Redacción

Hace algo más de un siglo el inagotable genio de Albert Einstein dejó recado a los astrofísicos del futuro: la luz no lo es todo; hay que aplicar la oreja a los susurros de la gravitación universal. Muchos se pusieron a ello, pero solo el pasado año un equipo internacional de científicos comandado por Rainer Weiss, Kip S. Thorne y Barry C. Barish junto la Colaboración Científica LIGO consiguió la proeza. Una sofisticada trompetilla cósmica con tecnología internacional captaba en 2016 los sutiles ecos de una gigantesca colisión entre estrellas producida hace millones de años. Ellos fueron los primeros en escuchar el ritmo profundo del universo. Y, aunque llegaron a Oviedo con su Premio Nobel bajo el brazo por ello, la Fundación Princesa de Asturias puede arrogarse a su manera frente a sus colegas suecos un orgullo equivalente al mérito de los científicos del momento: «Nosotros los premiamos primero».

Seguramente, de los méritos de entre todos los reconocidos este año, los suyos sean los de más calado, proyección y envergadura; aquellos que pasarán a la historia de la ciencia porque cambiaron nuestra manera de relacionarnos con el universo y abrieron nuevas puertas. Pero, a efectos mucho más cercanos, los Premios Princesa 2017 pasarán a la historia sin más por ser los de más urgencia política de su existencia. Las señales de la colisión entre el Estado español y el independentismo rampante se dejaron oír en Oviedo sin necesidad de mayores sofisticaciones técnicas, y casi ahogaron todos los demás sonidos. Incluido el de las ondas gravitacionales.

Como cuadrando una precisa conjunción astronómica, el octubre asturiano se solapó con el octubre catalán y el Campoamor se convirtió en el insólito escenario de dos hakas: la que ejecutaron los recios neozelandeses de los All Blacks con todas las sisas del traje amenazando con romperse, y una más que explícita haka contra el independentismo que tira de las costuras de España y de Europa en las rayas del Pirineo catalán y las ribreras del Ebro. La encabezó Felipe VI con un discurso sin sobreentendidos, secundado por el dream team de las instituciones eurocomunitarias.: Jean-Claude Juncker, Donald Tusk y un Antonio Tajani cuya épica europeo-españolista quizá no fue tan viral como la de los jugadores de rugby, pero se llevó la palma y las palmas en el Campoamor.

Su clara señal de respuesta a las ondas secesionistas se envió rodeada de otras, más discretas pero igualmente audibles. Las del poeta y ensayista Adam Zagajewski, ese hombre pálido y delicadamente vitalista que nació en la porción de Europa que con más autoridad puede evaluar las consecuencias del nacionalismo desbocado. O las de Marcos Mundstock, de Les Luthiers, que no solo cumplió el deseo secreto de muchos seguidores de la gala de entrega de los Princesa, escuchar su vozarrón en la ceremonia. El primero advirtió del peligro de incendio forestal que oculta todo nacionalismo. El segundo recordó que el combustible que prende esa llama es siempre la xenofobia.

Sobre ese cruce de señales de emergencia sonaron puros como coros angélicos y ronroneantes como radiación de fondo las defensas de la empatía universal lanzadas sin descanso por la historiadora de las religiones Karen Armstrong; los mensajes de hermandad transatlántica proclamados por los representantes de la Hispanic Society of America; los vigorosos ejercicios de creatividad como remedio contra las incertidumbres escenificados por el asombroso William Kentridge, e incluso los (pocos) chistes y travesuras con el idioma que se permitieron unos Luthiers tan adorables como adustos.

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Una haka al independentismo