Gozo escéptico del dietario inédito de Pla

Rescatan unos textos de los años 50 y 60, complementarios de sus «Notas dispersas» y en los que el escritor ampurdanés reflexiona sobre la «enfermedad nacional catalana»


Redacción / La voz

A falta de poder leer lo que, con su irrepetible lucidez, opinaría Josep Pla i Casadevall (Palafrugell, Gerona, 1897-Llofriu, 1981) sobre el desafío secesionista de Cataluña, hay que conformarse con los miles de excelentes páginas que dejó escritas. Ya advertía él mismo sobre la obsesión en su libro El quadern gris (Destino, 1966), en una anotación fechada el 23 de diciembre de 1918 al hilo de unas reflexiones sobre su falta de espíritu navideño y su torpeza social: «Es objetivamente desagradable no sentir ninguna ilusión -ni la ilusión de las mujeres, ni la del dinero, ni la de llegar a ser alguien en la vida-, nada más sentir esta secreta y diabólica manía de escribir (con tan poco resultado), a la cual sacrifico todo, a la cual, probablemente, sacrificaré todo en la vida».

Precisamente, tras este dietario, uno de sus títulos más famosos, Pla publicó otro más, Notas dispersas (1969), en el que reconocía que volcaba prosas de la naturaleza más diversa: «Son notas surgidas al azar, a veces sobre la marcha, otras veces con largos años de distancia: notas de recuerdos, de reminiscencias, de lecturas, de cosas vistas, de escenas que me han venido a la memoria, de obsesiones guardadas en ella largo tiempo, de impresiones inmediatas y casi diría fulgurantes». Además, su libérrima estructura no respetaba un sentido estricto del tiempo, hacía su camino sin someterse al «dogal de la cronología». No podía ser más explícito: «Lo de las fechas es indiferente. Es un cajón de sastre que ha durado toda la vida y que sigue durando», explicaba en una carta a su editor Josep Vergés, al que dejaba claro que no se trata de una colección de descartes de El quadern gris ni tampoco de una antología de piezas extraídas de otras obras anteriores.

Pla había previsto organizar en dos volúmenes este valioso y fragmentario magma -«son formas sin arquitectura interior ni exterior», apuntaba su amigo Joan Fuster, en cuya libertad el autor halla «una vía cómoda para decir lo que quiere decir»-, pero el proyecto quedó inconcluso. Pues bien, el profesor Francesc Montero recupera ahora, de entre los papeles póstumos del escritor, estos materiales y los reúne en un tomo -Hacerse todas las ilusiones posibles y otras notas dispersas- que el sello Destino llevará mañana a las librerías y que perfectamente puede funcionar como aquel previsto segundo volumen de sus Notas dispersas.

Entre el ensayo y el aforismo, el diario íntimo y las memorias, el libro extrae su título de una escéptica nota en la que es especialmente duro consigo mismo y que permite -al no sugerir límite alguno- un amplio espectro de temas: «Nada me hace ilusión. Cuando me hablan de la felicidad, la cursilería de la palabra hace que me parta en dos de la risa. Lo ideal es hacerse todas las ilusiones posibles y no creer en ninguna. Decepcionante, deprimente, qué se le va a hacer».

Se trata por tanto de una prosa de género inclasificable y de estilo natural a pesar de su fragmentariedad, un zibaldone que se resiste a las etiquetas y que bebe de una notable variedad de intereses y modelos, como ha señalado Xavier Pla, director de la cátedra Josep Pla de la Universidad de Gerona, en su ensayo a propósito de la ficción autobiográfica y la verdad literaria en la obra del genio ampurdanés.

Uno de los asuntos centrales que aborda -subraya Montero en el amplio prólogo que precede a estos textos inéditos- es el que el propio Pla califica como la «enfermedad nacional catalana», la circunstancia en que en aquel momento observa Cataluña y lo que define como la «psicología de nuestra alma colectiva». Según razona, la imposibilidad del catalán de identificarse con la cultura española le ocasiona «un sentimiento de inferioridad permanente» y lo convierte en «un hombre sin patria, incapaz de unirse a otros o compartir intereses, hipercrítico, irónico, individualista, frenéticamente individualista, negativo: un hombre enfermizo, sombrío, desconfiado, tortuoso, escurridizo, nervioso, displicente, solitario, triste». 

«Nunca he sido un héroe»

Pla no es menos contundente con la postura de España ante la falta de encaje de Cataluña en el Estado. «Se puede conquistar con un arrebato. Colonizar implica inteligencia», exhorta en el marco de unas tesis que conservan una plena y sorprendente validez hoy en día, más de cincuenta años después de que estos pensamientos fuesen puestos negro sobre blanco. En una línea muy similar, el escritor ofrece unas demoledoras argumentaciones en relación con el colaboracionismo franquista y la blandura de los intelectuales. Aunque resulta igualmente áspero como acusador de sí mismo y su actitud: «Nunca he hablado de política. Es decir: he hecho constantemente oposición no hablando de política. En los tiempos que me ha tocado vivir, no podía hacer nada más. Nunca he sido un héroe -que quede bien claro».

En fin, Pla, genio y figura, descreído, brillante, perspicaz, esquivo... Un gozo para el lector.

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