Ishiguro, la intuición de las tempestades

Xesús Fraga
xesús fraga REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

BEN STANSALL | AFP

El Nobel distingue una obra que revela «el abismo bajo la ilusión de conexión con el mundo»

06 oct 2017 . Actualizado a las 07:59 h.

En 1960 Shinzo Ishiguro dejó Japón para aceptar un puesto en el Instituto Nacional de Oceanografía británico, para el que desarrolló una gigantesca máquina que predecía tempestades y su impacto en la costa. Su mujer y sus dos hijos, Fumiko y Kazuo, también abandonaron su Nagasaki natal para establecerse con él en Guildford, en el condado de Surrey. Los Ishiguro esperaban quedarse apenas un par de años, por lo que mantuvieron viva la conexión de sus hijos con su cultura originaria a través de libros y otros materiales. El tiempo pasó. Nació otra niña, Yoko. Asistieron primero al colegio, a la universidad después. Kazuo, que contaba cinco años cuando cambió un país por otro, no volvería a Japón hasta ser adulto, convertido ya en escritor.

Esa dualidad cultural, ese trasplante biográfico, esa filtración de lo japonés en la cotidianidad inglesa, son la base de la carrera de un Kazuo Ishiguro a quien ayer la Academia Sueca distinguió con el Premio Nobel de Literatura: «En novelas de gran fuerza emocional, ha revelado el abismo bajo nuestra ilusión de conexión con el mundo», decía el jurado. Ishiguro, como su padre, intuye las tempestades: en su caso, las que azotan a personas atrapadas entre sus deseos y sus contradicciones, entre lo que anhelan y lo que se espera de ellos, individualidades confrontadas muchas veces con circunstancias de magnitudes históricas.

Cantautor y trabajador social

Japón afloró de forma más clara en las dos primeras novelas de Ishiguro, Pálida luz en las colinas y Un artista del mundo flotante. La primera era su tesis para el máster de escritura creativa de la Universidad de East Anglia, donde tuvo como tutores a Malcolm Bradbury y Angela Carter. El paso por Norwich abrió un paréntesis en su empleo en Londres como trabajador social con personas sin hogar; antes, al acabar su ciclo escolar, se había tomado un año sabático para recorrer Estados Unidos con una guitarra: el Ishiguro adolescente soñaba con ser cantautor.

Los mejores novelistas jóvenes

A la cálida acogida crítica de su debut le siguió el notable éxito de Un artista del mundo flotante, escrita tras el retorno a su labor social. Ya había sido incluido en la primera lista de la revista Granta de los mejores novelistas jóvenes británicos y el espaldarazo le permitió consagrarse por entero a su próximo libro.

El resultado fue Los restos del día, premio Booker en 1989. Ishiguro cambiaba su anterior enfoque oriental por una novela en apariencia esencialmente británica: recurría al cliché de la mansión rural y examinaba la obsesión insular con el estatus y las clases sociales a través del memorable personaje del mayordomo Stephens. Bajo su gesto imperturbable y sus lealtades infranqueables, el lector presiente la tempestad íntima que acaba por quebrar al fiel sirviente.

Del mismo modo, el escritor le dio la vuelta a dos tópicos muy asociados a la novela británica en Nunca me abandones -los alumnos de internado-, ocultando de nuevo tras una apariencia de normalidad un horrible futuro, y su último libro hasta la fecha, El gigante enterrado, que evoca un pasado de leyenda. Esta obra va camino de su adaptación al cine, terreno que le ha sido propicio, con las versiones de Los restos del día y Nunca me abandones, además de su guion de La condesa rusa para Merchant-Ivory.

Ishiguro también ha cultivado el relato. En el volumen Nocturnos está muy presente su pasión por la música: no habrá conseguido ser cantautor, pero sí ha escrito letras para la cantante jazz Stacey Kent. No en vano asegura que su héroe «era y todavía es» quien lo ha precedido en el Nobel de Literatura: Bob Dylan.

Kazuo Ishiguro en cinco libros

«Pálida luz en las colinas»

Una mujer japonesa asentada en Inglaterra, cuya hija se ha suicidado, reflexiona sobre su pasado y la sombra que ha proyectado. El arranque, en el que se explica el porqué del nombre de la hija, Niki, es un prodigio de sugestión y sutileza que al final revela el horror en toda su magnitud.