Podría decirse que la película concluye como arranca, sin gradarse su intensidad emocional más allá de las bajas que se van produciendo en el grupo
25 nov 2017 . Actualizado a las 10:10 h.Asumido que sobre la demencial gesta del alucinado Lope de Aguirre y los suyos, ya Werner Herzog hizo en 1972 la fascinante e inimitable Aguirre, la cólera de Dios, retomar el personaje y sus circunstancias era todo un desafío para Agustín Díaz Yanes, alejado de la pantalla grande desde Solo quiero caminar (2008) y del taquillazo Alatriste (2006). Vista Oro, la conclusión es que pudo haber sido mejor, sobre todo en su estructura narrativa -de road movie, pero en la selva amazónica-, pues podría decirse que concluye como arranca, sin gradarse su intensidad emocional más allá de las bajas que se van produciendo en el grupo, y otro tanto en los personajes, que tampoco admiten demasiados matices pese a que los actores resultan convincentes del primero al último. Puede que la obsesión por orillar hacia el realismo y evitar los tics de género haya llevado al director y al propio autor del relato original y coguionista, Arturo Pérez-Reverte, a que los decesos se produzcan de modo casi ordinario, en donde una puñalada, un degüelle o un garrote parezcan como tomarse un té con pastas a media tarde...
Por no citar los escarceos adúlteros de doña Ana, en los que conviene poner mucha imaginación para creérselos. Pase que ni una maldita rama con espinas dañe su rostro entre tan densa vegetación, y pase que ella y su asistenta sean las únicas mujeres entre tanto machote, pero el personaje pide a gritos otro tratamiento. En fin, más allá de saber a priori del triste desenlace de aquella suicida expedición por la Amazonia del XVI en busca de una ciudad que creen edificada en oro, verdaderamente lo muy notable es todo lo relativo al trabajo de arte, ambientación y localizaciones (exteriores en Canarias, Panamá y Colombia), bien arropados por la fotografía de Paco Femenía. Un diez para esos profesionales, pues se siente la mugre, la roña y hasta sus orines -que suponemos...-, pero de nada vale al no haber dotado de intensidad emocional una gesta de perdedores que ni su dignidad administran. La forma, impecable; el fondo, liviano.