Imagen:La Compañía Nacional de Danza en «Artifact Suite», de Forsythe

La perfección del revés

La Compañía Nacional de Danza estrenó en Santander «Una noche con Forsythe», un proyecto que reafirma el buen nivel técnico de la agrupación en una gran velada de danza


Santander

Dice el coreógrafo William Forsythe (New York, 1949) que «el vocabulario clásico nunca será viejo. Es la manera de escribirlo lo que lo hace envejecer. Así que yo lo empleo para contar historias de hoy». Con esa idea tan clara, el mejor creador para ballet de la década de los noventa del pasado siglo, uno de los más importantes de esa centuria al lado de Merce Cunningham o Van Manen, por mencionar autores a un lado y otro del charco, sigue calentando exageradamente los asientos de cualquier teatro del mundo. Todo un clásico contemporáneo cuya vigencia probó hace unos días la Compañía Nacional de Danza, que se valió, una vez más, de la Sala Argenta del Palacio de Festivales de Santander para lanzar una première en España. Esta vez fue la del estreno del programa Una noche con Forsythe. Tres emblemáticas e históricas coreografías del neoyorkino sirvieron a los bailarines de José Carlos Martínez, director artístico de la compañía, para montar el sueño al revés de la danza anticanónica, esa que ha inscrito a Forsythe como un creador visionario de lenguaje propio, aunque algún manual sobre danza y demás todavía no halle línea temporal suficiente para realizar tal afirmación. La hay desde hace un cacho largo.

El homenaje a Forsythe llevó posteriormente a los de Martínez a Madrid y Murcia y convierte su traída coreográfica en motivo de soberana modernidad escénica de gran calado y altura. Es uno de los hitos dancísticos del año en España y que, puesto en escena, sin caer en exageración ni arribismo, se troca en un auténtico speed sensorial. De lujo el subidón.

La virtud: el meta_lenguaje

Forsythe siempre ha trabajado como escultor de la forma en el espacio: estudia pormenorizadamente la dimensión textual del lugar vacío para parametrizar su planimetría, basándose en la formulación de una nueva codificación que toma como base y asume, de principio a fin, la nomenclatura clásica del ballet, pero para desarticularla por completo. Trasladándolo a algo más de ahora, a algo más digital, es como si se hubiera inventado una parte del hipertexto y con él, el canal de invisibilidad corporal que lo hace moverse.

Ver sus coreografías es, en cierta medida, asumir esa interfaz (la estética) desde el plano más mecánico-robótico de la música-ballet, e imaginar que se está ante la confección de un moderno plano de arquitectura en el que, a medida que se va creando un espacio de ángulos concretos y contorno perimetral definido, se van deshaciendo las líneas que se dibujaron primero. Es como si se tratara de un lápiz mágico que al realizar el dibujo y, según avanza, va haciendo desaparecer lo antes dibujado; sin embargo, extrañamente, los que lo ven son capaces de retener, por un tiempo, las líneas borradas. Esa es su magia; y, visto en directo, es una maravilla. Se fija.

El autor nos viene a decir que el arte no solo existe para reproducir la realidad o lo que ella nos evoca. Una de sus principales funciones es dotar al hombre de armas para afrontar la vida, la individual y la colectiva, y darle la entereza suficiente para enfrentarse a ella, también, desde la estética más avanzada y desafiante, siempre y cuando esta no repose en la banalidad. Esa verosimilitud, esa luz, es la que amasa Forsythe con sus creaciones, en las que brillan destellos de fe para valorar nuestra propia dignidad como personas y reubicar el pensamiento llenándolo de perspectiva: una distancia mental, y también «espacial», imprescindible para sobrevivir. Y hoy día, más.

Visto así, la genialidad (en este caso la de Forsythe) está relacionada con la creación de argumentos plausibles y útiles que llenen esa perspectiva, la del hecho bailado, razón primera y última que, por otra parte (y esto es a lo que siempre nos remiten los clásicos), nos permite saber y valorar cuándo algo es realmente bueno. Es decir, ver las cosas desde el ser y no desde el parecer. Justo lo que en fondo y forma ya no está de moda, pero que, sin embargo, sigue siendo pauta (invisible) de lo que más gusta. La esencia de la verdadera modernidad: fracturar lo clásico y abrir un margen nuevo, único, sin perder de vista aquello otro (con lo que todo se originó). Por eso el trabajo coreográfico de Forsythe ha conquistado tan a fondo medio mundo y es canon contemporáneo en el siglo XXI, habiendo sido creado 25 años atrás. Cuestión de auténtica visión y talento.

