María Pagés abre el mito de Carmen para mostrar su falsa idealización desde cualquier postura ideológica
03 mar 2017 . Actualizado a las 09:39 h.Siempre es el porte visual de la grafía en la escritura y su fonética interior (voz) el que planta fuera el significado de una afirmación en rotundidad. Es lo que pasa en Yo, Carmen, una de las últimas propuestas artísticas de la coreógrafa y bailaora sevillana María Pagés, que presentó su visión de la cigarrera de Bizet el pasado jueves en el Teatro Campoamor, en función única, queriendo demostrar que el mito no existe, que es una invención del hombre ideada por el hombre para el hombre. La coma del título se hace, pues, importantísima: una mujer en dos, o dos mujeres en una. O ninguna de las dos. Y como en toda realidad y ficción, de algún modo es así. Pagés apuesta decididamente por la dimensión personal y social de la mujer no idealizada, oponiéndola al renglón operístico y de ballet, ese que ha entusiasmado a medio mundo desde comienzos del siglo XX tanto por la herida de libertad de una mujer demasiado encasillada, aunque fuera elocuente, como por su espíritu altanero. Quien imagine que va a oír toda la música sobre Carmen que le es tan habitual, se equivoca ya de primeras.
El otro aspecto importante es que se trata de la primera vez que la artista sevillana baila y percute sobre tabla carbayona, algo que ya se intentó infructuosamente en 2015. La plaza de la bailaora hasta ahora la había ganado el Jovellanos por goleada, y el Niemeyer se andaba rifando el segundo lugar. Bueno, por fin Oviedo. Y abriendo cartel, plaza y paseíllo de su Festival de Danza. Bien, y a juzgar por la recepción del público, muy bien. Y aunque sea por mor de la casualidad, nos vinieron a hablar de liberaciones un 23-F, un día muy pretérito en el que un país consiguió deshacerse de un corsé. El flamenco en la capital no acaba de cuajar como debería, igual que otras propuestas que en el amplio nicho escénico se dan ahora, pero que no terminan de asentarse por falta de desarrollo estructural. Esas cosas.
Vayamos al tema. Es muy hábil coger a alguien tan desmembrada y analfabeta como la Carmen que nos presentaron Mérimée y G. Bizet y darle un meneo para mostrarla de otra forma. Hábil, pero no fácil. Y eso que a María Pagés se le había pedido en bastantes ocasiones a lo largo de su carrera que hiciera su propia Carmen; algo a lo que siempre se resistió porque no veía el momento y tampoco veía su cómo, el de ella, el más personal, el del discurso interior para hacer las cosas con el aprecio y gusto que necesitan. Y, sobre todo, porque este tipo de temática de plana mayor debe encontrar su cómo y su cuándo. Es el tiempo el que lo va pidiendo. Solo eso.
El estudiadísimo rol de Carmen no deja de ser una reivindicación amplia y variada, que aunque en la base del libreto original deviene en casquivana, desinhibida y libre de cuerpo y corazón, siempre ha de verse la premura exultante de su grito como algo natural y en cierto modo ortodoxo, pues la ansiedad de libertad siempre ha sido una constante en esta mujer y, por ende, en su estereotipo. Otra cosa es el ángulo desde el que eso se explique y cómo pueda revestirse de otra lectura, una más actual, en algo que apacigüe ese ansia natural en razonamiento para mostrar la esencia de una mujer real en su realidad diaria. Y eso es lo que ha intentado hacer María Pagés. Ha hecho una Carmen María. Y lo de natural hay que contemplarlo desde el sentido de igualdad de lo femenino con lo masculino, obedeciendo a aquella máxima de que hombre y mujer siempre iguales pero siempre diferentes. Lo ahora olvidado.
En Yo, Carmen, el lenguaje escrito renueva tecla y acento en las máximas coreográficas de la bailaora y otorga a esta Carmen unos poderes que van más allá de lo meramente popular: oportunidad intelectual, derecho propio para romper voluntariamente con determinados cánones (auras y mitos incluidos), recetario de mano y vocal, ambivalencia y lectura, sobre todo lectura: las mujeres, cultas; cultas las mujeres. Dicho el baile en la palabra. Palabra para hablar de una y otras unas.
María recita para hablar (de) cerca
María Pagés viene a recitarnos en diez cuadros, y de forma viva, los derechos de la mujer. En un mundo asolado por la intolerancia a lo diferente y donde la mujer en muchos países es moneda de cambio diario para tratar con su cuerpo y con su propia vida, dar un volantazo de razón e inspirarse en las poéticas de María Zambrano, Belén Reyes, Akiko Yosano, Marguerite Yourcenar, Margaret Atwood, Widdad Benmoussa, Forug Farrojzad, Cécile Kayirebwa o Marina Tsvetayeva, además de la propia Pagés, se convierte en toda una declaración de ley. Es un todo por las que no tienen voz, por la oralidad de esas ellas. Es un grito para la hora del yo colectivo desde el yo individual, aunque lo colectivo ya no exista y esté perfecta y digitalmente diluido y se haya argamasado en algo que ahora más bien tiene que ver con el muro contra muro y, por tanto, también, con otro estereotipo.
Uno de los grandes aciertos de la pieza, que dura aproximadamente una hora y veinte minutos, es el buen empaste de la dramaturgia. El público la entiende muy bien. Entre que el argumento es conocido de forma general y que lo que se expone está medido desde la más pura lógica, el entendimiento cabalga diáfano hacia la narrativa interna de lo que nos quiere contar María Pagés, y al público no le resulta ajeno, aunque sean los palos y el lenguaje del flamenco quienes digan todo esto y desde donde se realizan las transiciones, los cambios de idea y la apertura hacia un nuevo diálogo para hablar de soledad o de otro tipo de problemas y tiranías como las del uso sexista y rabioso de la publicidad.
