Ángel González, diez años de un clásico contemporáneo

Poetas y críticos asturianos ponderan el legado del vate ovetense, «de talla indiscutible», de cuya muerte se cumple hoy una década

El poeta Ángel González
El poeta Ángel González

Redacción

«Para que yo me llame Ángel González, fue necesario un ancho espacio y un largo tiempo»: así comienza uno de los más famosos poemas de quien fuera uno de los grandes de la Generación del 50, el ovetense Ángel González. De su muerte se cumple ahora un decenio, un lapso que ya es en cierta medida un «largo tiempo» que permite contemplar su obra y su legado con la suficiente perspectiva, y someterlos al juicio implacable de la historia. ¿Resistiría González ese juicio? Al decir de tres poetas y críticos literarios asturianos ?Ricardo Labra, Xuan Bello, Jordi Doce y José Luis García Martín?, parece que sí.

Tal es, desde luego, la opinión del langreano Ricardo Labra, filólogo y poeta y experto en la obra del autor asturiano, que inició su bibliografía en 1956 con ‘Áspero mundo’. González es ya para él «un clásico contemporáneo; uno de esos poetas de talla indiscutible y de referencia a los que es obligado conocer y que, se escriba como él o no, dejan huella profunda entre quienes comienzan a escribir poesía, al nivel de Juan Ramón Jiménez, de Antonio Machado o de los poetas del 27». La literatura, opina Labra, «es un palimpsesto, e incluso autores que hacen otras tentativas llevan implícita la huella de esos grandes autores que transformaron la literatura de nuestro país. ¿Quién puede escribir poesía hoy en día sin conocer a Alberti, a Lorca, a Guillén…? Pues con Ángel González ya sucede lo mismo: su obra es fundamental, y además es inagotable».

Idéntica valoración encomiástica de la figura de Ángel González hace el poeta y escritor tinetense Xuan Bello, buen conocedor también la obra angelgonzaliana y para quien la importancia del legado de González estriba sobre todo en haber sido, entre cuantos grandes poetas defendieron y ejercieron una «poética del realismo» ?un modo de hacer poesía «que empieza con Meléndez Valdés en el siglo XVII y que alcanza momentos altísimos en la figura de Antonio Machado», explica? quien «intelectualmente mejor la defendió». En opinión de Bello, «el gran legado de González para la hispanidad es ese don de la claridad no entendida como divulgación o falta de esfuerzo en el concepto, sino como vocación de decir las cosas claramente por complicadas que sean».

Jordi Doce, poeta y crítico gijonés, recuerda que Ángel González fue uno de los primeros poetas que leyó, y destaca sobre todo entre toda su obra el ‘Tratado de urbanidad’ que González publicó en 1967, un libro «de enorme solidez y con poemas extensos muy interesantes», mucho más sugerente a juicio de Doce que «el Ángel González lúdico y en cierta medida menor de los años ochenta, con poemas llenos de juegos de palabras». Opina Doce que «siempre se habla de la ironía y el tono conversacional y como de confidencia de González», pero que la faceta de la obra de González que a él más le agrada es una en la que se incide menos cuando se la analiza: «la ferocidad, no tanto ideológica como visceral, con que González atacaba a la sociedad servil, acomodaticia y sumisa de su época; a aquella burguesía de medio pelo que acataba el ‘status quo’ franquista, y que en buena medida sigue existiendo, pues no hay más que ver quiénes nos gobiernan». Resalta también Doce de González «la capacidad sentenciosa que tenía Ángel González; su capacidad para escribir versos lapidarios y memorables, frases que quedan ahí, como aquello de “sin esperanza, con convencimiento”».

José Luis García Martín, poeta, crítico y profesor de literatura en la Universidad de Oviedo, celebra también que la poesía de Ángel González «se mantenga viva y siga despertando interés»; y manifiesta su admiración por el hecho de que los poetas, dice, «cuando mueren suelen atravesar una especie de purgatorio, pero Ángel González sigue muy presente». El director de la revista ‘Clarín’ lamenta por otro lado de Ángel González lo que considera el «tristísimo espectáculo» de que «no se estén respetando sus derechos y opiniones»: se refiere a la viuda del vate, Susana Rivero, y a sus críticas acerbas a la elección, entre otros, de Luis García Montero y Joaquín Sabina para participar en un recital de poemas de González en Madrid para conmemorar su fallecimiento. Rivero se ha referido a ellos como «traidores», y ello indigna profundamente a García Martín, que recuerda que «cuando Ángel González leía poemas en la Semana Negra junto con Sabina, ya Susana Rivero manifestó su incomodidad, porque tenía una idea más elitista de la poesía; pero Ángel González, que era muy amigo de Sabina, le decía que si leía sus poemas solo congregaría a cien personas, pero si los leía con Sabina irían quinientas o mil. Y de Luis García Montero siempre dijo que era la persona más cercana a él y a quien más respetaba». Opina García Martín que «Rivero debería respetar eso, porque el legado de Ángel González, por mucho que fuera su marido, no es propiedad suya y no debería gestionarlo en base a sus fobias y manías y haciendo chantajes».

«Todo lo consumado en el amor no será nunca gesta de gusanos», escribió en otra ocasión Ángel González: otra de esas frases sentenciosas y perdurables a las que alude Jordi Doce. Lo mismo parece suceder ya con la obra del propio González: está llamada a no ser nunca gesta de gusanos.

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