«Transparent»: ¿Me seguirás queriendo si cambio?

A veces la realidad no solo supera la ficción, sino que lo hace a bofetada limpia, paradójicamente, haciéndonos perder de golpe la fe en el ser humano

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Jeffrey Tambor podría interpretarse perfectamente a sí mismo en la quinta temporada de Transparent si no fuese porque parece que, enfadado, le ha dado plantón. Sus curtidos espectadores, acostumbrados a encajar los reveses e infortunios de la atípica familia Pfefferman, ni siquiera pestañearían si esta propuesta de Amazon incorporase en su nueva entrega a un veterano actor, multipremiado por dar vida a todo un símbolo de la honestidad, señalado por acosar en el set de rodaje a sus asistentes y compañeras de reparto, transgénero para colmo, que no es esto ni más ni menos grave, pero sí paradójico. A veces la realidad supera a la ficción tan descaradamente, tan despiadadamente, que de golpe nos hace perder toda fe posible en el ser humano.

No hay avezado intérprete acusado de proposiciones indecentes y comportamiento «insoportable» en la ficción que firma Jill Soloway y que algunos todavía se atreven a calificar de comedia. Pero bien podría. Porque hay -y disculpen los spoilers- traumas y depredadores; hay transexuales, homosexuales y bisexuales; transfobia y discriminación; prácticas sadomasoquistas y adicción al sexo; abortos y abusos sexuales, explícitos e implícitos. Tanto que no es raro que esta exótica especie en el mundo audiovisual por capítulos provoque rechazo a quienes no le hayan dado una mínima oportunidad. Es excesiva, apocalíptica por momentos, demente. Puede que incluso grotesca. Que no les engañe el envoltorio ni el tópico queer: Transparent es elegantísima, inteligente y delicada.

Compleja y auténtica, es mucho más que la historia de un señor muy alto que siempre se ha vestido de señora, apenas la excusa, nexo de un disfuncional clan sin desperdicio, detonante de una sensible aventura coral que, además de entretenernos ha sido capaz de humanizarnos, de remover y reprogramar conciencias. De obrar un milagro que muy pocas piezas consiguen. La mayoría de ellas, es más, ni siquiera lo pretenden.

Cierto que quizá su punto de partida resulte desafinado, pero (de nuevo, la aventajada realidad) lo que sucede en su primer capítulo no es fruto de ninguna imaginación. Pasó. Esa confesión, esa declaración de intenciones replica con algo de literatura una situación real en casa de los Soloway: tal y como hace Morton Pfefferman, el padre de la creadora de la serie le hizo saber un buen día, lo más sinceramente que pudo, que siempre se había sentido una mujer. Hoy ella le llama Moppa (mama más poppa), el mismo cariñoso apelativo con el que Sarah, Josh y Ali se dirigen a Maura, que es Morton cuando, al fin, se reconcilia consigo mismo y su entorno.

Quién soy

Alrededor de ese cambio, de ese paso, quiso Soloway armar un complejo entramado de situaciones cada cual más descabellada a las que el espectador, una vez familiarizado, se enfrenta con entusiasmo y ternura sin importarle que los protagonistas sean una pandilla de pijos californianos, snobs y cínicos, en ocasiones insufribles. Da igual cuánto retuerzan sus tramas los guionistas, qué desvarío, qué filia o fobia les acuñen la próxima vez. El espectador compra encantado, identificado con su insatisfacción y, sobre todo, con su inconformismo.

Sin vocación adoctrinadora alguna, Transparent ha educado a su público en la aceptación y en la diversidad. Juega sin remordimientos con sus sentidos -sus cabeceras o, solo por citar un ejemplo, ese episodio mayúsculo de la tercera temporada, The Open Road, en el que Josh y Shia emprenden un revelador y atragantado viaje por carretera-, y le recuerda que, amigo mío, la identidad está en permanente estado de construcción. Lo hace, además, a través de unos personajes tan complejos que si el día de mañana -sin Maura, sin Tambor, ¿desertado del rodaje?- sus creadores se viesen obligados a reubicar su centro de gravedad, ninguno de los miembros de esta desorientada prole tendría problema alguno para cargar sobre sus hombros con el peso del protagonismo.

Transparent arranca desafiante: si yo cambio, ¿me seguirás queriendo igual? Pero, y si uno de sus actores cambia, si se convierte de repente en alguien diferente, en alguien con una conducta éticamente reprobable, ¿seguiremos queriendo a su personaje igual?

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