Qué bien supo el público ver lo que las seis bailarinas de la compañía de Pagés y la propia María nos decían en Alegrías del ama de casa. Qué bien se montó desde una silla un mantón de manila con seis trapos del polvo, o seis rodillos, o seis rodeas. Polvo, polvos; los polvos, los trapos, metáforas en múltiples direcciones, tantas como campos semánticos arbolan brazos para menear ese único trapo.
Y qué pasa con los desequilibrios y sus avatares. En los cuadros Enseñanza, Miedo y Amor están enteritos, abarcando en pantalones la finura del monólogo interior, ese que por plástico y lleno de verdad ilumina desde el negro. También aquí un eterno romántico se mistifica con la luz y para eso el flamenco contemporáneo de base clásica en caja escénica es poderosamente sobrenatural. Es como el vuelo mudo de un actor de teatro sobre el suelo del escenario o bajo el efecto de la noche en plena calle. Tristeza vivificadora. Un ámbito y una desambiguación.
La Habanera desviste el mito
El momento de mayor ensamble dramático se da en el noveno cuadro, en el programa de mano Mito roto, por su planteamiento desde la quieta simplicidad. Utilizando el emblema musical de la ópera de Bizet, el aria de la Habanera, tres cármenes, que luego quedan en una, se visten para el imaginario masculino y adornan la imagen del espejo de estilismo reglado para el estereotipo. Acto seguido, Carmen se desviste y se queda con su propio color, el color carne, y angulada a más no poder con luz cenital, para ponderar la fortaleza de la independencia, decide despojarse de aquello que le sobra. Y se convierte así en un ser sin formatos ni fotocopias. Toda una ella. Algo gótica. Sí. Y sola.
Y esto entronca con una Carmen que lee libros y que lleva el bolso de las obligaciones con la soltura de quien entiende que eso pesa y no pesa. Es un tono mayor vislumbrado en el cuadro La marcha de lo cotidiano y en otros cuadros llenos del gracejo andalusí que destila la sevillana, gracias a la soleá, a la coplilla, al haiku y a la rima para la verborrea de la gracia hablada. Un olé (quizá fueron dos) se oyó desde un serio patio de butacas. (Cuánta ceremonia a veces para celebrar aquello con lo que nos identificamos.)
En lo que sí confluye de algún modo esta Carmen con la idea original, y que en cierta medida se atisba parejo a lo que nos enseñó Johan Inger con la Carmen que creó para la Compañía Nacional de Danza en 2015, es en el espíritu de fortaleza, de alegría y fuerza vital y de señorío conjugado en primera persona; no en vano lo de ser dichosa en lo femenino también puede ser una indiscreta (o discreta) rabanería. Y qué preciosidad cuando se baila a la vez que se entona.
La dimensión social
Aunque la democracia representativa, tal como la entendemos hoy, está en completo colapso, hay que ver un nuevo torrente creativo para la reflexión social en cierta disrupción artística más pensada que emocional. Y eso está bien y hay que probar. Hay que dar bola a quien de eso se hace eco. Institucionalmente estamos anclados en el pasado (en el siglo XIX para ser más exactos), mientras que individualmente viajamos a todos lados en cuestión de digital frames, una unidad esta que ya ni siquiera se usa. El discurso de voltear las cosas, de utilizar la inteligencia tecnológica en nuestro propio bien y repensar, sigue siendo un esfuerzo individual en un mundo digital de principios de siglo.
Y no hay que dar pábulo a la urgencia de la aparente importancia de la novedad, esa que se imbuye malamente de (falso) criterio y puede convertir los axiomas de la igualdad en hostilidad analógica, pero sobre todo digital. Los muros siempre han sido demasiado fríos y ahora forman masa opinativa sin decir nada y mucho menos sin tener una opinión bien formada. Y lo femenino (y también lo feminista) no va de eso. Y desde luego lo que sí hay que hacer es dar más voz a hombres que sí entienden, o al menos lo intentan, a la mujer; que haberlos los hay. Y más de los que parece; pero en estos tiempos igual tienden a esconderse, que de todo se da. En este sentido, cabría decir con cierta tristeza que quizá hemos convertido el reflejo de la verdad de lo femenino en la banalización feministoide de una contracultura en lucha. Y nada que ver. Hay cosas que hay que repensar; igual que hace esta Yo, Carmen, que pone la coma en su lugar.
«Te quiero ver de igual a igual. Ni tú eres más que yo, ni yo soy más que tú. Y amarnos hasta el alba», dice Carmen María, sin coma, mirando al público y paseando por el borde del escenario.
Yo, Carmen (Estreno absoluto: Teatro Calderón. Valladolid, 2014)
Dirección y coreografía: María Pagés
Dramaturgia: El Arbi El Harti
Música: G. Bizet, S.Yradier, R. Levaniegos, S. Menem, D. Moñiz y María Pagés.
Letras: María Zambrano, W. Benmoussa, A. Yosano, M. Yourcenar, M. Atwood, B. Reyes, El Arbi El Harti y María Pagés.
Diseño de iluminación: Pau Fullana
Diseño de vestuario: María Pagés // Teñido y pintura de telas: taller de María Calderón
Suelo: HarlequinLiberty
Asistente de coreografía: José Barrios.
Elenco: Baile: María Pagés, Eva Varela, Virginia Muñoz, Marta Gálvez, Nuria Martínez, Julia Gimeno, Sara Pérez.
Cante: Ana Ramón, Juan de Mairena.
Guitarra: Rubén Levaniegos, José Carrillo.
Percusión: Chema Uriarte.
Violonchelo: Sergio Menem.
Violín: David Moñiz.
Teatro Campoamor, 23 de febrero de 2017. Oviedo.