Luthierólogos y mastropedas leen la cartilla a Les Luthiers

El Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo se llenó para un acto que, por la vía de la parodia, rindió un homenaje académico de gratitud a los ganadores del Premio de Comunicacion y Humanidades

Integrantes de Les Luthiers junto a los participantes en el «Curso», en el Paraninfo de la Universidad de Oviedo
Integrantes de Les Luthiers junto a los participantes en el «Curso», en el Paraninfo de la Universidad de Oviedo

Oviedo

Un clásico es aquel que se las apaña para seguir vivo incluso dentro de una aula universitaria. Un clásico es también una especie de navaja suiza de la que se puede echar mano para todo. O una caja de herramientas que se puede saquear a cualquier hora y para cualquier apaño. Y que, de una manera u otra, siempre resuelve el apuro. Johann Sebastian Mastropiero, que tan poco ejemplar fue para tantas cosas en su fabulosa vida, es al menos un ejemplo de esto: un clásico perfectamente vivo que da para que saquen jugo académico lingüistas, filósofos, musicólogos, comunicólogos o dramaturgos. Y lo mejor es que, como todos los clásicos, con cuerda para rato. Tanta como puedan llegar a tener quienes desde hace medio siglo son sus mayores biógrafos, intérpretes, exégetas y, sobre todo, críticos.

Lo confirmó anoche uno de ellos, Jorge Marona, sentado junto a sus compañeros en sede universitaria: «Yo tomé conciencia de esto al hacer el libro de fotos que acabo de presentar en Buenos Aires: Les Luthiers son un ser vivo que se modificó a lo largo de estas décadas. Creo que pueden seguir adelante, tal vez sin los históricos originales, porque confio en el producto que hicimos, en la idea de le Les Luthiers y en tantas obras tan buenas -y perdón por la inmodesta- que han sido puldas a lo largo de muchos años: esas obras con buena interpretación pueden seguir adelante más allá de nosotros».

Fue quizá el mensaje más sentido y confortador de la sesión que anoche, en el Paraninfo de la vieja Universidad de Oviedo, entronizó la Lutheriología o la Mastropedia como disciplinas universitarias. Entre divertidos, agradecidos y confesionales (y también venerables) Marcos Mundstock, Carlos López Puccio, Carlos Núñez Cortés y Jorge Marona asistieron, y algo colaboraron además, en un concienzudo despiece multidiscipliar de su criatura a cargo de una academia de ilustres estudiosos que ofrendaron a los Premios Princesa de Comunicación y Humanidades 2017 un festín de agradecidos fragmentos de erudición luthier.

Les Luthiers, en el Paraninfo de la Universidad de Oviedo
Les Luthiers, en el Paraninfo de la Universidad de Oviedo

Empezando por el rector, Santiago García Granda, fueron testigos de primera mano los alumnos de este Curso poco extenso de Extensión Universitaria que cupieron en el Paraninfo, los que se apostaron un poco más afuera, en el vestíbulo de entrada, los que llenaron el salón de actos y algunos otros que siguieron el primero de los dos encuentros con el público del grupo argentino desde los monitores instalados en el atrio de la sede universitaria.  Presenciales o a distancia, todos ellos recibieron con un cálido aplauso a los «apóstoles de la inteligencia» a los que el rector  recibió con ese título en una breve intervención preliminar. Sobre el escenario del Paraninfo, escoltaron a los invitados y oficiaron como moderadores los profesores Miriam Perandones y José Errasti, y fueron desfilando, uno tras otro, los ponentes convocados para el caso: Antonio Rico, Enrique Mastache, Félix Fernández de Castro, Alejandro G. Villalibre, Ignacio Ortega y Pablo Martinez Menéndez. Todos ellos compartieron pajarita, sabiduría luthieresca y un estribillo machacón tomado en préstamo a los homenajeados:  «Yo pregunto, yo pregunto y alguien quiero que me responda».

