Un paseo por las joyas durmientes del Bellas Artes

Los almacenes del museo albergan multitud de piezas que rivalizan en calidad e importancia con las expuestas en la colección permanente, aunque en este momento no formen parte visible de su discurso expositivo


Un museo es un iceberg. El volumen de lo que guardan sus almacenes supera con mucho lo que puede llegar a mostrar. Y a menudo la parte oculta bajo la línea de visibilidad tiene tanto interés como aquello que exponen sus salas. Pero un museo es también un organismo vivo, con sus crisis de crecimiento, sus cambios de carácter, sus etapas de maduración. Lo que en momento le identifica y forma parte de su discurso puede ya no ser tan significativo en otra, sin menoscabo de su calidad o su interés. El Bellas Artes de Asturias no es una excepción. Incluso con la ampliación que abrió aire para exhibir como se merecía el último siglo y pico de artes plásticas y reordenar toda su narración histórica, es mucho lo que está durmiendo en sus almacenes: un tesoro cuidadosamente preservado en la sombra del que entran y salen joyas al compás de los propios cambios del museo; algunos tan relevantes como la reciente donación de Plácido Arango, cuya llegada definitiva obligará en su momento a introducir de nuevo algunos cambios en el recorrido visible del centro. ¿Cuál es, en este momento, el invisible? ¿Qué guarda, hoy por hoy, el más importante museo asturiano en sus almacenes? ¿Cuáles son esas piezas que se vieron en algún momento y ahora no están a la luz?

No es sencillo responder. Juan Carlos Aparicio, historiador del arte y responsable de comunicación y didáctica del Bellas Artes, estima, en números redondos, que en la actualidad las 27 salas distribuidas en los 4.500 metros cuadrados de los tres edificios del conjunto exhiben unas 800 piezas de las 15.000 que aproximadamente integran los fondos del museo. Hay que tener en cuenta, con todo, que en esas cifras no todo son pinturas y esculturas. Una parte de lo que se muestra y mucho de lo que permanece en los almacenes son dibujos y obras sobre papel, y fondos del rico tesoro de artes industriales que custodia el Bellas Artes. La pintura, el género por excelencia, constituye una décima parte de esas 15.000 referencias aludidas por Aparicio, que aporta un punto de comparación para resaltar el peso específico del que es ya uno de los principales museos de bellas artes de España. El Prado guarda unos 7.500 fondos y exhibe en torno a un millar de ellos.

Esas cifras, con todo, no dicen nada concluyente sobre el carácter ni la marca de ningún museo. Lo que el Bellas Artes es ahora mismo se ha ido configurando trabajosamente desde su fundación en 1980. A las adquisiciones puntuales se han sumado en varios momentos aportaciones externas en forma de daciones en pago o donaciones que han determinado el discurso y, con él, la parte en la luz y la parte en penumbra. Durante la época de Toto Castañón al frente de la pinacoteca, y en conexión con la desaparecida Bienal de Arte, el museo cuidó especialmente las adquisiciones de arte contemporáneo asturiano, e incorporó los antiguos fondos de la Diputación junto a otros del Ayuntamiento de Oviedo y de otras entidades.

Sin embargo, el depósito de unas 90 obras del Museo del Prado señaló con claridad una dirección hacia el pasado que se reforzó con tres espléndidas daciones al Estado que se quedaron en el Bellas Artes asturiano: la colección Masaveu, el Apostolado de El Greco adquirido por Aceralia o el retrato del primer Jovellanos de Goya, que instauró un sólido eje para la pintura del XVIII. Lo mismo sucede ahora con la donación Arango, que añade sustancia a la pintura gótica y renacentista, pero refuerza sobre todo el manierismo y los fondos de arte contemporáneo. Todo ello forma ya parte de la constelación fija en la identidad del Bellas Artes, como referencias más recientes: Evaristo Valle, Nicanor Piñole, Luis Fernández, Aurelio Suárez… Ese es el Bellas Artes que hoy por hoy define aquellas de sus piezas que -salvo exposiciones temporales- ocupan las salas.

Visita guiada en penumbra

En ese proceso de autodefinición ha habido, pues, mucho que ha ido dejando sitio a la actual identidad del museo. Invitado a elegir algunas de esas marvillas durmientes que aguardan, por el momento, en la zona oculta del Bellas Artes de Asturias, Juan Carlos Aparicio concibe u recorrido que empieza cronológicamente en el siglo XVII, por ejemplo dos magníficos bodegones: Bodegon con peces, del holandés Elias Vonck, un depósito del Ministerio de Cultura y el Florero (1683) de Juan de Arellano, perteneciente a los fondos de la colección Masaveu.

Elias Vonck. «Bodegón con peces» (hacia 1650)
Elias Vonck. «Bodegón con peces» (hacia 1650)

De mediados del XVII son también tres magníficas obras de temática religiosa: una Santa Águeda de Francisco Rizi, una deslumbrante Transfiguración de Nicolás Borrás y el Tránsito de la Magdalena, este depósito del Prado, pintado por Claudio Coello en la segunda mitad del Siglo de Oro. Del XVIII, una centuria siempre a descubrir y a reivindicar en pintura, se detiene en un sugerente paisaje lleno de melancolía y exotismo viajero: la Vista del puerto de Lampao (Filipinas) del italiano Fernando Brambila.

El XIX, sólidamente representado en la colección permanente, también tiene sus delicias en la penumbra. Por ejemplo, la vista del Arco del Rey Casto de la catedral de Oviedo pintado con tanta delicadeza como minuciosidad por José Uría en 1887, o La calma, una de las más hermosas y sosegadas marinas de Martínez Abades, fechada justo al borde del siglo XX, en 1899.

Juan Martínez Abades. «La calma» (1904)
Juan Martínez Abades. «La calma» (1904)

Ya en la renovación artística del XX los almacenes del Bellas Artes cobijan una hermana de la maravillosa Gitana de Isidro Nonell en la permanente: una Figura femenina de 1909 que, a su vez, enlaza bien con un Anglada-Camarasa un tanto inhabitual por su toque expresionista: la Maternidad gitana de perfil pintada por el catalán en 1913. Ambas forman parte de la colección Masaveu, como la compleja y fascinante Naturaleza muerta pintada por María Blanchard en 1918 con todo el entusiasmo de la vanguardia en sus pinceles. Un espíritu que contrasta a pesar de que es posterior -de 1924- con un cuadro del asturiano Tomás García Sampedro: la exuberante Alegoría del Verano que pintó con un ojo todavía en el XIX y que de momento guarda su calor entre bambalinas.

Tomás García Sampedro. Fragmento de «Alegoría del Verano» (1924)
Tomás García Sampedro. Fragmento de «Alegoría del Verano» (1924)

El tramo más reciente de este viaje por el fondo de los fondos del Bellas Artes podría incluir un exquisito bodegón de Pancho Cossío, Mesa con sandía (1960), el turbio y expresionista Noli me tangere de José Caballero y una representación de las colecciones fotográficas del museo: el retrato de Picasso en la planta baja del taller Madoura realizado en 1966 por Antonio Cores como parte de la extensa serie que dedicó al artista malagueño. Un hito escultórico en perfil de acero cortén marca el final del recorrido ya muy cerca, en 1982: el año en el que el gijonés Joaquín Rubio Camín fundió el Camino vertical que donó al museo.

Joaquín Rubio Camín. «Camino vertical» (1982)
Joaquín Rubio Camín. «Camino vertical» (1982)
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