«A veces cambiar una coma, un ángulo o una mirada convierte lo cotidiano en una cosa muy grotesca, ridícula y contraria a la lógica; esa ruptura es el mecanismo del chiste»
11 may 2017 . Actualizado a las 18:27 h.La inconfundible voz abisal de Marcos Mundstock resonaba en el vestíbulo del hotel de la Reconquista apenas unos minutos después de que, a las 12 en punto del mediodía, el jurado proclamase a Les Luthiers ganadores del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2017. En torno a una de las mesas del salón, el rector Barbieri, cabeza de la Universidad de Buenos Aires, y sus acompañantes atendían, vía smartphone, a la que seguramente fuese la primera entrevista del día para Mundstock en una televisión argentina. En Buenos Aires eran poco más de las siete de la mañana. Diez horas después, el hombre cuya voz ha glosado durante 50 años la música y andanzas de Johann Sebastian Mastropiero sigue como si nada, respondiendo una entrevista tras otra, una felicitación tras otra, por un premio que les ha hecho «muy felices» y que ha hecho también muy felices a muchos. Está en Rosario, donde tres horas más tarde, Les Luthiers tendrán, sin duda, una de las funciones más aplaudidas de su carrera, «Me llamó García de la Concha, el presidente del jurado y se deshizo en elogios. Me dijo que poco menos que todo el jurado estaba feliz de habernos dado el Premio».
-Doy fe. Pocas veces se ha visto a un jurado, a la prensa, a todo el mundo tan risueño.
-Esa es la sensación que yo tengo. Es una alegría adicional. Una ventaja que tenemos los que hacemos reír como oficio es que la gente se alegra por nosotros y nos quiere, nos supone buena gente aunque a veces no lo seamos (ríe).
-Quizá no lo sean, pero seguro que su trabajo sí hace sentirse mejor a la gente.
-Bueno, bueno... Gracias. Ahora, hablando en serio, creo que somos buena gente. Es una de las claves para habernos mantenido apegados a una tarea y unidos. Ser un poco buena gente hace falta para eso.
-Aparte de complicidad, de muchas referencias y códigos comunes y compartidos.
-Es verdad, es verdad. Sí señor.
-¿Contentos de que la historia haya hecho justicia finalmente con Mastropiero?
-(Carcajada) ¡No sé yo si la justicia era darle un premio!
-Habían sido candidatos en otras ocasiones. ¿Lo esperaban?
-Sí, habíamos sido candidatos varias veces. Decíamos en broma que ahora que nos han dado el premio, se nos terminó esta promoción anual que teníamos todos los años cuando éramos nominados. Ser nominados no es tan importante como ser premiados, pero dura más. Se nos terminó esa fiesta. En serio, para nosotros es un honor enorme, uno de los grandes premios. Lo digo en la carta de agradecimiento: este premio sí que lo soñábamos, de verdad que sí.
-¿Les ha llamado la atención que sea en la categoría de Comunicación y Humanidades?
-Nos propuso Álex Grijelmo, que es amigo nuestro y fanático quizá en exceso, y puede que dado el especial carácter de lo que hacemos no esté tan equivocado al relacionarnos con la Comunicación y las humanidades en un sentido amplio; no prentendemos ponernos junto a la filosofía o no sé... junto al derecho canónico, pero sí creo que lo nuestro tiene un contacto realmente muy rico con nuestro público, algo que sí que entra en las relaciones humanas.
-Le consta que había filósofos, académicos, periodistas y hasta orientalistas. Eso implica un tipo de elogio muy especial.
-Sí, sí. Todo es felicidad, todo es un gran halago y un gran orgullo adicional a esta profesión que ya es de por sí un privilegio, esto de trabajar haciendo reír a la gente.
-No se sí en Argentina han tenido debates tan enconados como en tiempos recientes los ha habido en España y el resto de Europa acerca de los límites del humor. ¿Su parecer?
-A ver… es un tema delicado en el sentido de que depende mucho del contexto. El dolor de los seres humanos no creo que dé para hacer humor. No es una buena materia prima, sobre todo para el que lo sufre. Y depende del contexto, como lo demuestra toda la historia en torno al Charlie Hebdo y demás. Uno puede decir: «Yo tengo derecho a hacer bromas sobre lo que quiera con mis amigos»; pero de ahí a ponerlo en un contexto en que alguien puede sentirse ofendido y dolido la cosa ya resulta relativa. Pero no hay límites. A mí personalmente no me gusta la insolencia de por sí. Creo que el límite sería cuando el humorista presenta su trabajo. Para mí, el humorista debería de decir: «Mira que bien me salió este chiste,» y no «Mira lo que me he atrevido a decir».