Metacrilato y tempura. El bravo de la CND

Con Forsythe, el cuerpo que baila abandona la naturalidad y se enzarza en el rebozado escultural del ritmo, pero contraponiéndolo al clasicismo desde la evolución rupturista del lenguaje normalizado. El juego como norma de pasos (que en realidad no es juego en absoluto), en la que se nos muestra su querencia por la ilusión, por el desmontaje de lo que se nos presenta como entero para mezclarlo con la fantasía y la credibilidad del estropicio y su regla. Pero nunca lo vemos infantil; al contrario, es demasiado adulto por ser demasiado serio. Es cristal moderno, modelado en metacrilato. Y conmueve enormemente, está lleno de expresividad, de inquietud y de fuego. Es una delicia: se sigue viendo al bailarín, al atleta (en su estilo más clásico), al poeta del aire y al ilusionista. El menú es completo.

Así que los chicos de la CND, en su estreno nacional el pasado día 22 en Santander, bordaron un programa que, si bien tuvo alguna cosa, muy pocas, no parecía el de un estreno. La implicación de la compañía en el escenario resultó palmaria; la implicación absoluta de los maestros repetidores de la Fundación Forsythe (soberbios) quedó legítimamente demostrada; y, por último, la implicación artística de dirección y bailarines en una noche presa de excitación, juventud y reafirmación dejó claro que la Compañía Nacional de Danza es muy híbrida y además opera con poderío y nivel.

Empecemos por el final. Qué bien estuvieron los once bailarines de Enemy in the figure (1989). Del monomio de puro nervio fue testigo un gran foco de luz que se arrastró como un protagonista más durante toda la pieza. La música de Thom Willems, cabalgando entre la percusión y la tecnología (alucinante), discursea con los cuerpos de los bailarines, que le otorgan rango investigador y también fiereza. La ampulosidad de la luz se cierne físicamente inscribiendo en el aire un doble al cuerpo del bailarín y, por tanto, a la danza: quien baila se proyecta con y sin sombra. Y todo ello rodeado de cierta predisposición a la urgencia, una prisa irredenta a la que el espectador se sube mientras una cuerda, siempre móvil en el suelo, lo argumenta.

Estupendos, estupendísimos estuvieron Alessandro Riga, Aleix Mañé, y Daan Vervoort; este último también estrenó en el Palacio de Festivales la Carmen (2015) de Johan Inger, en el rol de José. Cómo se nota la procedencia del contemporáneo y que a estos chicos les gusta mucho bailarlo. Lo disfrutaron a base de bien.

Se vieron ideas de corte lev con el efecto lumínico de la panavisión. Mole y masa, luz y sombra in media res como excusa de investigación bailada a tiempo real; como si se tratara del up and down del exhibicionismo con aire de improvisación, mientras los elementos escenográficos bien pudieran representar el hilo de continuidad. Así, sin más: el raccord.

El enorme volumen (es gigante) que en todo momento genera la pieza con la división del espacio escénico mediante un panel ondulante, en forma de «s» y de madera, hacía las veces de intercambiador de movimientos, protagonistas y leyendas escénicas. Precursor. Y en el fondo, también literario. Espléndido.

La importancia del elenco

Justo antes se vio una de las obras maestras del neoyorkino, Artifact Suite (2004), una pasada total la contemplación de la versión reducida del ballet Artifact, creado en 1984. Su métrica actúa como la escuadra y el cartabón del contemporáneo reglado más medido y mejor hecho. Esa traslación, el nivel de sincronía y de abastecimiento de esa sincronía es difícilmente mensurable todavía hoy. Y es cierto, uno puedo decirse a sí mismo que lo que está viendo en el escenario es demasiado abstracto, todo excesivamente compartimentado, grupos de bailarines como planos oblicuos y superpuestos hacia el degradado; pero a la vez todo está imbuido de los atributos genéricos de la danza: es como el principio activo de un medicamento, una fórmula magistral. Y es ahí donde reside el verdadero hallazgo y, por tanto, la factura de un estilo y un lenguaje propio, anverso, sí, pero completo. Es la simetría asimétrica, la perfección del revés: William Forsythe.

