«Aprender de la moderación de Jovellanos es de enorme importancia en este momento»
CULTURA
El catedrático Manuel Moreno, que acaba de publicar una nueva monografía, reconoce que «como político, ya buscaba lo que se busca ahora, la felicidad, pero ya supo, a qué monstruosidades se puede llegar en su búsqueda y mantuvo siempre unos frenos»
17 abr 2017 . Actualizado a las 05:00 h.Apenas unos meses después de la muerte de Gaspar Melchor de Jovellanos en 1811, un liberal tan avanzado como Isidoro de Antillón elogiaba vivamente «la consumada prudencia, los sabios consejos, el tesón y el patriotismo» del prócer gijonés. Esas actitudes, que se podrían condensar en la cualidad política de la moderación, estuvieron en el núcleo de toda la biografía política de Jovellanos. Así lo destaca una nueva monografía, Jovellanos. La moderación en política, que el catedrático de Historia Contemporánea por la Universidad de Sevilla y especialista en el primer liberalismo español Manuel Moreno Alonso acaba de publicar en la colección «Biografías Políticas» que edita la Fundación FAES.
Su propósito ha sido, según declara el autor en el prólogo, escribir «una monografía general que se dedique a lo que en gran medida fue aquel hombre excepcional: un político por encima de todo» que Moreno Alonso considera que fue «ignorado por la intelectualidad española, sobre todo del siglo XX» y que lo sigue siendo aún. Pero la obra también traer al presente unos valores políticos que «conviene tener en cuenta en los tiempos que corren, dos siglos después, cuando, como ha ocurrido en otros períodos de nuestra historia, se ha querido denigrar o desfigurar lo que en verdad quiere decir moderación».
-¿Qué quiere decir de verdad «moderación» , y por qué poner el acento en un Jovellanos político y moderado justo ahora?
-No es lo mismo el espíritu de moderación que tenía Jovellanos, un hombre extraordinariamente equilibrado, que ser el fundador de las ideologías conservadoras y moderantistas del XIX, como se pretendió después. Respecto al Jovellanos político, era extraño que no hubiera una biografía que diera prioridad a ese enfoque. Se han escrito monografías sobre él desde todo tipo de perspectivas, pero no sobre esta. Era un hombre tan polifacético e hizo tantas cosas que se puede ver desde muchos puntos de vista, pero era necesario considerar lo que yo creo que fue la principal vocación del personaje como político. Como tal, ejerció un magisterio muy grande que desgraciadamente no se ha continuado, lo cual es otra de las tragedias que tienen que ver con él.
-¿Y respecto a la moderación?
-Las enseñanzas de un Jovellanos moderado son de una importancia enorme en este momento en España y deberíamos aprender de ellas. Este país, en el momento en el que muere Jovellanos, entra en una gran crispación por parte de unos y de otros, y él fue en cierto modo la primera víctima de las dos Españas. Por eso, el ejemplo ecuanimidad que expresaron sus actos y su obra jamás fue asumido. En el prólogo traigo a colación al gran historiador holandés Huizinga y su visión sobre Erasmo, un personaje que encuentro muy parecido a Jovellanos. Era también un hombre equilibrado y de grandísimos saberes que se mantuvo siempre en una actitud equidistante en momentos muy difíciles como los de la Reforma.
-En sus libros ha prestado usted especial atención a la construcción histórica del liberalismo español, y la entidad que le ha encargado la obra es un think-tank del liberalismo actual. ¿Es esa la óptica desde la que mira al Jovellanos político?
-En el libro está la mirada de los liberales posteriores hacia Jovellanos, más que una mirada desde la Ilustración o desde sí mismo porque es la proyección que nos llega a nosotros y es la que puede estar más viva desde el punto de vista político; no el Jovellanos que queda recluido en el XVIII sino el que sale del XVIII y se proyecta en las generaciones siguientes.
-Pero él mismo no era un liberal. Intentar apropiarse ideológicamente a Jovellanos obliga a tomar posturas que no son cómodas. ¿Está ahí precisamente la utilidad de su lectura política hoy?
-Eso es. Era hombre lleno de contradicciones, entre la tradición y todo lo que vino detrás. Pero en esas contradicciones está parte de su interés, porque nos obliga a ser polémicos desde el punto de vista de las cosas concretas. Él mismo tomaba sus posturas, que no siempre eran sencillas, como respuestas polémicas a problemas concretos, como por ejemplo los problemas concretos del campo andaluz, que tuvo que conocer bien, y que estuvieron presentes en su Informe sobre la Ley Agraria.
