La fuerza de la unión


¿Es imaginable una Asturias sin Europa? En los lazos invisibles que unen la historia y la humanidad, esas huellas a veces desdibujadas que se entrecruzan en la arena húmeda de las playas están las respuestas. Desligar nuestro pasado, presente o futuro de Europa resulta ridículo o estúpido: sería como arrancarse un brazo con una sierra radial. La historia de este continente, capaz de alumbrar a Leonardo, Napoleón, Teresa de Ávila, Marx, Hitchcock, Marie Curie, Carlomagno, Mozart o Hitler es tan atrayente como a veces repulsiva. La de pueblos empujados al progreso y a la destrucción, al avance del conocimiento y a la guerra compulsiva. La paz como un oasis en el desierto. Pese a ello: la Europa de la sabiduría, del arte, del humanismo. Europa como germen de una sociedad igualitaria, de la búsqueda patentada del estado del Bienestar. También la Europa que irradia ideas como polen, de libertades luego contagiadas al resto del orbe. La luz de Europa pero también la sombra de la guerra permanente, casi ininterrumpida durante centurias, con la traca final de la Gran Guerra del siglo XX, la gran máquina picadora de carne en la que el continente se inmoló. Un conflicto de nacionalistas airados, un insulto a la humanidad.

Siempre me ha atraído la figura de Robert Shuman, un espejo discreto del deambular europeo en la primera mitad del siglo y una pieza dovela en el discurrir posterior. Un luxemburgués de cuna, también alemán y francés, que vivió las dos guerras mundiales, sobrevivió a ellas e impulsó el nacimiento de la Unión Europea. En esos primeros pasos está el afán por intentar zanjar de una vez las guerras, de luchar con fiereza contra el separatismo nacionalista mediante la unión de los pueblos. Luego llegaría el Tratado de Roma y ese embrión fue germinando hasta lo que ahora conocemos. Con sus virtudes y defectos burocráticos, con sus zancadillas en forma de Brexit, con ese giro derechista en su política de refugiados (se traiciona a sí misma), con ese afán por un austericidio injusto, pero con más futuro del que sus enemigos (ideológicos, comerciales) vaticinan. La vieja Europa, que tiene que seguir empecinada en una sociedad del Bienestar, pacifista, más desmilitarizada que nunca, sigue viva, aunque le pesen a unos cuantos neocons o ultras. O al Putin de turno.

Los premios Princesa de Asturias premian a Europa. Se cumplen ahora 60 años del Tratado de Roma y también más de 70 años del fin de la Segunda Guerra Mundial. Con la excepción del polvorín de los Balcanes, años de paz y del nacimiento de una armonía de los pueblos que debe ir creciendo hasta la utopía final de un único pueblo en el planeta, con un interés común. Los galardones de Asturias de este año se han centrado así en las uniones, en las alianzas. El hombre es un ser social que vive de frente a sus semejantes, no a la espalda. Así lo han ido entendiendo los sucesivos jurados en un leit motiv que recorre la espina dorsal de los galardonados de este año.

El premio de la Concordia ha recaído en la Unión Europea, que promueve la fusión frente a la fisión nacionalista. Comunicación y Humanidades ha enfocado a un coro genial, un combo humorístico que va más allá de la música y del humor, con Mastropiero como maestro de ceremonias de Les Luthiers. Investigación Científica y Técnica ha galardonado a Rainer Weiss, Kip S. Thorne, Barry C. Barish y la colaboración científica Ligo, que implica una premisa: el conocimiento circula en cadena, no aislado, sino transmitido y enriquecido. La detección de ondas gravitacionales supone ratificar al genial Einstein y abrir nuevas ventanas en el Universo. La Hispanic Society of America, distinguida con el premio de Cooperación Internacional es una ramificación de España y Portugal en Nueva York, una demostración de cómo las semillas culturales cuajan en cualquier tierra, sin distinción de fronteras. Que Velázquez no pertenece a un país sino que su aportación al espíritu humano y al mundo de las emociones se expande irremediablemente.

Cada haka de los All Blacks son ya un modo de expresión colectiva. Una danza maorí signo de hospitalidad y también de intimidación, ahora vista como un ritual de unión. Los All Blacks son un ejemplo de integración racial dentro de un deporte, el rugby, en el que la colectividad siempre se impone a la individualidad y en el que la fraternidad es un aporte básico.  William Kentridge, el premiado en Artes, conoció de primera mano el apartheid surafricano y el racismo en su máxima expresión. Su obra aborda la condición humana a través de retazos de la historia de su país, profundamente dividido en su día y que busca la reconciliación. Adam Zagajewski traerá a Oviedo su pulida poesía, su amor a la palabra y a Antonio Machado, su mensaje de resistencia frente a las dictaduras, su amor a la tolerancia. Y Karen Armstrong, premio de Ciencias Sociales, aportará su visión ecuménica de las religiones, su obsesión por la compasión, por resucitar la regla de oro que haría mucho mejor a nuestro mundo: Trata a los demás como te gustaría que te tratasen a ti. No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hiciesen a ti. Palabras sencillas en un mundo complejo, en una nueva semana de humanismo que impregnará a Asturias.

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