Pedro Mairal: «En una pareja tiene que haber secretos»

Libros del Asteroide trae a España la última novela del escritor argentino, una confesión que se lee del tirón, en una tarde, y que está a punto de dar el salto a la gran pantalla. «Nadie es solamente una persona, cada uno es un nudo de personas»

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Cruzas el río y allí, en la otra orilla, eres otro. Como en un espejo: misma apariencia, pero diferente. «Plata» en los bolsillos, el pelo revuelto, un tatuaje en el hombro izquierdo. El calambre en el vientre de las ganas que están de vuelta. «Estaba muerto y por fin resucité», reconoce Lucas Pereyra -escritor, 44 años- en La uruguaya, el regreso del argentino Pedro Mairal a la novela después de diez años de silencio. Recuerda, de camino a Montevideo, un fin de semana del verano pasado. Un año después vuelve congestionado de expectativas al mismo lugar. Su confesión se alarga durante 142 volátiles páginas. Un solo día. De los que cuentan. De los que uno cruza el punto de no retorno deliberadamente.

-¿De dónde sale «La uruguaya» después de una década sin publicar ficción?

-Hice varios viajes a Montevideo relacionados con unos talleres literarios y en cada viaje me resultaba muy fascinante lo diferente, pero al mismo tiempo igual, que son Uruguay y Argentina. Cruzas un río y del otro lado hay un lado B, donde las cosas son pero no son, como en los sueños, como cuando alguien dice «soñé contigo, pero no eras tú». Montevideo nos resulta así a los porteños, familiar pero a la vez extraño, y eso me parecía muy fascinante y muy literario, provocarle a alguien mucha confianza y, en medio de esa confianza, algo extraño. Para los argentinos, Uruguay es un lugar idílico, de vacaciones, pero puede ser áspero también. Me gustaba que el personaje estuviera en una ciudad idealizada y con una mujer idealizada. Y que al volver, se topase con la ciudad real y con la chica real.

-El Lucas de Montevideo, ¿es distinto al que es en Buenos Aires?

-Eso es, él tiene la sensación de que puede ser otro, tiene esa fantasía de que en Montevideo va a tener finalmente dinero, va a estar con esta chica, va a recuperar su sexualidad, los últimos coletazos de su juventud...

-«Te noto derrotado, me dijiste, vencido». ¿Qué le pasa a Lucas?

-Quería mostrar un personaje muy frustrado, un escritor en plena sequía que no está trabajando, que no está ganando dinero y que está viviendo un derrumbe de pareja con su mujer. Y que continuamente está echándole la culpa de toda esta frustración a su situación familiar cuando en realidad son cosas de él. Me interesaba un personaje en una olla a presión, encerrado en una situación muy doméstica, al que se le aparece alguien como una válvula de escape. Y él deposita ahí todo su deseo, toda su pasión. Y cuanto más presionado está, más inventa a la chica uruguaya, más la construye a partir de su propio deseo, de lo que sucedió en la playa con ella. Hay una realidad de punto de partida, pero a partir de ahí, él la magnifica todo el tiempo.

-¿Nos enamoramos de un ideal?

-Creo que sí, que es así, y que lo interesante es que después entre en juego la realidad para enamorarnos de la persona real. Ahí es donde funciona el amor. Cuando es todo proyección, se acaba al poco tiempo porque la realidad no coincide con lo imaginado. Pero cuando uno se permite ir queriendo a la persona real... ahí es donde funciona algo más.

-Te refieres a la pareja como un «monstruo bicéfalo», el uno simétrico al otro, «pura asfixia».

-Me parece que el amor son muchas cosas y que lo queremos encorsetar en una situación de monogamia. Y creo que termina escapándose, que se libera y se va para otros rumbos. Estamos arrastrando modelos de pareja antiguos, quizá ahora está cambiando, pero parece que aún arrastramos ese modelo medieval de «juntos hasta que la muerte nos separe». Claro, antes la gente se moría a los 40... ¡pero ahora vivimos hasta los 80! Hay que replanteárselo. A mí me interesaba en esta novela poner en jaque todo esto. A Lucas se le derrumba toda esa estantería de sus modelos sociales: el papá, la mamá y los niños. De repente aparecen otras cosas. Me gustaba maltratar emocionalmente al personaje, es ahí donde aparecen las historias.