Aunque Mundstock hizo ademán de abandono de la sala después de escuchar el interminable título de la primera ponencia, él y sus tres compañeros permanecieron no solo sentados sino también sonrientes y encantados ante el espectáculo que esta vez se les ofreció a ellos: un homenaje que, en definitiva, y según resaltaron varios de los ponentes, era sobre todo un acto de gratitud para quien «enseñó a ser mejores personas», «mirar de otro modo», ayudó a hacer más soportables las clases de fonética (con ayuda del balido de una oveja) y, a diferencia de las redes sociales o la televisión de este tiempo, «no nos desconecta de nada, nos conecta entre nosotros y con lo mejor de la vida». Mediaron incluso propuestas de matrimonio para estos risueños «hombres del Renacimiento» que han derramado durante medio siglo «un humor que juega con lo mejor de nuestra cultura, que nunca hace escarnio ni burla fácil» y una música que a veces, invirtiendo la parodia, ha sido el original por el que se ha llegado a escuchar a los maestros clásicos (que no son Mastropiero).

Aportaciones al curso

La pregunta lógica, después de que las ponencias pusieran de relieve todo esto, tuvo también una respuesta lógica. «¿Cómo han llegado hasta aquí?», preguntó José Errasti. «Nos trajeron en auto del hotel», replicó López Puccio, primero en intervenir de los cuatro premiados, «profundamente conmovidos y sorprendidos».

A partir de ahí, en conversación con los moderadores, los luthiers históricos realizaron sus aportaciones de primera mano al curso. Así, Jorge Marona se remontó a los orígenes para recordar el nacimiento de lo que entonces se llamaba aún I Musicisti en el seno del Coro de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos aires, «un coro con una jerarquía importante y con un repertorio muy eclectico» y del que se desgajó, «como en todo grupo humano, un subgrupo que empezó a mirar detalles y hacer chistes sobre eso». El vínculo de música y humor que se forjó entre aquellos universitarios daba en principio para componer lo que luego fue la fundacional Cantata Laxatón. «No podíamos imaginar que aquello durase ni una semana más; fue un milagro», aseguró Marona.

Marcos Mundstock jugueteó con el secreto de la fecha nacimiento de Matropiero, sobre la que hay -aseguró- «estudios de fans que han instalado la polémica de en qué año vivió». «Pero no se sabe. O sí, pero no lo vamos a decir», añadió. Solo se pudo precisar que nació un 7 de febrero, y que la Pasión según San Mateo interpretada en una iglesia alemana en 1720 «definitivamente no le pertenece».

Les Luthiers recordaron anécdotas de sus inicios, cuando no siempre se sabía qué era lo que ofrecía el grupo y se podía acabar -como les sucedió en San Sebastián- recontratados para un «concierto de abono para gente mayor» que «nunca llegó a enterarse de que el espectáculo era de humor». 

También hablaron del enriquecimiento de sus procesos creativos, desde el inicial tándem Gerardo Masana (música) y Marcos Mundstock (texto) hasta otros «más extensos y democráticos» en los que se llegaron a componer «textos de canciones entre seis simultáneamente» y se fueron enriqueciendo los números con «partes más actorales, más teatrales, aprendiendo lo que es el tiempo teatral». Con todo, son los textos el apartado más laborioso. «Pueden llevar muchos meses», aseguró Marona.

Sobre el verdadero fondo de todo lo luthier, el humor, Marcos Mundstock calcula que «en sus tres cuartas partes» sigue siendo el mismo de los inicios. Aunque haya habido que pasar de la época de la censura militar a la de las exigencias de lo políticamente correcto, como puntualizó López Puccio. «El cuerpo principal ha seguido mayormente igual. Feminismo o violencia, creo que es eso, nada más», precisó Mundstock.  Citaron como ejemplo la Serenata Intimidatoria -«la historia que contamos es la de un energúmeno, estábamos condenándolo, pero no hubo caso»- o Alma de corazón, la parodia de los culebrones en la que la pura exageración de los tópicos del género («la fámula, además de trabajar vivía en una choza terrible, violada por su tìo Blas y era ciega, era el paradigma de la desventura») no fue entendida por algunos: «Cuando terminaba el espectáculo nos preguntaban qué teníamos contra los ciegos». La canción fue recortándose. Tanto, que al final desapareció.

El acto concluyó con la concurrencia en pie y un solemne Gaudeamus igitur que dejó de serlo -o quizá lo fue un poco más- cuando se convirtió en una especie de mambo tropical. Marcos Mundstock tomó la palabra para expresar su agradecimiento «de alma» y recordó con emoción que, al final de sus actuaciones universitarias, también cantaban el Gaudeamus. Era un poco antes de que naciera Mastropiero y de que ellos se convirtieran en clásicos. Y también Günther Frager.

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