«"Cabaret" es una fiesta de los sentidos, pero siempre con el drama del ascenso nazi detrás»

El actor gallego, uno de los grandes talentos del musical español, da vida a Emcee en la monumental versión de Jaime Azpilicueta que hoy llega al teatro Jovellanos

Armando Pita, como Emcee, en «Cabaret»
Armando Pita, como Emcee, en «Cabaret»

Gijón

«Lo primero que el Maestro de Ceremonias hace es dar la bienvenida con el clásico "Meine Damen und Herren, Madames et Messieurs, damas y caballeros, Guten Abend, bonne soire, buenas noches. Wie geht's? Comment ça va? ¿Estáis bien?". Entonces, el público te responde que sí y da comienzo todo con el "Willkommen, benvenue, welcome…" y lo demás no se puede decir. A partir de ahí, todo secreto. Cabaret». Armando Pita imposta la voz como Emcee e incluso se arranca a cantar el inconfundible tema-obertura de Cabaret cuando se le pide que haga, también fuera del escenario, de Maestro de Ceremonias para el monumental montaje de Cabaret (El musical de Broadway) que hoy inicia su estancia de cuatro días en el teatro Jovellanos de Gijón. 

El histriónico y deslenguado personaje al que da vida actor gallego será el eje en torno al cual girará, como en cualquier versión de Cabaret, todo lo que suceda en un Kit Kat Club que el director de esta versión, Jaime Azpilicueta, ha engrandecido respecto a lo que seguramente tenía en la cabeza Joe Masteroff cuando ideó el libreto de este clásico incombustible del musical.

El espectacular Kit Kat Club de esta multipremiada versión viaja por España desde septiembre del pasado año a bordo de ocho camiones que desplazan 540 metros cúbicos de materiales de escenario. Los actores no viven precisamente en sórdidas pensiones berlinesas, sino en autobuses de dos pisos transformados en hoteles rodantes. Y todo en esta reconstrucción escénica del Berlín de los años de la República de Weimar, con el nazismo en auge, es mucho más espectacular y deslumbrante de lo que solían ser aquellos cabarets con más sordidez que glamour. Pero la esencia es la misma, como lo viene siendo desde la primera función de Broadway en 1966.

 -¿Ha llegado ya Cabaret en ese tiempo a la categoría de clásico, una de esas piezas que soportan ya cualquier interpretación, cualquier versión?

-Sobre todo, lo que ha demostrado es que admite mogollón de propuestas diferentes a lo largo de ese medio siglo que esta gira conmemora, desde que se estrenó el libreto musical, antes de la película. La obra ha dado mucho de sí. El tiempo ha pasado, las cosas han cambiado, dentro de los teatros los aspectos más técnicos han avanzado mucho, muchas propuestas y recursos teatrales han ido pasando de moda y han ido viniendo otros nuevos… Y sin embargo, Cabaret ha sobrevivido a todas esas tendencias, e incluso las ha potenciado y ha servido para que gente como Sam Mendes o Jaime Azpilicueta, nuestro director, hayan podido adaptarla y hacer una propuesta siempre novedosa y siempre atractiva.

-¿Qué distingue a esta?

-Unas han estado más basadas en lo sórdido del cabaret, otras más en el esplendor, en la lentejuela y la pluma, y ese es el caso de la Jaime Azpilicueta: una versión muy grande, muy visual, llena de brillo y lentejuela,

 -Pero siempre con la misma oscuridad y la misma tragedia detrás.

-Así es. Detrás siempre se esconde el drama de la obra, eso de lo que realmente es de lo que habla Cabaret: el ascenso de los nazis al poder en el Berlín de los años 30. Ese es quizá el secreto de esa montaña rusa emocional por la que el público va pasando, y que engancha tanto. Pero a pesar de todo es un espectáculo en el que te diviertes, es una fiesta en la que juegas a dejar los sentidos libres y dejarte provocar, aun sabiendo cuál es el final.

-Todos tenemos la versión cinematográfica de Fosse, detrás. ¿Nos conviene dejarla de lado un rato y recordar lo que es ante todo Cabaret: teatro?

-Claro. La película es un peliculón, los actores, unos actorazos, pero la experiencia del cine y del teatro, como los buenos teatreros sabrán, no tiene nada que ver. Es una experiencia diferente, del momento, de la piel, de la cercanía. Cabaret abarca todo eso, y el Maestro de Ceremonias, el papel que me toca interpretar, se encarga desde el segundo uno de intentar que la gente entre, de interactuar todo el rato con ellos. Creo que se consigue. Al final la gente te lo agradece, te dice que se ha transportado en el tiempo y en el espacio y ha vivido una historia mágica.

-En un papel de esas características, ¿cuánto hay de trabajo milimetrado, cuánto de improvisación, si es que la hay?

