Wes Anderson se pone estupendo en la Berlinale con la ingenua «stop-motion» perruna de «Isle of dogs»

CULTURA

Bill Murray, Bryan Cranston, Greta Gerwig o Yoko Ono ponen sus voces a un film tan técnicamente virtuoso como insustancial

16 feb 2018 . Actualizado a las 07:37 h.

Al norteamericano Wes Anderson le tienen mucha fé para inaugurar berlinales. Lo hizo hace cuatro años con la tan sobrevalorada Gran Hotel Budapest. Y en esta 68ª repite apertura con Isle of Dogs, su segunda película de animación, tras El fantástico Mr. Fox. Este cronista tiene dos serios problemas: uno, con el género animado, por insensibilidad innata. El otro es con Wes Anderson, cuyo universo tan naïf, tan de eterno Peter Pan, me deja casi siempre fuera de la jugada. Hay dos películas suyas que sí aprecio: Moonrise Kingdon y, algo menos, The Royal Tenebaums. Pero ante el resto de su obra no encuentro forma de conectar con ese alma de niño grande y genialoide, con ese surrealismo al parecer exquisito que tantos fans recaba. Por eso, sufro bastante con el cuentecillo valiente de Isle of Dogs, una distopía más que ingenua sobre una dictadura militar japonesa y un getto trash al que son confinados todos los perros, tras una pandemia.

El virtuosismo técnico de la stop-motion es aplastante. A mí me aplasta la vaciedad que rodea esa pericia. Se supone que Isle of Dogs se trata de una comedia. Pero el silencio en la sala era más de gatuna indiferencia que de canina alegría. La historia, plagada de guiños pseudo ocurrentes, cuenta con una pléyade de famosos que pegan la voz: Bill Murray, Greta Gerwig, Bryan Cranston o Scarlett Johanson, a la que, desde Her el patriarcado parece condenar a poner timbre de personal de línea erótica. Hasta a Yoko Ono le debe haber parecido muy cool colaborar con Andeson, este artista que flota en su Neverland cuyos confines de idolatría no comparto.

De la inanidad envuelta en lujo técnico de Isle of Dogs me resarce la densidad política y sabia de El vals de Waldheim. La austriaca Ruth Beckerman ajusta cuentas con esa ideación irreal de su país como «víctima del nazismo». Y lo hace a través de un feroz acercamiento a la figura de quien fuera secretario general de la ONU y presidente de Austria, pese a que su electorado sabía ya entonces de su tanto tiempo oculto pasado de exterminador activo del cuerpo nazi de las SA, su papel en la matanza de partisanos en Yugoslavia o de la masiva deportación hacia la muerte de los judíos de Salónica. Estremecen las imágenes de archivo que muestran a Waldheim, como ministro de Exteriores de su país, recorriendo Belgrado en coche junto al mariscal Tito, aún desconocido su siniestro rol de carnicero en los Balcanes. O el momento en el cual, ajeno a la lucha por desenmascarar su historial de esvástica rampante, dirige de manera marcial a una banda municipal que toca la Marcha Radetzki, rumbo a su triunfo electoral masivo. A ese ritmo lo eligió como jefe de la república en 1986 el 52 % de los austríacos, ese país cuyos sótanos de la amnesia colectiva o de la directa infamia han explorado con tanto conocimiento de causa cineastas como Ulrich Seidl y escritores como Thomas Bernhard. Y del cual la figura de Kurt Waldheim se erige aquí en acerado, altivo y pardo mascarón.