-O sea: aprecia más el trabajo bien hecho, sin más, que la osadía o la subversión mediante el humor.
-Exacto. No es decir «mira cómo yo me cago en los otros, o cómo me atrevo a tal cosa». A mí, que usted sea más osado o insolente, no me gusta de por sí; yo quiero ver de qué calidad es lo que usted fabrica.
-Admitamos que la insolencia no tiene por qué ser un valor en humor. ¿Y la crítica? Es lo que les ha reconocido literalmente el jurado.
-(Se lo piensa). Uno de los mecanismos del humorismo es mostrar de repente lo cerca que está el discurso del absurdo; cómo se alteran con muy poco cosas que uno está escuchando con cierta costumbre y se colocan en cierta parte de la realidad o del cerebro. A veces una coma o un ángulo o una mirada se convierte en una cosa muy grotesca, ridícula y contraria a la lógica. Esa ruptura, aunque parezca un mecanismo muy abstracto, es el mecanismo del chiste, de la explosión… Eso que sucede cuando crees que te están diciendo una cosa y, con un leve giro, se convierte en otra.
-Es también una forma de llevar el lenguaje y la realidad a sus límites, de mostrar que los tiene.
-Claro, claro. En ese sentido, no sé sí sería exacto hablar de una conducta inteligente, pero sí de llevar a ciertos mecanismos que necesitan -y hay que volver a la palabra- una cierta inteligencia de esa ruptura: «Mira cómo yo te muestro esto, lo giro y se convierte en otra cosa». ¿Eso es ingenio, es inteligencia? Yo creo que sí; pero luego hay otros mecanismos básicos que también funcionan: la risa que provoca alguien que se cae y se golpea. A veces es incluso inconsciente; no es una cosa que uno reconozca que se ha reído del dolor ajeno.
-En este caso es casi fisiológico. Nada que ver con Les Luthiers.
-Tal cual. Y no sé cuánto tiene simplemente de reacción nerviosa. Pero en todo caso eso son formas automáticas. En todo caso, tampoco hablo de humorismos muy sofisticados y sutiles, como los de algunos autores literarios que tienen una complicidad con sus lectores, pero que tienen que estar muy entrenados y muy ejercitados en los temas profundos. Hablo de un señor que está tomando algo con sus amigos en el bar y cuenta un chiste. Ahí hay algo; los chistes que se cuenta, que han hecho carrera y son considerados buenos, tienen un mecanismo bastante interesante, nada obvio. No son un mero tortazo en la cara. Y eso sí que está en la zona que tiene que ver con la inteligencia en los dos sentidos: la inteligencia del tipo que sabe cosas, que ve un detalle del mundo a través de una lupa muy peculiar. Una lente que te acerca a ver cosas que no se ven.
-Pero aparte de estirar y retorcer el lenguaje, su forma exquisita de usarlo ante el público, ¿no tiene también algo de custodia, de protección del lenguaje, en tiempos del tuit y del meme? Seguro que Álex Grijelmo estaría de acuerdo.
-No lo había pensado, pero -aparte de que halaga mi vanidad la idea- tiene su sentido lo que usted está diciendo. Cuando uno muestra el absurdo de una situación, y eso es algo que trabajamos mucho, vivimos de la ambigüedad de las palabras, descubrimos cosas que provocan efectos dichas de determinada manera… Y eso implica un manejo más en detalle de la intimidad del lenguaje. Si no todo sería «esto es una mesa y se acabó»
-Eso acerca el humor a la literatura y a la poesía...
-Todo hermosos elogios. En los que debo decir, inmodestamente, que reconozco parte de nuestro trabajo.
-Creo que todos hemos tenido hoy en mente a dos personas que faltan: Gerardo Masana pero, sobre todo, Daniel Rabinovich.
-Totalmente. Masana murió en el año 73, apenas vio los comienzos. Esto que ahora es un árbol era apenas una plantita. Aunque fue el creador, el fundador. Pero Daniel, aparte de que tenemos su duelo tan presente y tan cercano, soñaba muy concretamente con ganar este premio, y es una pena muy grande que se lo haya perdido, que no esté para recibirlo.