El fantástico viaje de Rafael Ochoa de Filadelfia a Luarca

Capítulo inédito de «Exilios y Odiseas: la historia secreta de Severo Ochoa», de Juan Fueyo, neurólogo asturiano afincado de Huoston

El neurólogo asturiano Juan Fueyo publica su primer libro «Exilios y odiseas. La historia secreta de Severo Ochoa».El neurólogo asturiano Juan Fueyo publica su primer libro «Exilios y odiseas. La historia secreta de Severo Ochoa»
El neurólogo asturiano Juan Fueyo publica su primer libro «Exilios y odiseas. La historia secreta de Severo Ochoa»

Redacción

Durante la edición de Exilios y Odiseas: la historia secreta de Severo Ochoa decidí suprimir algunos capítulos. Uno de ellos se titula La Favorita y en él se narran las aventuras de un familiar de Severo Ochoa que había sido capitán de barco en un viaje desde Filadelfia a Luarca. Esta historia se cruza con la de Carmen y Severo quienes, después de que Londres fuese bombardeado por la aviación nazi, decidieron partir hacia los Estados Unidos. 

La Favorita:

«En la lona gime el viento». José de Espronceda.

El tiempo en su continuidad une y separa las leyendas. Para una Historia infinita los siglos son líneas que divergen, convergen, o se cruzan.

Agosto de 1940: los stukas alemanes bombardean Londres. Severo Ochoa quería esperar en Oxford a recibir confirmación de una oferta de trabajo de la universidad de San Luís en los Estados Unidos, pero el ataque le convenció de que debía abandonar Europa.

Carmen pensó que tendrían que aventurarse a viajar sin becas ni visados. En Liverpool encontraron organizada la salida de un convoy de barcos de pasajeros con escolta de navíos de guerra. La cola organizada de un modo sajón progresó con ritmo continuo y el embarque se hizo con fluidez. Una vez en cubierta, el olor de la maquinaria, los aparejos y el combustible le trajo a la memoria sensaciones familiares.

-Severo, me parece que estoy volviendo a embarcar en Barcelona -comentó cogiéndose de su brazo-. Este barco está lleno de ecos -dijo, y sintió miedo.

Carmen pensaba en la salida de España, casi una huida, al comienzo del exilio.

-No te preocupes, mujer, que hoy marchamos en la dirección adecuada: el futuro es América.

Cerca de ellos un pasajero explicaba a otro que los destructores les acompañaban porque tenían que atravesar una franja marica infestada de submarinos alemanes.

Julio de 1869: un bergantín, inclinado sobre el lado del ancla, esperaba paciente en el río Delaware a que subiese la marea mientras llenaban sus bodegas con cargamentos de jengibre, petróleo, canela, tabaco y algodón, y a que rellenasen los barriles fijos de babor con agua y los de estribor con patatas y carne. El capitán y el piloto comprobaban sobre el calendario náutico, los barómetros de Fortín, las tablas de logaritmos de Vázquez Queipo, la brújula de plancheta, y los cronómetros Lozada. Todo estaba en su sitio y en orden.

-Ya podéis subir el piano -le dijo Rafael Ochoa, erguido en el alcázar, a su piloto Menéndez- y bajarlo con mucho cuidado aquí, al salón de popa. No quiero que lo cercene una jarcia y lo haga añicos, como al anterior.

Rafael Ochoa, capitán de navío con vocación y experiencia, había nacido, como Escaramuce, con el don de la risa y la única intuición de que la vida era una carrera. Ese talento, intuición y la Favorita eran su patrimonio. No era extraño ver barcos de Luarca en el puerto de Filadelfia. Tenían los nombres rotulados en español: Joven Teresina, Triunfo; los estibadores americanos se referían a ellos con el nombre genérico de los delfines de Bonifacio, el comerciante asturiano dueño de los almacenes de piedra llenos de productos de ultramar en el muelle de la Barbacana en Luarca. Aquellos delfines transportaban de América a España cargo y en sentido contrario, trabajadores sin empleo y buscadores de fortuna, que habían oído hablar de Boston o La Habana en los chigres de los puertos. La Favorita tenía el vientre afilado de los clipper y era tan ligera como estos y aunque contaba con solo dos palos, estos tenían tanto mastilero y mastirelillo, que parecían árboles frondosos, y colgaban tanto trapo como un navío de tres. Quien tuviese ojo para los botes, viéndola moverse nerviosa, con el remolinillo de agua en la proa, diría que aquella bonita nave estaba ansiosa por patinar sobre las olas en mar abierto.

