Cuando el Revillagigedo fue el centro del arte en Asturias

El actual debate sobre los posibles usos de un equipamiento en horas bajas contrasta con el periodo de esplendor cultural que irradió en sus primeros años de actividad

Fachada del Palacio de Revillagigedo
Fachada del Palacio de Revillagigedo

Gijón

El panel que anuncia las actividades del Palacio de Revillagigedo guarda silencio estos días. No hay actividad en el interior del venerable conjunto palaciego del XVIII. Y, sin embargo, su nombre ha frecuentado los titulares de prensa y el debate político de las últimas semanas en Gijón. No, en efecto, por lo que se está haciendo ahora mismo en su interior, sino por lo que se podría hacer. O por lo que no se podría. La propuesta del grupo municipal del PP para asumir desde el Ayuntamiento de Gijón la gestión del edificio propiedad de Liberbank y convertirlo en sede de la pinacoteca local -rechazada por la mayoría del pleno gijonés- ha supuesto la última reaparición del Revillagigedo en la atención publica. Previsiblemente, la ventana mediática se cerrará durante un tiempo para un edificio, por otra parte, imposible de obviar; no solo por su prominente presencia en pleno centro de la ciudad. Sobre todo, el Revillagigedo es una presencia casi irritante para quien, frente al el actual nivel de uso, recuerda el que tuvo en sus orígenes: un equipamiento crucial en un entorno que excedía, con mucho, el de su solar gijonés. Fueron los años en los que se demostró que al viejo palacio donde un día se alojó Isabel II se le podía dar una segunda vida como equipamiento artístico. Y a lo grande.

Visto desde la perspectiva de 2018, puede resultar algo aparatoso el nombre que se adosó al inmueble tras su adquisición a finales de la década de los ochenta del pasado siglo por la Obra Social y Cultural de Cajastur y de la reforma que lo dejó a punto para su inauguración hace 27 años, con la participación decisiva de las administraciones local y autonómica: Centro Internacional de Arte Palacio de Revillagigedo. Sin embargo, ese «internacional» tan rumboso fue un adjetivo que le sentó como un guante durante unos años. Las puertas ya se abrieron por todo lo alto con una magna exposición dedicada a Eduardo Chillida, que acababa de rematar el hito de su Elogio del horizonte en el vecino Cerro de Santa Catalina. Ambas efemérides se soldaron en una puesta en escena muy significativa. Los recursos económicos acompañaban, como también la sintonía entre la parte bancaria y la parte pública de la Caja. Pero ante todo había una voluntad clara de recurrir a la cultura como instrumento político, en cualquier sentido posible de esta última expresión: desde la puesta en práctica de políticas culturales que abriesen Asturias -tanto agentes artísticos como espectadores- al mundo, hasta el empleo de la cultura como símbolo y altavoz de una determinada agenda política, muy particularmente la de aquel Gijión post-Elogio de la era Areces que luchaba por reinventarse un relato y reinventarse, en general.

Aprovechando sinergias

Sea como fuere, la potencia de aquellas sinergias era muy elevada. Y lo fue también su aprovechamiento, en particular en la etapa de la Obra Social y Cultural que transcurrió bajo la dirección de Blas Fernández, hasta mediados de los 90, y un poco más allá. El desfile de nombres de primerísima fila de la internacional del arte contemporáneo internacional fue deslumbrante, como el formato de sus exposiciones o la documentación que dejaron en forma de catálogos. Hitos de la vanguardia histórica como el surrealista francés Francis Picabia; creadores en la cumbre del arte contemporáneo, como Sol Lewitt -que además realizó una soberbia instalación en el palacio- o artistas que en aquel momento estaban en todo su esplendor, como Julian Schnabel o Mimmo Paladino. Y junto a ellos, en una homologación de trato que aspiraba a poner a la altura debida a los referentes asturianos del siglo XX, grandes muestras dedicadas a su obra, empezando por la dedicada a Rubio Camín el mismo año de la inauguración.

Hay que recordar además la singularidad que añadía un valor geoestratégico a la iniciativa. En el momento de la inauguración del Centro Internacional de Arte Palacio de Revillagigedo la cornisa cantábrica y en el cuadante noroeste no existían aún ni el Guggenheim, ni el MUSAC de León, ni el Centro Gallego de Arte Contemporáneo ni -más cerca- LABoral, del mismo modo que el Bellas Artes asturiano era en aquel momento un centro mucho más recogido y quizá ensimismado. La oportunidad de asistir a exposiciones como las programadas en Gijón eran prácticamente nulas.

