«Entiendo el mundo como un proceso en vez de como un hecho»

El artista sudafricano William Kentridge dibuja, hace grabados y monta óperas y cuenta en esta entrevista cómo influyó en su visión del arte crecer durante al 'apartheid'

William Kentridge junto a su obra «Triumphs and Laments», en Roma
William Kentridge junto a su obra «Triumphs and Laments», en Roma

Redacción

William Kentridge (1955) envía un archivo de sonido desde Johanesburgo para responder a las preguntas que este periódico le hizo llegar por correo electrónico. Es una mañana soleada de primavera en su ciudad natal, según cuenta el artista sudafricano, y en la grabación se cuelan de fondo la animación y el tráfico de una calle bulliciosa. Con la ventana cerrada, sin embargo, el estudio es el refugio donde Kentridge, un autor polifacético y multidisciplinar, descansa de sus viajes por el mundo, encuentra la calma tras su trabajo como director de óperas a la cabeza de numerosos equipos y crea nuevos dibujos y esas fascinantes animaciones que le han hecho conocido y respetado en el mundo entero.

-No hay ninguna manera sencilla de clasificar su obra. Dibuja, hace grabados o dirige películas de animación. Últimamente ha puesto en escena varias óperas. ¿Hay un solo hilo que dé unidad a toda su producción?

-Toda mi producción casi es un dibujo. A veces, simplemente un dibujo en una hoja de papel, es decir, un dibujo convencional en dos dimensiones. A veces, borro un dibujo y lo rehago en fotografía para que se convierta en una película animada, y ahí tenemos las dos dimensiones más el tiempo en el que se mueven, lo que hace tres dimensiones. Y, por último, a veces preparo proyecciones que van incluidas dentro de una representación teatral; en ese caso, tenemos una suerte de dibujo en cuatro dimensiones, muy expandido en el espacio y a través del tiempo. Pero en todos los casos hay un mismo procedimiento en mi trabajo: el principio de hacer un dibujo a partir de algo que no conozco y de establecer una conversación con él a  medida que va surgiendo.

-Con tantas herramientas a su alcance, ¿le gusta forzar los límites de las posibilidades de cada una?

-No creo que sea forzar los límites. Considero que uso medios nuevos para provocar reflexiones o ideas distintas de las que producen los medios que ya he usado. Usar  así las exigencias narrativas de una obra de teatro me inspira imágenes dibujadas que no habría alcanzado si simplemente me pusiera a dibujar. O trabajo con las necesidades de una ópera concreta y hago una película de animación acorde con esas exigencias que es también una manera de cambiar el propio proceso de hacer la película. Esas incitaciones que vienen de las exigencias de los distintos medios son muy importantes para mí. Y luego está el problema de esforzarse mucho para mantener unidos los egos de todo el mundo que trabaja en esos proyectos (los actores, cantantes, diseñadores, directores y músicos de una ópera) con la visión central que lo organiza todo. Desde luego, esa es una gran parte del trabajo cuando hablamos de producciones de un tamaño tan grande. En la calma de mi estudio, hacer dibujos a solas me sirve para relajarme, es un gran momento de vaciado. Pero cuando ya te has relajado y estás preparado otra vez, necesitas algún estímulo o alguna exigencia para volver a ponerte nervioso.

-¿Cómo escoge los proyectos y qué técnicas aplicarles?

-Cada proyecto tiene que cumplir el requisito de que me interese su tema. Por ejemplo, la Primera Guerra Mundial. Pienso en 'Wozzeck' o en la naturaleza frágil de la vida. O en 'Lulú'. Y luego tiene que haber algo que conecte ese interés por el tema con un medio de expresarlo o con un material. En 'Lulú' fue la tinta. La tinta era sangre y transportaba la ópera hacia los dibujos. En 'Wozzeck' fue un trozo de carboncillo, la música de Alban Berg para la ópera y el grano de unas viejas fotografías en blanco y negro de la Primera Guerra Mundial. Para mí, esas conexiones son importantes.

-¿Cómo es su trabajo diario? ¿Cómo escoge y da prioridad a unos trabajos sobre otros?

-Cada mes hago una lista y también pienso en todos los obras para un año, y de esa manera sé cuándo se convertirá cada proyecto en el centro de atención. En una mesa tengo un papel con las actividades que tengo que hacer y con las partes de otros proyectos que no puedo olvidar. Pero la lista cambia continuamente, y cambia porque cuando uno empieza un dibujo nuevo, por más que tenga una lista con los que piensa que va a hacer todo el resto de esa semana, la verdad es que puede sentirse otro estímulo y uno abandona todo esos planes para la semana y simplemente sigue esa novedad que acaba de aparecer. En definitiva, hay un balance entre lo inmediato, con sus placeres y sus presiones, y la noción de que existe un horizonte mayor de grandes proyectos que reclaman atención a medida que se acercan a su final.