Carmen quería compartir el entusiasmo de su marido, pero temía que aquel viaje también saldría mal. Salían de un pasado atroz huyendo hacia América, pero viajaban sin tener la seguridad de que podrían entrar en los Estados Unidos.

-Las cosas no cambian -dijo, y Severo supo que Carmen estaba pensando en la Guerra Civil y su huida.

-No hay que ser pesimista. Oxford ha estado bien.

Allí había adquirido conocimientos punteros en materia de metabolismo y aprendido a diseñar experimentos sofisticados para purificar enzimas. Además, publicó dieciocho artículos en dos años, ¡multiplicando por nueve la productividad media de un laboratorio! Y una correlación entre átomos de oxígeno y moléculas de ATP llevaba su nombre: el efecto Ochoa.

-Pero tampoco hay que exagerar. Han sido solo dos años, Severo. Y salimos con las manos en los bolsillos.

La niebla impedía ver el horizonte. Cerca de tierra, oían el sonido apagado de sirenas llamando a refugio; luego, el sonido del motor del crucero se quedó solo; y después, una vez el oído se acostumbró a la ronca monotonía y las gaviotas, flashes blancos en el aire gris, regresaron resignadas a Inglaterra, las únicas sensaciones las traía una brisa marina terca que empapaba todo con olor a mar.

No era un viaje fácil. El barco no era un paraíso. Carmen enumeró las desventajas: el camarote era un nicho con goteras; de la comida, mejor no hablar; las agujas de la humedad traspasaban la ropa; el bamboleo podía ser inaguantable; y el miedo a los torpedos, contra los que no había defensa, llenaba las conversaciones en pasillos y esquinas. Después de cenar un estofado en el pequeño comedor de proa, Severo cogió de la mano a Carmen y la llevó corriendo a una de las cubiertas inferiores, protegida a medias por el suelo de una cubierta superior. Amenazaba tormenta y, contra toda precaución, Severo quería oír los truenos y observar los relámpagos desde allí. Carmen no pudo convencerle de que lo natural era resguardarse y se dejó llevar a regañadientes.

-¿Sabes, Carmen? Exiliados como nosotros no están ni vivos ni muertos: viven el mundo del entremedio.

-Puedes ahorrarte tus frasecitas y llorar: eres un científico, no un torero.

-No tengo miedo… -dijo admirando el espectáculo eléctrico.

-No llueven estrellas -insistió Carmen, molesta por el frío que pellizcaba orejas y nariz. Se soltó de su brazo y subió el cuello del abrigo-. El miedo a la tormenta es instintivo.

-Carmen, confío en la tecnología, en la ciencia que permite navegar de noche -repuso.

El ruido crecía y a Carmen le resultaba cada vez más difícil seguirle, así que para oírle se volvió a coger de su brazo y se apretó más y más contra él.

-Somos de pueblo marinero -las ráfagas de aire frío y salado arañaban sus mejillas-, llevamos olas en la sangre.

El barco se inclinó con violencia hacia estribor. Severo y Carmen se agarraron con fuerza a la barandilla. Una banqueta de madera y dos maromas sueltas se arrastraron traqueteantes y silbantes por el piso resbaladizo de la cubierta superior y cayeron al mar.

-Deberíamos volver al camarote. Tecnología arriba, tecnología abajo, estamos a merced del mar -dijo, hablando deprisa y tirando del brazo de Severo.

-Vamos, vamos -dijo él soltándose con suavidad-, acuérdate de mi tío abuelo: don Rafael Ochoa.

