Los 10 pequeños secretos de una gran colección

Un recorrido por algunos de los detalles que ocultan las obras maestras de la donación de Plácido Arango al Museo de Bellas Artes de Asturias


Oviedo

En 33 obras maestras de cinco siglos de pintura y escultura hay mucho para ver, para disfrutar y para descubrir. Y no siempre se detecta al primer vistazo o se dispone de las claves para interpretarlo. En el recorrido inaugural de la exposición del extraordinario legado de Plácido Arango al Museo de Bellas Artes de Asturias, el historiador Javier Barón levantó el velo sobre alguno de esos detalles que el ojo del lego o el del contemporáneo quizá no aprecie por sí solo. También lo hacen los minuciosos comentarios de cada una de las obras en el catálogo de la exposición. Los siguientes 10 ejemplos son solo unos cuantos de entre otros muchos diseminados en el largo y profuso relato de lo sagrado y lo profano, el poder y la vida cotidiana, los personajes y las ideas que el arte ha ido procesando en el interior de sus productos.

Un Oviedo imaginario

Nueve veces sirvió de modelo la catedral de Oviedo al gallego Genaro Pérez Villaamil (1807-1854) entre dibujos, aguadas y lienzos. El escocés David Roberts le imbuyó en el gusto por las arquitecturas de aire fantástico e inspiración medieval, como corresponde a un buen paisajista romántico; y llevado de ese gusto, rodeó de una ciudad gótica totalmente imaginaria su impresionante representación de la torre de la catedral -con alguna notable licencia como esos pináculos separados del cuerpo- presidiendo una procesión de la Virgen de la Soledad. Los minúsculos oventenses de un supuesto siglo XVI también son evocados con tanto detalle como imaginación. 

¿Centuriona o Reina?

«Virginia Centuriona». Lo pone bien claro a la izquierda de la dama de porte regio y vestida con suntuosidad también digna de una reina que durante un tiempo se creyó obra de Viillandrando y que ahora se atribuye a Bartolomé González (hacia 1583-1627). Y que de hecho, resultó ser una reina. O una futura reina, más bien: la princesa Isabel de Borbón, futura reina de España. El añadido escrito, probablemente con posterioridad a la ejecución del cuadro, la identificó con una beatificada integrante de la familia de los Centurione, una importante familia de banquros genoveses bien relacionados con la corte de Felipe III. Así cruzaría los siglos hasta que los estudiosos desvelaron que la Centuriona era en realidad reina.

Luciendo las joyas de la Corona

La posición de la reina Margarita de Austria -una de las dos efigies regias de cuerpo entero que ya reinan en el Bellas Artes- es la convencional en los retratos reales del momento en que, a principios del XVI, lo pintó Juan Pantoja de la Cruz (1553-1608): rígida y un tanto inexpresiva. Pero sus ropas y sus ornatos hablan por la reina. El rico «vestido de seda blanca acuchillada al tresbolillo con pasamanería de hilos de oro» (mejor verlo que describirlo para el espectador contemporáneo) es el fondo sobre el que lucen dos joyas casi legendarias del tesoro de la Corona española en aquel momento: la Perla Peregrina, una pieza de 58,5 quilates traída desde Panamá en 1579, y el diamante comocido como el Estanque por su forma cuadrada y su perfecta pureza, montado sobre oro esmaltado: una capricho comprado por Felipe II a Carlo Affetato, vendedor de diamantes en Amberes.

Billar artístico (con objetos «robados»)

Los legendarios Billares Colón que durante la posguerra acogieron apuestas prohibidas, tejemanejes del lumpen e intercambios clandestinos entre el ambiente gay de Valencia son el escenario que, depurado de todo ello, muestran con una nitidez asombrosa y bañado en un pop frío Manolo Valdés (1942) y Rafael Solbes (1940-1981) en su monumental obra de la donación Arango. En este Bosque maravilloso, como titularon su obra, hay un maniquí y varias especies vegetales. Y todas ellas fueron «apropiadas» en jardines ajenos, todos ellos de notables autores de la vanguardia histórica: el maniquí es del italiano Carlo Carrà, y las plantas de Henri Rousseau y Fernand Léger. 

