Kara-Lis Coverdale, la embajadora de las sirenas

La intérprete canadiense actuó en la primera jornada del festival con su canto, síntesis perfecta entre lo sacro y lo profano

Kara-Lis Coverdale
Kara-Lis Coverdale

Gijón

Genios marinos de fisonomía fantástica, criaturas híbridas mitad mujer y mitad ave, así nos presentan a las sirenas las fuentes literarias del mundo griego. Las voces de aquellas magas que salieron al paso de Ulises para hechizarlo, abandonan hoy la corriente del Océano y arriban al oleaje de un lugar más prosaico que el Ponto: el LEV, Gijón. Su embajadora, Kara-Lis Coverdale, presenta su sonoro canto entre los acordes de Sirens (Umor Rex, 2015).

Tanto en este trabajo como en Aftertouches (Sacred Phrases, 2015) la artista canadiense compone piezas para voz procesada, un muestrario de sonidos electrónicos de ambiente atmosférico y rica textura granulosa. Órganos ultra serenos, pianos y tonos sintéticos a partir de himnos de guerra, sacos de punch y cuerpos golpeados contra esteras de lucha. El sonido final, colaboración de Kara-Lis y el productor estadounidense LXV (AKA David Sutton), resulta una síntesis perfecta entre lo sacro y lo profano.

La música sacra es, sin duda, una pista relativamente fácil de seguir en la vida y obra de Coverdale. Desde la temprana edad de trece años fue organista en distintas iglesias de Montreal lo cual le sirvió no sólo para conocer e interpretar el repertorio clásico sino también para investigar, experimentar y dejar que la música profana se filtrase en los momentos de obligada improvisación. «La música religiosa me parece extremadamente poderosa y conmovedora» y ese aspecto espiritualista presente en su obra evoca las sonoridades del mundo orquestal y vocal de Arvo Part y de Sofía Gubaidulina.

Algo hay del Vivente-No vivente o del In Tempus Praesens de Gubaidulina en el Sirens de Coverdale: los motivos cromáticos intensos y la dicotomía conceptual entre lo agresivo y lo etéreo. Pero la evocación espiritual de la artista canadiense sugiere también un mundo oriental invocado por la profusión de sonoridades metálicas. Cuando se le pregunta a Kara-Lis acerca de este tema responde con una entusiasta afirmación: «¡Ampliamente!» y dibuja una línea de conexión entre su obra y la de Sakamoto, Midori Takada y Yasuhaki Shimizu. A dicho reconocimiento añade: «también los artistas occidentales a los que más admiro, como Carl Stone y Jim O’Rourke, tienen cierta conexión con Japón».

Sin embargo, puntualiza Kara-Lis, su modo de llegar a estas conexiones musicales es, digamos, a posteriori: «Primero experimento, coloco los sonidos en capas, intuitivamente, comprobando qué es lo que queda bien. Es el momento en el que realmente hago música para mí misma, música que pienso que realmente suena en la línea de mi trabajo. Ahora bien, al llegar al producto final, soy consciente de a qué se puede parecer». El público estimula también esta labor interpretando según sus conocimientos y cánones: «cuando empiezo a mostrar mi trabajo la gente comienza a dibujar conexiones».

Y a ese ejercicio de búsqueda de fuentes nos aplicamos también nosotros al proponerle a Coverdale una posible convergencia entre su obras y Seis jardines japoneses o Jardín secreto de la compositora finlandesa Kaija Saariaho. «Honestamente, no comencé a estudiarla realmente hasta hace a penas dos años. Pero desde entonces admiro enormemente sus trabajos para flauta e instrumentos de viento», responde Coverdale. Ahora bien, si hay alguien a quien rinda un tributo incondicional ese es Glenn Gould. «Él es quien me ha inspirado en el sentido más profundo y directo» y Kara-Lis expone con pasión las dos grabaciones de las Variaciones Goldberg: «La de 1955 es temeraria, virtuosa, joven, como una ráfaga, la de 1981 es más introspectiva y emocionalmente intensa…un personaje tan peculiar y de tal magnitud musical».

Pequeñas piezas de impacto

El piano de Glenn Gould es el mundo primigenio de Coverdale, el lenguaje al que vuelve cuando traza melodías y en el que nos detiene hasta el siguiente punch. Pues sus composiciones no dejan de ser pequeñas piezas de impacto que nos atrapan por la tensión sostenida, el refinamiento tímbrico y el aliento lírico. Temas bellos pero que también chocan y golpean, duro material de alta gama sonora que intimida y sacude.

Pues ¿quién dijo que los cantos de sirena fueran sólo bellos? Circe advirtió a Odiseo que las sirenas hechizaban sentadas en un prado «donde las rodea un gran montón de huesos humanos putrefactos, cubiertos de piel seca». El ambiente que envolvería su canto sería, cuando menos, perturbador, como lo es la bio-música orgánica y coral de Kara-Lis. No pretendo, dice la artista, que mi música sea «flotar en un tranquilo rio. Soy como papel de lija». Restregar, rallar, incomodar, salir de un concierto con la certeza de que la belleza también puede trastornar el orden y estado de las cosas.

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