Emilia Pardo Bazán, traficante de armas para la causa carlista

Lorenzo Gallardo explora en un libro la «cara B» de los grandes literatos


Redacción / La Voz

La historia de la literatura puede ser una narración plúmbea, si uno echa mano del convencional manual que suelen firmar los más reputados especialistas y académicos, y que acostumbra ser de uso obligado en los programas universitarios. Nada queda al azar en su relato, pero tampoco aflora la emoción que sí se encuentra en las grandes obras literarias, desde los Comentarios a la guerra de las Galias, de Julio César, a los Ataúdes tallados a mano, de Truman Capote.

Añadir seducción en este terreno, sin desatender el ansia de ensanchar el conocimiento y la divulgación, es lo que busca el guionista Lorenzo Gallardo en Eso no estaba en mi libro de historia de la literatura (Almuzara), una colección de piezas dedicadas a otros tantos genios de la escritura en que explora su cara B, tras el rastro de anécdotas, curiosidades, facetas poco conocidas o, directamente, su lado oscuro. Son más de un centenar de estampas, ordenadas por criterio cronológico, que en un tono coloquial, desenfadado y humorístico muestran algún aspecto de la vida de nombres indiscutibles de la historia de la literatura. Y convierte, de paso, estos mitos reverenciados en figuras más cercanas a lo humano.

Entre los gigantes abordados, dos gallegos, Emilia Pardo Bazán y Ramón María del Valle-Inclán. De la condesa, entre otros detalles, como su tórrida relación epistolar con Benito Pérez Galdós, se explica cómo ejerció puntualmente de traficante de armas para la causa carlista. El mismísimo Carlos María Isidro de Borbón, pretendiente al trono, le encargó que efectuase una compra de 30.000 fusiles, para lo que doña Emilia hubo de desplazarse a Londres, con una gran cantidad de florines de oro «escondidos en el sujetador». Ayudada por su esposo, trasladó las armas hasta París. Cuando llegó a A Coruña, la aventura pudo costarle el «fusilamiento por traición», pero dicen que el gobernador no se atrevió con tan insigne vecina, miembro de una familia tan ilustre y noble.

De Valle, Gallardo da cuenta de la escena en que, a los 33 años, en una disputa de café con su amigo Manuel Bueno salió herido y acabó perdiendo el brazo. Y cómo después, ya manco, hizo las paces con Bueno. También relata la forma en que se divorció de la actriz Josefina Blanco, y cómo esta recurrió en el proceso a los servicios legales de la abogada Clara Campoamor.

En la larga nómina de Gallardo está el narrador estadounidense O. Henry, de quien recuerda cómo fue detenido y encarcelado por hacer desaparecer un dinero del banco en que trabajaba como cajero. Ya en prisión empezó a escribir sus famosos cuentos.

También se enterará el lector de que Nabokov odiaba el jazz, los transistores y el bidé o de que Capote salvó su vida gracias a unos pollos.

Genios de la literatura

Emilia Pardo Bazán (1851-1921). Viajó a Londres para comprar armas para la causa carlista, de la que renegó años después.

Valle-Inclán (1866-1936). Clara Campoamor asistió como abogada a su esposa, Josefina Blanco, durante el proceso de divorcio.

Jonathan Swift (1667-1745). Con gran intuición científico-literaria, diseñó una máquina que podría describirse como una computadora.

H. G. Wells (1866-1946). Tomó por error el sombrero de otro hombre y le informó de que se lo quedaba porque le gustaba más que el suyo.

Agatha Christie (1890-1976). Fue una de las primeras mujeres «surfer» que se conocen, y con su tabla viajó a Sudáfrica y Hawái.

Vigilio (70 a.C. - 19 a.C.). Gastó 800.000 sestercios en contratar plañideras y banda de música para el entierro de una mosca

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