Hace medio siglo, Penn y Beatty removieron los cimientos de la industria
09 oct 2017 . Actualizado a las 08:02 h.«En aquellos años, la guerra del Vietnam se metía en los hogares norteamericanos por la televisión. Imágenes muy violentas y sangrientas, y yo entendía que el cine no podía renunciar a esa visualización porque iría contra la realidad. A Clyde Barrow y a Bonnie Parker, los acribillaron y no podía mostrarlo con el falso artificio empleado hasta ese momento por el cine». Así justificó el director estadounidense Arthur Penn (1922-2010) en A Coruña el impacto de la secuencia final de Bonnie & Clyde, que ahora cumple medio siglo y entonces irrumpía con una explicitud de violencia y sexo inusual en el Hollywood de entonces y que provocaría, también, que la censura española la «suavizara» para su estreno.
El acreditado Peter Biskind en su imprescindible Moteros tranquilos, toros salvajes (Anagrama) considera que «los trece años transcurridos entre Bonnie & Clyde (1967) y La puerta del cielo (1980), delimitan la última época en la que hacer cine en Hollywood fue realmente emocionante». A ese período se lo conoce como el Nuevo Hollywood, una brillante camada de autores que incluyeron además de al propio Penn, a Coppola, Scorsese, Spielberg, Lucas, Friedkin, De Palma, Schrader, Altman y muchos otros, en los que ellos imponían las reglas y los productores se limitaban a su papel, sin intervenir en el proceso creativo y dejando todo el protagonismo a guionistas, pero sobre todo a directores. El fiasco económico de la por otra parte brillante La puerta del cielo, con la que Michael Cimino hundió a United Artists, devolvería el control a los Estudios, pero esa es otra historia.
Un bache tras un fracaso
Cuando Beatty acudió a Penn para proponerle el guion que Robert Benton y David Newman trabajaban desde 1963, el director pasaba un bache tras el fracaso de sus anteriores Acosado (1965) -con el propio Beatty, igualmente cuestionado- y La jauría humana (1966), que le remontaría el productor. Beatty les compró el guion sobre la pareja de ladrones y criminales Bonnie Parker y Clyde Barrow -Faye Dunaway-, desde 1931 hasta su acribillamiento en una carretera de Luisiana, tres años después. Acudió a Jack Warner para que se lo cofinanciase, algo que logró muy a regañadientes. La operación resultaría muy rentable, pues su coste de dos millones y medio de dólares, recogió 50 millones brutos en el mercado local y 70 en todo el mundo. Pero lo más importante era que su propuesta formal y temática, anticipaba la revolución que poco más de un año después removería los cimientos de Hollywood, con la contracultural Easy Rider (1969), a cargo de Dennis Hopper, a la que secundaría Sam Peckinpah con su violento wéstern Grupo salvaje, en el mismo año. Beatty repuntaría su carrera para convertirse en productor y actor de gran influencia, y Penn -que provenía de la llamada Generación de la televisión de los años 50-, normalizaría su carrera con El restaurante de Alice (1969), Pequeño Gran Hombre (1970) y La noche se mueve (1975), entre otros.
Cuando el director visitó A Coruña: «De buena gana me quedaría a vivir en Galicia»
Año 2005, estrenábamos primavera. Arthur Penn visitó Galicia por primera y única vez para acercarse al CGAI en A Coruña, acompañado del entonces director de Filmoteca Española, el gallego Chema Prado. Llegaban de una visita privada a Santiago de Compostela en un fin de semana lluvioso. Como agnóstico confeso se declaró asombrado por la arquitectura de su catedral, aunque encontraba inexplicable su construcción…
Venía para la proyección del wéstern desmitificador Pequeño Gran Hombre (1970), acompañado de un coloquio que moderé, invitado por el entonces director de la institución, el añorado José Luis Cabo. Previamente, Penn concedió una única entrevista, publicada en parte por La Voz de Galicia, en la que revisamos su cine y la realidad del momento.
Consideraba la guerra de Irak «una locura que divide a mi país»; mostró su antipatía por Bush aunque discrepaba de su amigo Dustin Hoffman con lo de exiliarse a Londres: «Prefiero quedarme en Nueva York e intentar cambiar las cosas desde dentro»; de Tarantino: «No me interesa la casi totalidad de su obra»; del cine español solo conocía a Almodóvar, «un monstruo»; Mar adentro le pareció «valiente, dura», y finalmente, fascinado por su paisaje, su patrimonio y su gastronomía, admitió, más allá de la cortesía, que de buena gana se «quedaría a vivir en Galicia».