-Ha fundado usted un espacio artístico en Johanesburgo. ¿Cómo elige a los artistas que participan en él? ¿Qué le llama la atención?

-Se llama Centro para la Idea Menos Buena y es un espacio para proyectos pequeños e interdisciplinarios y acoge a artistas y comisarios de exposiciones para hacer obras y conservarlas. Tiene muchísimo que ver con mis talleres, con probar, con ver, por ejemplo, qué pasa cuando un bailarín trabaja con un técnico digital y un poeta. También tenemos coreógrafos que colaboran con directores de cine. Pero nuestra línea es elegir proyectos pequeños y tranquilos para permitir que brote la chispa entre las energías de personas diferentes. Ahora vamos por la mitad de la segunda temporada y hemos visto algunas obras destacables de danza y teatro, además del trabajo de gente que hace rastreos digitales del cuerpo con música y actores en directo. Creo que es una expansión tanto para los artistas, que se abren a las posibilidades de nuevos mundos, como para el público de Johanesburgo. Es un ambiente de trabajo distinto. Significa proyectos de pequeña escala y naturaleza fragmentaria, pero también es un lugar donde probarse, ponerse a prueba y recibir apoyo.

-Los críticos siempre destacan la dimensión social de su obra. ¿Es inevitable para alguien que creció bajo el 'apartheid'? Sus padres eran activistas para abolirlo. ¿Qué aprendió de ellos?

-Es una pregunta difícil. Lo evidente es que aprendí a ver que las paradojas, las contradicciones y las anormalidades eran la clave para comprender Sudáfrica. Y que esas contradicciones y la naturaleza paradójica del 'apartheid' no eran errores situados en la periferia del sistema, sino que eran intrínsecos a él, estaban en su mismo centro. Y eso se traslada a las formas artísticas para entender no solo el 'apartheid' sino todo el mundo. Este es un mundo de transformaciones, de cosas ocultas, de palabras que dicen una cosa cuando quieren decir otra, de metamorfosis en el mismo centro de ese mundo. Entiendo el mundo como un proceso en vez de como un hecho.

-¿Hemos visto poco de su obra en España por falta de ofertas interesantes?

-Bueno, mis dibujos han estado en España bastantes veces. Aparecen en las representaciones de Handspring Puppet Company, la compañía de títeres con la que trabajo. Han actuado en Granada y Sevilla y en festivales de Málaga y Barcelona. En varias ocasiones, han hecho obras en Madrid, y en Bilbao y Valencia. Es verdad que no ha habido una gran exposición como la que se inaugurará pronto [en noviembre] en el Reina Sofía desde que monté la del Macba, en Barcelona, hará ya unos dieciocho años, pero siempre me ha alegrado tener abiertas conexiones de distinta clase con España. También hay una editorial en Madrid que publica mis libros de artes.

-Se ha hablado en Oviedo sobre la posibilidad de que pinte un mural en la ciudad. ¿Ha tenido ofertas formales o tiene alguna idea al respecto?

-No hago murales. Sí hice un grafiti en Roma, pero eso tuvo que ver con los detalles concretos del lugar: las bacterias de la pared, la relación que establecía con el río, la gran escala de un proyecto de 500 metros y su carácter efímero, porque desaparecerá en un plazo que va de cinco a siete años. Todo eso es algo muy diferente de pintar un mural. La verdad es que no estoy tan interesado en los muralistas españoles como en los mexicanos y en esas artes latinoamericanas que trabajan con imágenes públicas de gran tamaño. Pero no me imagino que llegue a pintar nunca un mural en ese sentido. Sí hay esculturas bidimensionales que he hecho en Italia y en algún otro lugar más que, en cierto modo, son como murales porque, aunque son exentas y están a cierta distancia, deben verse contra una pared. Funcionan como un mural. De todas formas, no he recibido ninguna noticia oficial acerca de un mural en Oviedo y, por lo tanto, en este momento no tengo ninguna idea sobre él. Pero estoy deseando llegar a Asturias y ojalá tenga algún momento para subir a esas montañas asombrosas que he visto por la televisión en las retransmisiones del ciclismo en la Vuelta a España. Por supuesto, estar en España en este momento de extraordinaria tensión con Cataluña será fascinante.

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