Así es el legado de Alejandro Mieres en los fondos públicos asturianos

El Museo Casa Natal de Jovellanos prepara la exposición de obras del artista fallecido, también presente en las colecciones del Bellas Artes


Gijón

Asturias lleva dos días despidiéndose de Alejandro Mieres, y hoy le dará el adiós definitivo. Pero su pintura, sólida como ninguna, queda firmemente arraigada en la tierra donde eligió vivir durante más de medio siglo de su larga y fructífera vida. Las palabras y los recuerdos arroparán esta tarde el recuerdo del pintor, docente y activista político, cultural y social en un acto civil previsto para las 19,00 en el Tanatorio de Cabueñes, por donde ayer desfiló media región para despedirse y confortar a la familia de Mieres. Pero el mejor homenaje es sin duda el que podrá ofrecérsele a partir de la próxima semana, cuando el Museo Casa Natal de Jovellanos exhiba la parte esencial de la obra del artista palentino afincado en Gijón que forma parte de los fondos artítisticos municipales.

El grueso de ese legado, que tiene representación permanente en la selección de obra que exhibe el museo, incluye hitos en la carrera del pintor como el primer cuadro en el que el pintor optó por el monocromatismo que se convertiría uno de los rasgos esenciales de su obra. Cronológicamente a esa pieza crucial de transición entre la etapa figurativa y de formación y el Mieres pleno y maduro, datada en 1960, sigue Tierra, de 1964, donde la referencia al territorio natal del artista se estructura ya con el óleo denso, trabajado y construido que es el otro gran rasgo distintivo de Mieres; un rasgo compartido por Tierra nutricia (1966). El territorio adoptivo de Mieres, la Asturias -en esta ocasión la minera- es el tema de Cuenca (1973), un mapa de negro brillante de 1973; el mismo año en que pintó Tótem, representativa de su lado más simbólico y del formato circular que emplearía en numerosas ocasiones reforzando el aspecto escultórico y objetual de sus pinturas.  La otra Asturias, la costera, la del GIjón donde residió desde 1960, brota en Forma marina (1974). Finalmente, Rallye (1975) recoge el extenso trabajo de Mieres como dibujante, que cultivó especialmente en su primera etapa y en las dos últimas décadas de su trayectoria.

Pero el Museo Casa Natal de Jovellanos guarda también más testimonios de Mieres, de su permanente preocupación por enseñar y divulgar el arte con métodos que no eran los convencionales y que trasladaban toda la creatividad de su arte a su labor pedagógica. Mieres, que estuvo muy vinculado a la vida institucional del centro y participó activamente en sus comisiones durante años, colaboró también con entusiasmo en sus programas pedagógicos. Pepa García Pardo, la también entusiasta responsable de esa actividad en los museos municipales, contó con la participación directa del artista y maestro en un taller destinado a los niños que culminó con una intervención en la playa de San Lorenzo. Un cuadernillo que el archivo del museo guarda como un tesoro da testimonio de aquella experiencia, seguramente una de las de mayor plenitud y satisfacción para el pintor que también supo enseñar y transmitir su pintura.

También el museo de Bellas Artes de Asturias guarda, como no podría ser de otro modo, obra de Alejandro Mieres. La más prominente de las piezas del artista que forman parte de sus colecciones es su excelente Homenaje a Navascués (1980), pieza en la que Mieres rinde tributo al malogrado escultor y amigo incorporando el acero al óleo en una mezcla contundente. También descata la escultura Habitante gris (1989), un excelente ejemplo del modo en que la tensión hacia la tridimensionalidad de la pintura de Mieres se plasma plenamente en escultura exenta. Además, el Bellas Artes custodia importantes referencias de la llegada de Mieres a su lenguaje en los años 60 -Primario (1961), Objeto para la paz (1969)...-, óleos de madurez -Laminación (1992)- o tintas como Ventana (1980), así como una colección de dibujos de primera época del artista.

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