El fascinante regreso de Martel

CULTURA

La cineasta argentina dirige «Zama», un filme hipnótico y extraño en el que destaca la  sobresaliente actuación de Daniel Giménez Cacho

07 feb 2018 . Actualizado a las 08:23 h.

Hay algo en Zama que traspasa la pantalla para meterse dentro del espectador. Es, más que una historia con una estructura narrativa al uso, la plasmación de un ambiente, una atmósfera; una sensación de tiempo detenido, de opresión y de calor, que sus fotogramas consiguen transmitir para gusto del espectador receptivo.

Lucrecia Martel, cineasta de referencia del panorama argentino desde su perturbadora La ciénaga (2001), captura sensaciones y sentimientos en su personal adaptación de la novela homónima de Antonio di Benedetto, escrita allá por el 1956. Tras su fallido intento de adaptación del cómic El eternauta (no es Lucrecia Martel cineasta de metas fáciles), opta por una novela existencialista que muchos tachaban de inadaptable, y consigue extraerle matices en otros autores inimaginables.

Ambientada en la América colonial del siglo XVII, Zama es el nombre de un funcionario de la corona española cuyo mayor deseo es conseguir el traslado a un mejor destino, pero que se ve atrapado en un verano infinito en el que nada ocurre, así como en unos engranajes burocráticos cuyo bucle parece engullir las esperanzas del más paciente. La agonía de esta espera es aprovechada para mostrar la decadencia del sueño colonialista, mientras constantes de la autora como la culpa, el deseo reprimido, la desazón o la sinrazón de los privilegiados, van de la mano con sus encuadres opresivos, el juego con el fuera de campo, o una banda sonora anacrónica y curiosamente coherente con aquello que retrata.

Película de ritmo pausado (aun contando con un destacable tramo «de acción» final) y cuidadísima ambientación, cuenta además con la sobresaliente actuación de Daniel Giménez Cacho, y se nos revela, en su conjunto, como un filme hipnótico y hermosamente extraño, que, sin ser de fácil digestión para todos los públicos, se erige como una obra fascinante destinada a perdurar.