James Franco glorifica el cine «freak» en «The Disaster Artist»

El director y actor está lejos de elevar un discurso a la altura de la que nos legó Tim Burton en la sublime «Ed Wood»


San Sebastián / E. La Voz

Hay pocos placeres metacinematográficos equiparables al de celebrar en el ritual de una sala llena un filme que, por su maldad inconmensurable, genera el regocijo, la catarsis de la carcajada no pretendida. Recuerdo un pase en este mismo festival, en el 2003, de la única película que dirigió el escritor Juan Madrid, Tánger. Supongo que no le apeteció volver a autoinmolarse. Los que estuvimos en aquel aquelarre de la risa convulsa, proyectado a medianoche, con Jorge Perugorría haciendo de marroquí y Ramoncín de gánster engominado hasta las cejas, aún nos lo recordamos unos a otros.

En The Disaster Artist, James Franco reconstruye el rodaje de una de esas películas trash cuyos desatinos reubican como objetos de culto: el de The Room, pastiche de desatinos en cadena que dirigió, produjo e interpretó un perro verde llamado Tommy Wiseau, precisamente el mismo año en que Juan Madrid pergeñó aquel otro disaster ibérico que les mencionaba. No habría entradas que pagasen la cotización en juergas de un programa doble de Tánger y The Room. El filme de Franco es una muy divertida reivindicación del freakismo en el cine, de esos aspirantes a peores directores de la historia, centrada en Wiseau y su opera magna del cine basura. Posee gracia el acercamiento a aquel rodaje esperpéntico, con el propio Franco ejerciendo del histrión megalómano y apaleado. Pero está lejos de elevar -más allá de la fresca humorada- un discurso a la altura de aquella obra elegíaca en torno a los alucinados y fallidos visionarios que vestían jerséis de angorina y dormían en ataúdes de morfina que Tim Burton nos legó en la sublime Ed Wood.

La vida y nada más, del español afincado en EE.UU. Antonio Méndez Esparza, explica mejor que la mayor parte del cine genuinamente afroamericano la herida racista que aún supura supremacismo, la obscenidad que muchas veces no luce exhibicionismo de Ku Klux Klan, sino que anida en blanqueados parques habitados por supuestos progres. Contenida en su trabajo con actores no profesionales y en su remix de docu y ficción, pasa del costumbrismo tranquilo a una cruz de navajas que estremece y que la convierte en una de las dos o tres obras necesarias en la pugna por la Concha de Oro.

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