recursos como pintor. Había quedado patente en su última individual, Una geometría sonriente, y podía esperarse mucho más porque -cuenta Pelayo Ortega- Pico «estaba muy centrado, cuidándose mucho y con las pilas cargadas después de la exposición», en cuyo texto el crítico y flamante director del Instituto Cervantes Juan Manuel Bonet dedicaba al luarqués -al que describe como «un ironista de aspecto serio»- un afectuoso texto elogiando la «pequeña canción llena de melancolía y encanto» en una «pintura que rima con ternura».

La canción de Pico no tendrá más compases ni habrá más casillas en su maravilloso tablero de la oca. Siempre se podrá echar otra partida cuando haya ocasión de toparse con su pintura o repetir con cadencia de habanera todo lo que dejó atrás; una obra que consigue lo que se propuso. «Dar a lo ordinario un aspecto misterioso, a lo conocido la dignidad de lo desconocido y a lo finito una significación infinita». Y hacer más gozosa la vida de los otros sin abandonar nunca la discreción de la propia vida.