Sobre el planeta rojo y otras marcianadas

«Life» ha sido el último título de ficción en aterrizar sobre la cartelera en medio de una auténtica explosión del género. «La llegada», «Órbita 9» o «Ghost in the Shell» son la prueba de la invasión alienígena en los cines. La próxima, «Alien Covenant», llegará en mayo de la mano de Ridley Scott.

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El terreno de juego de las películas de contenido espacial se mueve, por pautar tendencias, en dos dimensiones antitéticas. O te invitan al vértigo del horror vacui -esto es, la órbita sin límites, el miedo a expandirte en la oscuridad interplanetaria- o te encierran en una cafetera claustrofóbica, casi siempre con un vecino del quinto alienígena con peores intenciones que el Demonio de Tasmania. Por venirnos a lo cronológicamente más próximo, está la sci-fi cosmonauta a lo Gravity, donde los personajes flotan en ese lugar sin límites con la perspectiva tan temida de perderte en la nada. Y luego tenemos la onda de la recién estrenada Life, con una nave chica y un pasajero ilegal que no está muy por la globalización.

No crean que esta división es cosa poco seria: no son una ni dos las películas de aventura cósmica donde el clímax dramático está en ese momento en el que el astronauta pierde su cordón umbilical con la nave nodriza y se va al cuerno, más allá del liquido amniótico, hacia la zona muerta. El George Clooney de Gravity es una emanación directa de dos secuencias ya clásicas del subgénero: la de Misión a Marte (Mission to Mars, 2000), el filme de Brian de Palma en el cual vemos a Tim Robbins perderse en el vacío, acunado por una maléfica canción de cuna de Ennio Morricone en la banda sonora. Y otra menos recordada, en la que se inspiran las otras dos: la de Marooned (1969), estrenada aquí como Atrapados en el espacio, dirigida por John Sturges, y donde un Gene Hackman hiperventilando en su traje de neopreno se le va de las manos a Gregory Peck, que era a la sazón lo más parecido a un deus ex machina.

Frente a este miedo pánico a que te envuelva el más allá galáctico, el otro terror favorito de la sci-fi espacial es la del alienígena realquilado. No cabe duda de que la obra canónica y capolavoro de esta corriente es el Alien de Ridley Scott. Curiosamente, ahora que se anuncia para el próximo mes el estreno de Alien: Covenant firmado por Scott, se habla poco de esa otra proteica derivación llamada Prometheus, que el director filmó en el 2012.

«THE THING»

A la vera de Alien está la otra pieza maestra de esta escuela: The Thing (John Carpenter, 1982), a su vez remake de El enigma de otro mundo (1951), que comenzó a dirigir Howard Hawks y terminó Christian Nyby. Y no es anecdótica esta paternidad genuina. Hay mucho del universo Hawks en el nudo de estas tramas de grupo humano heterogéneo y democrático montando El Álamo, con hierros y acero de fortín, para plantar resistencia al marciano comelotodo. También hay que anotar al Joseph Conrad más oscuro como inspiración de este microcosmos de naves como túmulos, de planificaciones opresivas, de incubaciones del Mal saliendo de las entrañas parturientas de John Hurt. No dejemos de citar como películas hijas de dios menor de este territorio Nostromo a la infravalorada Horizonte final (Event Horizont, 1997) de Paul W. Anderson, que introducía elementos de H.P. Lovecraft en el espacio exterior de su nave. A la descarada y no desdeñable Species (1995, Roger Donaldson), que contaba con un team (Ben KIngsley, Michael Madese, Alfred Molina, Forest Whitaker) a la altura del de Alien. Ni tampoco al verso suelto de Clint Eastwood y su gerontocrática Space Cowboys (2000). O a la descabellada y pasada por agua Esfera, de Barry Levinson, que sustituía el polvo de estrellas por el océano abisal. Hay también una muy estimable variante de escenarios espaciales más o menos intelectualizados pero no atorrantes, caso de La amenaza de Andrómeda (The Andromeda Strain, 1971, Robert Wise) o de Naves Misteriosas (Silent Running, 1972, Douglas Trumbull).

Y a quien eche en falta la bien pagada 2001 (cada día que pasa asocio más su supuesta trascendencia con la de la escritura de Paulo Coelho). Ya aviso que a mí me resulta infinitamente más divertida que la odisea megalómana de Kubrick la negacionista Capricornio Uno ( Capricorne One, 1977), donde Peter Hyams nos cuenta que lo de la llegada a la luna, nada de nada, que todo fue un montaje en un estudio cinematográfico de la NASA, teoría que sostuvieron, por otra parte, tantas de nuestras sabias tías abuelas.

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