Guillermo del Toro se ahoga en una cara oda de amor al cine fantástico

El veterano Paul Schrader resurge con la incendiaria «First Reformed», que protagoniza Ethan Hawke


Venecia / E. La Voz

Guillermo del Toro nos empapa con La forma del agua de su amor obvio por la ciencia ficción clásica. Su película es una declaración incondicional de pleitesía a aquel cine de serie B, el de La mujer y el monstruo de Jack Arnold, de la cual clona a su criatura anfibia y escamosa. La paradoja es que emprende esta reivindicación de aquel cine povero y lo hace gastándose una pasta gansa con la cual gente como Arnold, Corman o Tourneur habrían facturado toda su filmografía y aún les habría sobrado para pipas. Veo esta puesta en escena de historia de amor con bella chica sordomuda enamorada de la bestia batracio y en todo momento parece que el ya no tan nuevorriquismo de Del Toro impone la ostentación sobre el alma.

Aunque en una tele en blanco y negro veamos a Alice Faye, Betty Grable o Carmen Miranda, el filme juega a kitsch pero nunca logra serlo porque le puede la opulencia. La forma del agua quiere ser una oda a aquella sci-fi de tres peniques y sesión doble pero ese espíritu está betabloqueado por tanto dólar, tanto aparataje brillante pero huero. Y nunca termina de coger vuelo porque lo que hace Del Toro, pobre niño rico, es propulsar su película con cañones de humo, con ventoleras de diseño que no me enfadan pero tampoco me emocionan.

Pero el cine relevante, el que quedará como indeleble, lo aportó el insigne veterano de tantas guerras pardas o innobles llamado Paul Schrader, guionista de Taxi Driver o Toro salvaje, director de Hardcore o Mishima. Es la de Schrader una resurrección brava e insólita porque venía de pegar tumbos en pelis con actores porno o locuras con viejos compañeros de juergas tóxicas. He aquí que el cine nos reserva sorpresas tan formidables: este tipo de biografía feroz y demencia calvinista, que dormía con pistolas y se puso ciego de casi todo, emerge con una obra incendiaria y colosal, First Reformed, en la cual recupera tantos años después el derecho a filmar un guion propio.

De ahí surge, ya para la leyenda, un nuevo ecce homo marca Schrader, como el Travis de Taxi Driver o el Nick Nolte de Affliction. Con este último es con el que más similitudes guarda el sacerdote en descenso a los infiernos destructivos y purificadores que borda Ethan Hawke. Su autoinmolación se nos sirve con gélida sobriedad pero abocada hacia el terreno previsto de la catarsis y la flagelación desquiciadas, ese camino del exceso que lleva hacia el palacio de la sabiduría o de la locura. En ese vértigo Schrader está a punto de proponer un hoy inimaginable clímax metaterrorista con hombre-bomba inmolado en una catedral llena de tipos que aman el calentamiento global. Opta por un plano donde ganan en el trance la perdición o el amor -Amanda Seyfried- y que retoma de su propio guion el círculo pasional de Fascinación, aquella otra obra maestra cuyo guion firmó para Brian de Palma.

Lucrecia Martel, visionaria

A El Deseo de los Almodóvar hay que agradecer que se embarquen en una empresa tan fascinante como inusual, la adaptación de Zama, la novela de culto argentina de Antonio di Benedetto, algo así como un selvático Esperando a Godot. Y que pongan ese material en manos de la gran Lucrecia Martel, cineasta capaz como casi nadie de sumergirnos en este averno intemporal con su agonista varado en estación febril. La experiencia, tan exigente como mesmerizante, es un prodigio de cine hipnótico, que te atrapa y te hace girar sobre ti mismo, te mete en la piel sudorosa de ese funcionario desnudo en su ínsula paraguaya. Te desnorta hasta despojarte de tu identidad. Es cine visionario, alucinógena emulsión, obra capital de la que habrá que hablar con reposo.

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