Botones de muestra

Unos botones de muestra. El elenco internacional, aparte de los citados, incluyó a Joseph Kosuth, Marcus Oelhen y Georg Herold (en cuarteto con Lewitt, en una colectiva del 93); a Cabrita Reis (1995) o a Diego Rivera (2004). Además de Chillida, la representación de pesos pesados de la plástica española trajo a Gijón a Pablo Serrano (1993), Viola (1994), Joan Brossa (1997), Hernández Pijuán (1999), Darío Villalba (1999), Ráfols-Casamada (2003) o, ya más recientemente, a Luis Gordillo (2011). Tuteándose con ellos, y a menudo con magníficas revisiones de su obra o potentes muestras de su trabajo en curso, expusieron muchos de los nombres esenciales del arte asturiano nacidos en la primera mitad del XX: el citado Camín, Orlando Pelayo  y ambos Vaqueros, Palacios y Turcios (1992), Alejandro Mieres (1993), Antonio Suárez (1994), Legazpi (95), Sanjurjo (1996) y Lombardía (1997).

Las siguientes promociones del arte hecho en Asturias tuvieron igualmente una fuerte presencia en las salas del Revillagigedo con individuales de Paco Fernández, Elías G. Benavides, María Jesús Rodríguez, Melquíades Álvarez, Francisco Fresno, Hugo O'Donnell, Núñez Arias, Vicente Pastor, Javier Riera, Rey Fueyo, Rubén Darío Velázquez,,, Otros artistas asturianos aparecerían algunas de las muchas colectivas expuestas. En este apartado destacaron muestras como Los paisajes del texto, comisariada por Paco Cao; las dos dedicadas a la coleccoines del XIX y el XX en los fondos de Pedro Masaveu; la revisión histórica en La huella del 98 -en torno al arte generado en la España noventayochista-; la que recogió la obra contemporánea del coleccionista Miguel Marcos, la dedicada a las Vanguardias en colaboración con el Reina Sofía...

Colaboraciones como esta última fueron otra de las constantes que dieron vida al Revillagigedo; el IVAM, la Fundación Miró, diversos museos locales y regionales, las universidades de Cuenca o de Salamanca, la feria Arco, galerías como Juana de Aizpuru y otras entidades bancarias contribuyeron a mantener la actividad del centro. Su programación se abrió además a otras disciplinas, más allá de la plástica. A partir de su 39º edición, cogió el testigo del Salón de Fotografía de Cajastur y le dio rango internacional en una cita anual en la que los maestros fundadores como Niepce convivieron con históricos como Tina Modotti, Nicolas Müller con talentos más recientes: Fontcuberta, Catany, Isabel Muñoz, un flamante Pulitzer asturiano, Javier Bauluz y otros asturianos necesitados de una justa revisión como Gonzalo Juanes. También el diseño o el grabado se hicieron sitio de forma permanente con citas como la Trienal de Artes Gráficas y exposiciones individuales o colectivas, algunas de ellas de altísimo nivel como la dedicada a Diseño y Empresa en 2000.

Hay quien compara la eficiencia formativa y didáctica de aquel Revillagigedo de los noventa con la que tuvo en los mismos años el Festival Internacional de Cine de Gijón dirigido por José Luis Cienfuegos. Él fue, precisamente, uno de los colaboradores punteros de la Obra Social en actividades cinematográficas. Las escénicas tuvieron un enclave permanentemente activo, con una oferta que compatibilizaba una cierta modestia de medios con mucha calidad y rigor, en la vecina Colegiata de San Juan Bautista, donde también se celebraron muchos seminarios, conferencias y cursos con invitados de primera fila.

No es fácil conocer los números concretos del presupuesto del Revillagigedo por su integración en la actividad general de la Obra Social y Cultural; pero no es en ningún caso inexacto fijar una cuantía millonaria -es decir, al menos por encima del millón de euros- para los mejores años de su historia, en los que hasta una docena de personas llegaron a trabajar en todos los rincones de la maquinaria de un Revillagigedo que, poco a poco, iría perdiendo fuelle, salpicándose de exposiciones de menor nivel, distanciando acontecimientos y dando una impresión de centro de compromiso hasta que finalmente el apartado cultural quedó explícitamente ladeado de la Obra Social con el argumento de la crisis y bajo la obsesión por el número de visitantes antes que por la verdadera eficiencia cultural de un centro de ese porte. Ahora el centro conoce solo una actividad discontinua, sus enlaces en internet conducen más bien a una oferta de alquier con sus correspondientes tarifas que a otro tipo de información y, si es noticia, lo es casi exclusivamente por lo que se podría hacer para sacarlo de su condición casi fantasmal. Ni siquiera por lo que fue en unos años que se antojan tristemente irrepetibles.

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