Leyendas adaptadas de ayer y hoy

La circulación de temas de la literatura a las artes visuales ha sido continua desde el inicio de la historia del arte. Los temas mitológicos, legendarios y populares han tenido una preferencia en el imaginario de los artistas. Como ahora: del mismo modo que el cine, las series o los videojuegos se alimentan de Tolkien, George R. R. Martin o las leyendas artúricas, la pintura de grandes maestros bebió de ciclos legendarios y romances medievales de la tradición española. Es el caso del de los siete infantes de Lara, su muerte y la tremenda venganza que la siguió. Zurbarán (1598-1664) pintó este infante con destino al mercado de los nuevos ricos americanos inspirándose en ese ciclo. Y también, seguramente, vista la teatralidad de la pose, en las adaptaciones al teatro, que también recurrió a ellos en muchas ocasiones. Ello explica la pose, que en aquel momento debió de resultar de gran épica y apostura.

Lactancia mística

Facebook seguramente penalizaría la reproducción de esta imagen religiosa, y puede que incluso algunas sensibilidades encuentren incómodo el tema de este impresionante óleo barroco de la Escuela Valenciana, obra de Jerónimo Jacinto Espinosa (1600-1667). Sin embargo, forma parte de la más estricta ortodoxia católica y de su simbología. Representa lo que se dió en llamar una lactatio: a San Bernardo recibiendo del pecho de la Virgen María un fino hilo de leche que simbolizaba tanto la devoción mariana del santo como el alimento de «sabiduría e inspiración» recibido de la Madre de Dios.

 ¿Dónde se celebró este gran banquete?

Más arriba se ha visto el caso de un Oviedo alterado por la imaginación del pintor romántico. Aquí toda esta precisa, monumental y perfectamente compuesta arquitectura es directamente fantástica. Los grabados y la propia imaginación fueron la base para que Francisco Gutiérrez (hacia 1616-hacia 1670) levantase este escenario colosal para el bíblico Banquete de Ester. Algo así como las contemporáneas fabulaciones de la arquitectura y el urbanismo digital, al servicio del asombro y la seducción de la vista. De modo que la respuesta a la pregunta sobre dónde celebró Ester su banquete está clara: en ninguna parte.

 Guitarra española, Buffalo francés

El nombre artístico sonaba a pradera norteamericana, pero Buffalo era tan francés como la Borgoña y los cabarets y cafés-concierto donde gozó de cierta popularidad en los años dorados de la bohemia de la Butte en Montmartre. Allí se lo topó el pintor español Ignacio Zuloaga (1870-1945) y allí lo pintó por dos veces para añadirlo a su gran galería de tipos del mundo marginal, artístico y noctámbulo que tanto frecuentó el vasco. El cantor luce apostura, mostacho y misterio en ese ambiente oscuro donde solo le acompaña el brillo de sus botas y una guitarra que no es borgoñona ni americana sino española.

 El tamaño no importa

Con frecuencia el espectador queda en estado de shock cuando pasa de la reproducción del cuadro a su presencia real. Unas veces, por la abundancia y la potencia física de matices que la mejor de las fotografías no es capaz de captar. Otras, por el tamaño. Sucede por ejemplo con una de las piezas más delicadas de la donación: la Visión de Simón de Rojas de Claudio Coello (1642-1693), un óleo sobre cobre ricamente enmarcado en el que las figuras presentan la rotundidad propia del pintor madrileño. Pero «rotundidad» no es necesariamente «grandeza». De hecho, por una vez, el cuadro es poco mayor que su reproducción en el catálogo: una pequeña maravilla de arte sacro de 35,2x26,4 centímetros.

Un zapato en el museo

Desde que Marcel Duchamp metió su célebre urinario en un museo, el objeto cotidiano, vulgar y sin valor aparente ha irrumpido con frecuencia en los templos del gran arte, a veces para provocar y subvertir, y otras para transmitir lo que su contexto habitual no les tolera transmitir. El Guerrillero muerto de Manuel Millares  (1926-1972) impacta no solo por esa irrupción de materia, telas, colores y arpillera rompiendo el plano del cuadro y brotando hacia el espectador: también por ese solitario zapato que aparece, como en tantas imágenes de muerte violenta, junto al bulto que evoca el cadáver acribillado de un guerrillero. No para provocar, para emocionar.

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