-¡Qué Rafael ni qué nada! -gritó furiosa.

Severo se echó a reír, la abrazó, y sacando un pañuelo del bolsillo de la chaqueta le limpió el agua de la cara.

En Filadelfia subía la marea. Rafael Ochoa examinó orgulloso el bruñido de los cobres y luego, terminada la carga de víveres, dio permiso para que embarcasen los pasajeros y los contó mientras subían. De los diecisiete solo conocía personalmente a uno, al último: un empresario que volvía a su Luarca natal con dinero y la esperanza de fundar una fábrica de zinc. Le saludo llevándose un índice al carey de la visera, y se giró hacia Menéndez:

-Comprueba que los homes ocupan sus puestos de navegación y, si está en orden el aparejo, ordena soltar amarras.

La Favorita se irguió aún más y pareció ponerse de pie cuando retiraron las maromas con la llegada del alba. Dada la orden de zarpar, enfiló la inmensa ría con prisa, olfateando el mar. Y una vez allí, tomó el viento del noroeste como si fuese el disparo de salida de una carrera de velocidad. Las cuadradas sacaron pecho, la quilla se empinó como si quisiera ver más lejos y el capitán Ochoa intuyó que aquel viaje iba a pasar a la historia.

-Es una carrera! ¡Una maldita carrera! -gritaba envuelto en las salpicaduras de olas que barrían la cubierta y no pudiendo evitar que el viento le arrebatase la enésima gorra de capitán.

Poco después alcanzaron y dejaron atrás a un clipper de bandera inglesa y fabricación americana.

-¡Lárgate a la ruta del té! -le espetó Menéndez y varios marinos, gritando exaltados desde babor.

El viento no amainó durante los días siguientes y tampoco cambió de dirección, lo que les permitió mantener la velocidad, pero esa mañana se avecinaba una tormenta. Con los primeros truenos, Ochoa le pidió a Menéndez el silbato de plata y se lo colgó al cuello, sobre la levita: a partir de ahora, y mientras durase el estruendo, daría las órdenes con pitidos.

-¿Arriamos trapo? Vamos a chocar con la tromba.

-Alejaos del esparto, seguiremos volando bajo los rayos. Podemos llegar a Luarca en menos de diecisiete días, y ya sabéis que quiero decir.

Menéndez lo sabía, pidió una soga y dos marineros le ataron al timón.

Severo no callaba, estaba lleno de energía, como si la tormenta recargase sus baterías biológicas.

-Aquel velero -le dijo a Carmen-, como nosotros, también en agosto, aunque en dirección contraria, batió en 1869 el récord de velocidad cruzando el océano Atlántico, de Filadelfia a Luarca, en dieciocho días exactos. ¡Mira! -gritó de pronto señalando el horizonte.

Carmen miró y no vio nada concreto, quizá una sombra que se movía como lo haría una embarcación, quizá una nube, quizá el choque de las olas en la distancia entre los flases de los relámpagos. Decidió que no era nada.

-¿Lo has visto? Dime que lo viste.

-¿El barco del capitán Ochoa? La vieja historia del navío fantasma.

Carmen había visto algo, pero no pudo precisar qué. Podía ser una sombra negra con velas blancas o una ola enorme coronada de espuma.  

-No sé, a mí me pareció… ¿No intuiste los dos mástiles? ¿Las velas infladas? Pero supongo que tienes razón. Volviendo a la Favorita…

-Ah, la hazaña no acabó ahí -dijo Carmen que no quiso aceptar que ella también había visto aquel barco que navegaba raudo en dirección contraria.

-El 21 de agosto vieron salir de Filadelfia el casco negro adornado con artilleras falsas color nogal de la Favorita. Una vez en mar abierto viajó a un promedio de dieciséis nudos.

Menéndez no podía creer que mantuviesen los nudos en medio de la galerna. Sabía que barcos de pesca de Luarca habían sido presas de tormentas como esta y que el mar se había cobrado vidas de pescadores curtidos por años de experiencia no lejos de Luarca, pero la inmediatez del peligro le impidió tener miedo. Cada vez recibía más agua en cubierta: había hecho bien en atarse. De pronto le pareció ver otro barco en el horizonte, la silueta era borrosa a través de la cortina de la lluvia, pero había un signo inequívoco de que se trataba de un navío.

