Nicolas Cage se ríe de su sombra en la impagable «Mom and Dad»


Sitges / E. La Voz

Hay un curioso nexo entre el cine más poderoso que protagoniza las primeras jornadas de este festival: la tragedia de los padres forzados a desafiar el mayor abismo de las leyes naturales: el de matar a sus propios hijos. Esto está en la médula de la estremecedora The Killing of a Sacred Deer, de Yorgos Lanthimos y es también el eje de Mom and Dad, de Brian Taylor. Solo que lo que en el film de Lanthimos era dantesco y salomónico juicio de sangre, en Mom and Dad, Taylor lo subvierte y transforma en comedia sardónica, negrísima, de macabro y muy afilado sentido del humor. Es como una rebelión de los simios -de los padres- que vuelcan los roles de la sociedad patriarcal del revés. Desde sus créditos setenteros, con el Yesterday, When I Was Young de Roy Clark, se intuye que esto va a ser un mordaz aquelarre, anti-nostalgia del choque generacional. Y como abanderado de la impagable boutade, un Nicolas Cage totémico, con pelo eléctrico, como salido de un shock de alto voltaje de Crank, el film que dio a conocer al director de este tan disfrutable ¿quién puede matar a un padre?

También hay más que puro cine de género en dos películas de zombis e infectados que mantienen alto el nivel. En The Cured, David Freyne propone un apetecible juego de lecturas políticas sobre clases y patrias -en una Irlanda de look visual emparentado con el cine y los pasajes de los años de plomo del IRA y los unionistas- donde, tras una salvaje mutación viral se confrontan los sanos, los curados y los mutantes. Ese criss-cross, que funciona también de manera impecable como película de infecciones colectivas puramente afincadas en el terror, recupera a la un tanto olvidada Ellen Page.

La canadiense Les Affamés, del quebequés Robin Aubert podría ser otra ración de inquietos no-vivos. Pero la elegancia de su puesta en escena y de los escenarios naturales para la acción de lo que finalmente es un fiel ejercicio de survival, logra que los materiales que maneja parezcan novedosos. Y trasciende esa recurrencia: la de que todos nosotros tengamos un novio o un muerto viviente en cada esquina de la oferta cinematográfica o televisiva.

Sobre una de las secuencias germinales de la historia del cine, la de la ducha de Psicosis, versa el documental 78/52. En él gente como Peter Bogdanovich, Brett Easton Ellis y Guillermo del Toro diseccionan los 52 planos en los que Hitchcock, Saul Bass y Bernard Herrman pusieron el star-system patas arriba al asesinar a Janet Leigh a los 40 minutos de metraje.

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