-«Estaba más viejo, menos atractivo». La crisis de los cuarenta no era un mito...

-¡No...! Existe, claro que existe. Antes era la de los treinta y ahora se movió para los cuarenta, adolescencias tardías que terminan de apagarse. Estás en una situación en la que tienes que empezar a ocuparte de tus padres, empiezas a ser huérfano, a veces lentamente... tu juventud se va apagando y aparecen las canas, las panzas... y siempre esa pregunta en el aire: «¿sigo siendo atractivo?». Quería mostrar a Lucas en esa situación: la de no sentirse deseado durante mucho tiempo y, de golpe, encontrarse con una chica más joven que le mira con deseo y admiración.

--¿Qué hay de ti en Lucas?

-Yo siempre digo que tengo un 53 % de él. Hay muchas cosas mías y hay muchas inventadas... no me gusta aclarar del todo cuáles, porque creo que mato el libro, pero hay un montón de cosas mías que se juntan con otras que me cuentan y otras que imagino. No solo trabajo con la experiencia, sino también con la periferia de la experiencia: no solo lo que me pasó, sino lo que casi me pasa, lo que me hubiera gustado o lo que tenía miedo que me pasase.

-«La uruguaya» es también una novela sobre la intimidad. ¿Puede una pareja sobrevivir sin secretos?

-Es inevitable que haya partes del cerebro de cada uno invisibles al otro, deben serlo. Me parece que la visión total, como si tuviésemos el cráneo de cristal, es un poco asfixiante, tiene que haber una zona de sombra para que el otro sea interesante. Cada pareja tiene sus reglas, pero sí, en una pareja tienen que existir los secretos. Tiene mucho que ver también la época, las relaciones están cambiado, yo no sé cómo se relaciona ahora la gente de 20 años con Tinder y demás. No sé cómo lo harán para formar una pareja duradera o si tendrán ganas con toda esta oferta de promiscuidad, de sexo al paso.

-¿Y qué lugar ocupa el sexo en la novela?

-En la sexualidad se ponen de manifiesto un montón de situaciones de conflicto y es esa la intimidad que me interesa, lo que les pasa en la cabeza a los que están ahí quitándose la ropa. También el contraste entre la imaginación, el deseo, y lo real. Lucas y Guerra tienen dos encuentros sexuales que no acaban de consumar porque quería que fueran justo eso, desencuentros sexuales. Hay una gran sensación de intimidad, incluso a la intemperie, porque ambos son en la playa, pero explota como una burbuja. Quería llevar al pobre Lucas al límite, había algo ahí que me parecía poderoso a nivel narrativo.

-Guerra tiene linaje vasco.

-La comunidad vasca en Uruguay es enorme. Y a veces se le nota a las mujeres un costado vasco, no estoy seguro, quizá sea imaginación... pero me interesaba mostrar en esta chica eso, con su nariz de puente alto, con personalidad, ese fondo que él no termina de entender, que le enamora y no sabe bien qué es. Una chispa.

Decisiones que se toman con el cuerpo

«Me dijiste que hablé dormido (..) ¿Qué dije? Lo mismo que la otra vez: guerra». Así, sin rodeos, se pone en marcha La uruguaya, que es Guerra, Magalí Guerra. 28 años. Pícara, brava, flaca con energía terrestre. De su pelo mojado, de su boca de beso constante, de su aro metálico bajo el pantalón -territorio comanche- se enamora Lucas Pereyra durante un festival literario en Montevideo. Un año después, alimentada su adicción con mensajes furtivos, migas de pan, intuiciones de la vida al otro lado, vuelve a cruzar el Río de la Plata con la excusa de cobrar un anticipo económico. Nos intenta convencer Mairal de que lo que quiere Lucas es pasar un día con ella, escaparse incluso, si surge -por qué no- a Brasil. Con ella. Y con lupa seguimos sus pasos, detallado su trayecto, cada esquina, con el aquí intercalado entre párrafo y párrafo: su vida porteña, sus dudas como enredaderas, su mujer llegando tarde, directa a la ducha, el niño burgués que se hizo el descarriado y acabó sintiéndose el pobre entre los ricos. La uruguaya es la búsqueda de una salida de emergencia. Una huida animal. «Uno se entrega a decisiones más oscuras, que se toman con el cuerpo». Somos eso, en gran medida -dice Mairal- somos ese latido que quiere perpetuarse.

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