43 bailarines de la compañía reverdecieron mixtos, clásicos y contemporáneos, una pieza entusiasta a más no poder. Perfectamente armonizados, como piezas de reloj, construyeron la síntesis económica de una nomenclatura tan abstracta como imperecedera. El espectador tiene sensación de desear que no se acabe, que siga, que no muera; que el gusto de la contemplación de la danza deje de ser efímero al menos por una vez; solo por una vez. Así de bueno resultó lo expuesto en esta segunda pieza en la tabla mayor de Santander.

Y a todo este conjunto coreográfico, fraccionado pero armónico, le corta el buen rollo un telón que cae a plomo (a plomo) sucesivas veces mientras transcurre la danza; y es justo ahí donde el espectador debe abordar mentalmente la riqueza de sugerencia de la abstracción en el ballet, puesto que no lo ve. Se hace todo identitario, lleno del grosor de lo rápidamente fugaz, de la gordura del piano que repite dos notas sin cesar e incita la plástica del quiebro del cuerpo, de la plática intimista del aplauso como metrónomo. El seguimiento narrativo de la música confiere dramatismo al movimiento, aquí basal, y hace que el elenco al completo se convierta es una suerte de linimento, aceite para el engranaje, que hiciera girar miles de combinaciones bailadas para la razón y su equipamiento, pudiendo pensar que los bailarines se han hecho carne de automatismo. Es difícil encontrar otro modo de explicarlo.

Y llegamos a la primera de las piezas de la noche, y también la más corta, The vertiginous thrill of exactitud (1996), una pieza montada sobre los preceptos más clásicos del ballet: puntas, tutús, lírica y sinfonía, el paquete completo. Es una obra que en algunas cosas recuerda también lo que hace otro de los grandes coreógrafos del XX, aunque no tan conocido, el suizo Heinz Spoërli. Cada sitio tiene un tiempo y hay un tiempo para cada sitio. Y debe pillarse, yendo todo espídico de ejecución. Brioso el vuelo. Amén.

Tutú-plato-verde, igual que un bello guisante. Siempre ha sido monísimo para muñecas sin medias pero con puntas. Y ellos, como gimnastas. Schubert manda bailar a cinco bailarines, tres mujeres y dos hombres, rindiendo, aquí sí, homenaje a los clásicos de la historia del ballet. Es la celebración de la danza, del control sobre la dificultad; y todo al punto, de presto a muy presto y de muy difícil ejecución, pues todo se desarrollada vertiginosamente. Aquí sí pudo verse algún desacompasamiento; cierto.

Una vez más la magia de la danza, a través de los cuerpos de la CND, es capaz de hacer olvidar cualquier problema o circunstancia, abrir el tiempo y hacernos flotar. El espectador se encuentra en euforia (junto al mar). «No puedo creer lo que estoy viendo», decía una señora en el hall durante el receso de la función. «Y no entiendo mucho, la verdad, pero me parece que la belleza tiene poder. O igual lo que estoy viviendo es el poder de la belleza».

No hay más que decir.

Perdón, sí; repetir.

FICHA:

Compañía Nacional de Danza

Director artístico: José Carlos Martínez

Una noche con Forsythe

The vertiginous thrill of exactitude (1996) (13 minutos)

Música: Franz Schubert

Coreografía, luces y escenografía: William Forsythe

Diseño de vestuario: Stephen Galloway

Maestro repetidor / puesta en escena estreno: Noah Gelber

Artifact suite (1984) (2004) (45 minutos)

Música: J.S. Bach, Chacona Partita nº 2 BWV 1004 en do menor. Parte II: Nathan Milstein y Eva Crossman-Hecht

Coreografía, luces, vestuario y escenografía: William Forsythe

Maestros repetidores / puesta en escena estreno: Agnes Noltenius y Maurice Causey

Enemy in the figure (1989) (29 minutos)

Música: Thom Willems

Coreografía, luces, vestuario y escenografía: William Forsythe

Maestra repetidora: Ana Catalina Román

Palacio de Festivales, 22 de abril de 2017. Santander

 

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