-Jovellanos entendió la política ante todo como una cuestion de principios, y ahí estuvo su grandeza y también algunos de sus fracasos. ¿Es trasladable a la política de hoy esa actitud?
-Como político, Jovellanos ya buscaba lo mismo que se busca ahora: la felicidad, y en ese sentido es un hombre del XIX. Pero ya se sabe, y el supo ya, a qué monstruosidades se puede llegar en la búsqueda de la felicidad. Sin embargo, Jovellanos se mantiene siempre con unos frenos, unas ideas de una solidez enorme que en muchos casos podemos hacer enteramente nuestras en el momento presente, de grandes extremos. Eso contrasta con el problema actual de la falta de ética en políticos de cualquier tipo de ideología.
-Y sin embargo, incluso él tuvo que padecer acusaciones de corrupción al final de su vida.
-Es verdad. Es paradójico que se le atribuyera, al final de su vida política la corrupción, el pecado por el que fue al final perseguido, como lo fueron todos los miembros de la Junta Central. Hombres beneméritos, entre ellos Jovellanos, fueron tratados como perros. Y sucedió en uno de los momentos más trascendentales de la historia de este país, contra quien dejó un gran legado y como ministro Justicia de la Junta Central promovió la transición del absolutismo al liberalismo, en un gobierno que es el primero de este país que actúa en ausencia del rey y donde todos los problemas que se van a plantear después en la Cortes de Cádiz, por ejemplo, estaban ya diseñados, planteados y en algunos aspectos respondidos. A todo eso nunca se le ha hecho justicia suficientemente. Gracias a ese gobierno, España no claudicó. Luego las Cortes se dieron cuenta e hicieron a Jovellanos hombre benemérito, pero aquello ya le había herido de muerte. Todos esos sucesos encierran una gran enseñanza para hoy.
-Hace apenas unos días, Jovellanos era invocado como autoridad en el parlamento asturiano en un debate sobre infraestructuras por un partido de izquierdas. ¿Qué tiene que tanto funciona como autoridad?
-En Asturias, por lo menos, parece un personaje vivísimo. Pero en el resto del país, nada de nada. Si ahora mismo les pregunto a mis alumnos sobre Jovellanos no sabrían decirme nada de nada. Aunque tampoco es exclusivo de aquí. Tengo alumnos de Erasmus franceses que no saben quién fue Voltaire. Pero, en fin, ese olvido tan grande es inexplicable, como lo es construir discursos ideológicos y políticos sin tener en cuenta gente de la que se puede aprender tanto.
-¿Es esa la intención de fondo de su libro?
-Sí, aunque hubiera necesitado cuarenta o cincuenta páginas más para desarrollar algunos de los asuntos con mayor amplitud por la riqueza tan grande que encierra Jovellanos. Pienso por ejemplo en esa última etapa de la que hablaba, la más importante desde el punto de vista nacional. Me hubiera gustado extenderme más en ella, pero me forcé a ser equilibrado en la extensión de los capítulos. Aparte, hay también detalles importantes en la vida de un personaje tan rico como este en los que me hubiera gustado extenderme más.
-Aunque las novedades son muy improbables respecto a Jovellanos, ¿hay alguna perspectiva de su libro que arroje luz sobre algo nuevo?
-Por ejemplo, sus estancias en Asturias, su nostalgia de Asturias la tenéis vista por detrás y por delante. Pero tú imagínate cuando llega a Sevilla en 1768 y pasa aquí diez años. Ese periodo es crucial para Sevilla y crucial para él. En el capítulo sobre esa etapa pienso que he deshecho una serie de mitos. Por ejemplo, el de la tertulia de Olavide, el hombre que pasó por Francia, que conoce a Voltaire, que es el gran removedor condenado por la Inquisición… Jovellanos frecuentaba su tertulia en el Alcázar. Allí había desde viejos verdes a personajes tan importantes como el almirante Ulloa, al que cuando lo cogieron presos los ingleses lo llevaron a Londres y dejó tan impresionada a la corte que de inmediato lo sacaron de la Torre y lo hicieron miembro de la Royal Society. Imagínate a un joven Jovellanos de veintipocos años en contacto con estos zorros, lo que aprendería. Llego a la conclusión de que no iban tanto a ver a Olavide, que además no estaba casi nunca, sino a ver no se sabe si a la prima o a la sobrina de Olavide, una criolla hermosísima, doña Engracia Olavide.
Está bien encarnarlo.
Claro, es que un soltero como Jovellanos aquí en Sevilla descubrió… la vida.