Roberto Andó realiza con «Las confesiones» su trabajo más ambicioso, después de acertar en el 2013 con «Viva la libertad»
05 jun 2017 . Actualizado a las 07:13 h.Con Toni Servillo en el papel del cartujo convocado a una reunión del núcleo duro del Fondo Monetario Internacional y Daniel Auteuil como el director que lo invita a esa reunión en un lujoso retiro europeo, Las confesiones es una sugerencia difícil de rechazar. Tardíamente incorporado al cine -debutó con 41 años con El manuscrito del príncipe, del 2000-, Roberto Andò realiza con Las confesiones su trabajo más ambicioso, después de acertar en el 2013 con Viva la libertad, en la que Servillo ya daba otro recital encarnando a un político al que suplanta su hermano gemelo. Pero que haya dado un salto cualitativo, pareciéndose incluso por momentos a Sorrentino en el tono melancólico -sobre todo el de La juventud (2015)-, no le alcanza a obra maestra, aunque sí notable, pese a algunos lugares comunes sobre el poder del dinero y su falta de escrúpulos, con el FMI y los bancos meneando el mundo a su antojo por encima de gobiernos.
El monje llega con lo puesto, un pequeño bolso y una grabadora en la que escucha cantos de pájaros y otros sonidos de su interés. Su hábito desconcierta entre un puñado de talentosos economistas, dispuestos a un ajuste que, otra vez, aplastará a los más desprotegidos y alterará el tablero mundial. Confiesa al director, que a la mañana siguiente aparecerá asesinado. El padre Salus -en latín, Salvación- quizá conozca el motivo, que en realidad serán dos. Cuando la policía señala al religioso como posible sospechoso todos lo presionan ante su negativa a romper el secreto de confesión. El guion, con altibajos, se mueve entre los diálogos de los expertos -además de otras confesiones- y el propio cartujo, mientras mediante flahsbacks iremos al detalle de aquella charla de trágico desenlace. Solventada con plausible elegancia formal, tanto en fotografía como en la música del veterano Nicola Poviani, concluimos que la parábola del pájaro amazónico que solo canta una vez al año y todos los animales lo escuchan, y el mastín que ladra a los de la pasta pero se somete a Salus, tiene muy buenas intenciones, aunque al capital el sufrimiento le importe un comino.