Silvia Nanclares: «Ninguna generación ha tenido jamás tan pocos hijos»

«Sabemos más sobre cómo no quedarnos embarazadas que sobre cómo quedarnos». De esa zona de grises que es intentarlo sin éxito habla «Quién quiere ser madre»

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Vivimos en una sociedad contradictoria que nos educa y apura para estirar como un chicle la juventud, amamantando a una generación -hijos de la Transición- de independientes y salados peterpanes a la caza de la realización personal y profesional. Luego nos mira de reojo en el rellano de la escalera -«está sola», «a ver si sienta la cabeza», «se le va a pasar el arroz»- y frunce el ceño frente a las gráficas demográficas, diagonal en picado. «Estábamos programadas para dejar la maternidad, para ese momento en el que la estabilidad laboral y afectiva creara un suelo para soltar huevos maduros», señala Silvia Nanclares, escritora, editora y activista cultural. Pero se acabó la facultad, los Erasmus, los másteres, los viajes, la «independencia intermitente y vigilada por los padres», la promiscuidad y «la ilusión de fondo de que siempre iríamos a mejor». Y, ajeno a todo eso, nuestro cuerpo, a otro ritmo, se hizo mayor. «Somos viejos vestidos de jóvenes, ahora conscientes de que las células de nuestra piel, como los surquitos junto a los ojos que nos empeñamos en minimizar con los filtros de Instagram, sí tienen la edad que dice el DNI». Silvia tiene ahora 42 años. Lleva dos intentando quedarse embarazada sin éxito. Quién quiere ser madre (Alfaguara) recoge su empecinada búsqueda. La batalla silenciosa de millones de mujeres.

-¿Llegamos al mundo con la obligación de reproducirnos en el ADN?

-No, para nada. En mi caso está muy unido a mi propio temperamento. Creo que hay una construcción muy fuerte en las niñas hacia el cuidado y hacia el interés por los bebés, y habrá hombres y mujeres que vengan con eso de serie, pero conozco a gente que nunca ha sentido esa llamada y que, además, puede decirlo cada vez con más libertad. Son pocas y tienen que aguantar ciertos comentarios aún, pero hay referentes. Antes no existían.

-¿Somos maleducados con este tema?

-Hay muy poco tacto, la gente te pregunta dando por hecho que quieres ser madre, incluso que puedes serlo. Se mete en un terreno complejo con mucha ligereza.

-¿A qué edad deberíamos tener hijos?

-Existe un gran problema social: se nos educa para no tenerlos pronto, pero cuando nos queremos poner, porque se nos está consumiendo el tiempo, seguimos sin tener esas condiciones idóneas que creíamos que íbamos a tener cuando estábamos aplazándolo: trabajo estable, condiciones que te permitan tener un hijo cómodamente... Las parejas son cada vez más líquidas... Entre los 25 y los 35 sería la edad ideal biológicamente, pero durante la década de los 20 no estamos en ese punto. Las generaciones posteriores aprenderán de la nuestra.

-¿Cuál es la solución?

-Aunque tomásemos conciencia, ¿quién deja ahora un par de años un trabajo con 34? Es un riesgo tal y como está el mercado laboral. Nuestro momento histórico no nos facilita las cosas. Los políticos se están dando de morros con los datos demográficos, pero ahora el roto ya está hecho. Ninguna generación anterior ha tenido tan pocos hijos. Debería haber medidas de protección y de fomento. Es un tema muy gordo.

-¿Y los hombres? ¿Son conscientes de este problema?

-Ellos están a otra velocidad, porque a ellos no les atraviesa la cuestión. A los 40 no piensan «o es ahora o nunca». Hay un abismo entre como vivimos hombres y mujeres la década de los 30 a los 40. Yo apelo a la responsabilidad con las mujeres de su generación.

-¿Entenderá algo un hombre si lee este libro?

-Muchos me han dicho ya que han aprendido, que les ayuda a comprender a otras mujeres, incluso relaciones pasadas que en su momento no entendieron. Yo creo que es una novela que se va a leer mucho a escondidas.

-No se habla mucho de estos temas.

-Todos estos procesos se viven en silencio, con vergüenza. Hay un estigma en la infertilidad muy grande, una sensación de fracaso: ‘Mi cuerpo no funciona’. Hay que quitarle hierro al asunto. La media para quedarse embarazada es un año, no es tan fácil como la gente cree. Pero claro, estas cosas no se saben, no se dicen. Se habla de mil temas médicos en las familias, pero este se vive en silencio. Y luego, en cuanto te pones a hablar de ello, todo el mundo tiene alguna historia que contar.

-Hablas también del misterio y del tabú que rodea al cuerpo femenino.

-Sí, otra de las cosas que descubrí con esta escritura es que existe una desconexión total con nuestros cuerpos. No se habla de ellos, no se habla del organismo de la mujer, de la regla ni de los procesos de reproducción y, sin embargo, sí sobre cómo evitar embarazos. Es un terreno ganado por el feminismo de los años 70, pero necesita un reajuste. Hay mucho discurso de la no maternidad, pero no de las que lo deseamos con todas nuestras fuerzas.

-¿Por qué quieres ser madre?

-Creo que hay una parte muy visceral, a veces pienso que si fuera solo una decisión racional, en este mundo sobrepoblado, al borde de la crisis ecológica... ni siquiera nos pondríamos a desearlos.

-¿Qué hubiese cambiado en la novela si hubieses conseguido quedarte embarazada durante esos nueve meses?

-Pues tal vez hubiera incluido ese desenlace. O tal vez no, porque lo que me interesaba era hablar de esa zona de grises que es el estar intentándolo sin éxito, esa transición entre querer ser y no ser todavía.

El síndrome del aplazamiento

Hay muchos testimonios sobre la maternidad: el de las arrepentidas que acaban de arrancar de su zona de confort a los que creían que lamentar haber traído un niño a este mundo solo podía responder a un desajuste psicológico; el de las autodenominadas malasmadres, hasta las narices de prototipos; e incluso el de aquellas que por decisión propia prefieren no embarazarse. Pero pocos como este. La autora defiende en primera persona el deseo expreso y urgente de tener descendencia. Detrás de toda mujer sin hijos hay una historia; también de las que sí los tienen. En las páginas de esta novela relata su propia búsqueda infructuosa durante nueve meses, lo que dura una espera, lo que tardó en escribirla. Al borde de los 40, decide que ya va siendo hora de repoblar el planeta. Su padre se muere y acaba de conocer a Gabi, ocho años menor que ella. La espiral en la que ambos acaban inmersos funciona, capítulo a capítulo, como un toque de atención. Pasar sus páginas, por momentos de manual, es asomar la cabeza a un mundo del que nadie habla, el de una generación que se creyó lo de que «los 40 son los nuevos 30», sin tener en cuenta que la biología no entiende de eslóganes. Una generación que deja para mañana lo que debería haber hecho ayer.

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