-¡Capitán, fumo a estribor!

Decían que a veces se veían barcos fantasmas por aquellas aguas. Rafael se acercó con dificultad al timón y apoyó la mano en el hombro del piloto, que notó un temblor fino en los dedos.

-He visto a ese rufián. Ese espectro no viene, se va. Directo a Boston. Esas tortugas marinas… ¿Dicen que el vapor nos retirará? Bobadas de Madrid y sus gentes de secano -refunfuñó con celosa indignación-. Mantén el timón fijo y estaremos en casa para la verbena de la Blanca.

Carmen disfrutaba a su pesar de la historia de Severo.

-Así que la Favorita llegó de noche y no había nadie en el muelle.

-¡Casi! Atracó con la silueta recortada contra la puesta de sol con el pueblo de fiesta, y muchos ayudaron con el atraque y el amarre. Allí mismo se confirmó el récord y el armador llegó enseguida para las felicitaciones e invitó a la tripulación a una cena digna de un almirante.

-Y tu abuelo puso la excusa de estar agotado y se fue a dormir. Fin del cuentín.

Severo negó con la cabeza.

-Rafael aceptó la invitación y fue a casa a mudarse. Peinó las patillas largas, recortadas en forma de hachas, dudó entre la levita de paño azul turquí y dos hileras de botones dorados de ancla y la de botones de huesos de ballena, con tres más pequeños en la abertura de la manga. Luego estrenó una gorra negra con un galón dorado con visera charolada azabache.

-Un dandy del mar. ¡Que imaginación, hijo! ¡No falta detalle! Ni que hubieses estado allí.

-Amigo de sus amigos -continuó Severo sin prestar atención al sarcasmo-, que eran la mayoría de los vecinos, entró en el salón con el pecho más hinchado que una vela y se dejó agasajar como un héroe humilde. Hubo un tiempo, Carmen, antes de que en el instituto descubriera la ciencia, que me hubiese gustado ser un aventurero, un personaje de un libro de Conrad. Rafael Ochoa cruzó este mar con menos medios que nosotros, no hay nada que temer.

Entonces, Carmen tuvo por primera vez la impresión de que el hombre que la miraba con fijeza, y al que ella miraba intensamente, ocupaba un lugar en un linaje de antepasados de los que nunca había oído hablar. No eran médicos ni científicos y aún y así eran tan responsables del carácter de Severo como Cajal o Negrín.

-Rafael, vamos a suponer que de verdad se llamaba así, se dirigía al país adecuado. Todo es más fácil si al final sabes que te está esperando tu casa, la familia, Luarca y España.

-España está en ruinas -repuso él, levantando la voz sin querer.

-La reconstruirán. Recuperaremos nuestra vida.

-¿Vida? -preguntó y la abrazó- Esto es vida. ¿Quién podría pedir más? Un viaje hacia nuevos cielos del brazo de una mujer hermosa.

Ella, con sal en los labios, le dio un beso. Era inútil discutir. La década de los cuarenta prometía una miseria mayor que la de los tiempos de guerra. Volver, al menos de momento, no era un deseo razonable: incluso la familia había dejado Asturias o España. Pero, ¿qué les esperaba en América? No llevaban visado. Si no podían cruzar, ¿a dónde irían? Un hermano de Severo estaba en México… Y si les dejaban entrar, ¿podría Severo conseguir trabajo sin becas? Probablemente, no. Volvió a mirarle a los ojos. Allí estaba él mirándola, con las patillas en forma de hacha, vistiendo el grueso chaquetón con botones de ballena y la gorra con visera de color marfil.

-Ordene motores a toda máquina, capitán.

 ***

Me gustaría dedicar este capítulo, que ahora sale a la luz, a la periodista de RTPA Silvia López, una luarquesa que conoce bien los legendarios héroes de Luarca.

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