-Como se sabe, el ritmo del teatro es sagrado, sobre todo para los actores y directores, que aprendemos desde el principio que en el teatro hay un tempo y unos adlíbitums, y siempre hay unos anclajes por donde sabes que tenemos que pasar y te puedes recrear siempre de una manera controlada. También es verdad que eso ayuda al actor a tensar mucho la cuerda, y entonces aprendes a manejarte en esos momentos de tanta presión, con el público delante, que a lo mejor se cree que es todo improvisación, pero que es en realidad un proceso que tienes que ir manejando. Cuando lo dominas, cuando puedes improvisar dentro de ese molde, eso te da mucho poder actoral.

-Para hacer con nosotros lo que quieran…

-Pero siempre desde el respeto y desde el humor.

-Aunque lo que se espera de Emcee es que transgreda un poco… ¿Es esa la otra constante de cualquier Cabaret? ¿Ha habido que mover los límites para adaptar la obra a lo que hoy consideramos transgresor?

-El Maestro de Ceremonias es un papel impensable sin esos ingredientes: es mordaz, critica la sociedad del momento, se convierte prácticamente en cronista de cada época. Eso es muy Cabaret, claro. Pero el contexto original se respeta: podría ser demasiado anacrónico crear un paralelismo demasiado obvio. Más bien se da rienda suelta a la imaginación de cada persona para que entre en esa parte del Cabaret, si quieres la más superficial. Ahí está lo mágico. Porque también hay gente que sale muy tocada, gente mayor que ha tenido padres que han vivido en Alemania, gente que llora, gente que se queda solo con el divertimento… todo es lícito y maravilloso. Para eso hay que crear una transgresión medida y adaptada.

-Hay quien ve similitudes entre esta Europa en crisis con la Alemania de Weimar. ¿Sigue habiendo hoy detrás del escenario un fondo oscuro que recuerda al que refleja la obra?

-Sí que es muy actual, si te pones a hacer un paralelismo: los nacionalismos y las figuras políticas más extremas en muchos casos y muchos países. Cada uno tiene su perlita. Si buscas paralelismos con la actualidad, es muy fácil encontrarlos.

-¿Qué ha sucedido al público español para, después de una época de cierta reticencia, llegar al idilio que hoy vive con el musical, y además con el made in Broadway?

-Yo creo que es debido a productoras que han apostado por el género, que han venido de fuera y que también están aquí. El gran pistoletazo de salida lo dio, yo creo, Luis Ramírez con El hombre de La Mancha, cuando se estrenó aquí hará como dos décadas, también es ese el momento en el que salí de la Escuela de Arte Dramático y me enganché a ese tren, a ese bum, tuve esa suerte. La gente empezó a ver montajes de calidad, actores cada vez más preparados que podían abarcar el canto, la danza y la interpretación a un mismo nivel… Todo eso ha ido creciendo a la par. Los elencos se han hecho más profesionales, mejores, y el público más formado, más crítico y más ávido de este tipo de montajes en los que la música, el baile, la canción y la interpretación se junten y formen esa amalgama. A la gente le gusta eso, porque si no, no se entendería ese idilio que está viviendo el género.

-La calidad está a la altura internacional, pero ¿cree que falta algo para darle personalidad definitiva, para poder aportar algo propio, al musical hecho en España?

-Habría que luchar más por el talento nacional a la hora de crear cosas, buscar el ingenio, los guiones, las partituras aquí, porque hay mucha gente que lo está haciendo. Están los grandes musicales, como este, pero hay muchos otros de pequeño formato, grandes propuestas como la que vi en La Latina Un chico de revista, con una producción exquisita y un elenco buenisimo, una vuelta de tuerca y un homenaje a la revista, pero ya pasado por un filtro más moderno. Eso te da esperanza, te hace ver que se puede hacer y se puede hacer muy bien. Habría que equilibrar, quizá, la balanza, y no querer siempre copiar lo que viene de fuera. Musicales como Cabaret, como Los Miserables, como El fantasma de la Ópera son el ABC del musical, y es una maravilla siempre poder verlos en cualquier versión, en Londres o en Nueva York, pero hay que abogar por el talento nacional, el talento joven o no tanto, pero sí cosas que se creen aquí.

-Ese reto interpretativo del musical del que habla viene siendo el suyo desde hace años. ¿Le apetece retarse en algún otro tipo de escenario?

-Tantos años encima de él me han ayudado a tener un gran amor por el medio, quizás es aquel en el que mejor me muevo y me encuentro, sintiendo al público cerca e interactuando mucho con él. Pero quizá, sí, en el futuro, me gustaría hacer algo de audiovisual, algo de televisión o de cine, pero sin ningún tipo de presión o ansiedad como las que tenía al salir de joven de la Escuela de Arte Dramático, cuando quieres hacer mil cosas. Ahora eso se ha serenado y estoy muy feliz haciendo lo que hago. Es una gran suerte haber tenido tantos papeles con tantas responsabilidades en el teatro musical. Que siga todo igual por lo menos. Si luego se puede tocar otro palo diferente, pues bienvenido sea.

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